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El maletín By Paulina Barbosa

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Aquella media tarde Justino Meléndez guardó cuanto pudo en su maletín, tomó las llaves de su casa, y dejo sobre el escritorio las del consultorio,  aunque se lo pensó bien y mejor las guardó en el primer cajón, hasta el fondo, detrás de su agenda y de su libreta de recetas, dónde pensó que no las encontraría su esposa.

Luego salió por la puerta miró a la secretaria, se aclaró la garganta y dijo:

  • Cancela mis citas hasta el lunes, mi familia y yo saldremos de fin de semana, -y agregó – no estaré ni para una emergencia
  • Sí doctor, ahora mismo cancelaré todos sus compromisos – la mujer le preguntó – ¿Se encuentra bien?
  • ¿Bien? – sonrió – Mejor que nunca

Salió del consultorio con todo un plan trazado, por la hora no encontraría ni a su esposa ni a sus hijos en la casa, ni siquiera la sirvienta, podría llegar tranquilamente y empacar un cambio de ropa, quizá beber un poco de esa botella de whisky que escondía entre las enciclopedias del librero y después partir. Tenía días pensándoselo, escaparse el fin de semana, salir de la ciudad en total sigilo, después de todo de vez en cuando “todos necesitamos darnos un respiro de la rutina”, o al menos eso decían las cintas que había escuchado de superación personal.

Cuando llegó, pensándose solo, botó el maletín en la entrada y se encaminó al estudio. Mientras sacaba la botella del librero escuchó pasos y se vio sorprendido por la mirada inquisidora de la sirvienta.

  • Doctor Meléndez, ¿tan pronto llegó? – inmediatamente dejó la botella y tomó un ejemplar que ojeó descuidado
  • Necesitaba esto – levantó el pesado libro y la miró sorprendido – ¿qué hace tan tarde Chonita?
  • Si no es tarde, la señora me pidió limpiar la cubertería y eso me retrasó en todo lo demás
  • Ah, ya – Justino trató en su cabeza de darle un giro a sus planes, miró a la sirvienta y pensó que podría serle útil – ¿y la señora?
  • Salió al café con las amigas, pero ya no debe tardar, sus hijos, Raúl iba a hacer tarea a casa de su novia y José tenía clases en la universidad, sólo llegaron a comer
  • Chonita, ¿crees que podrías prepararme una muda de ropa? – recordó que no sabía dónde le guardaba la ropa su mujer, pues estaba acostumbrado a que cada mañana Rigoberta le tenía cuidadosamente doblado su conjunto del día en la mecedora del cuarto
  • ¿Se va de viaje? – él negó
  • Me voy al hospital, tengo varias consultas y dos operaciones, será un fin de semana muy exigente – suspiró con cierto pesar – ¿podrías avisarle a mi esposa?
  • Claro, pero bueno, iré a prepararle la ropa que me pide, debe llevar prisa – Justino asintió de nuevo y la sirvienta desapareció por el umbral igual de sigilosa que como había aparecido, se asomó para rectificar que en efecto ya estaba en el cuarto y volvió al estudio.

Dejó el libro sobre el escritorio, tomó la botella de whisky y se apresuró a guardarla en el maletín, luego volvió al estudio y escondió el libro detrás de un cojín.

Para cuando la sirvienta bajó con ropa, Justino estaba de pie en la puerta, tomó las prendas sin siquiera mirarlas y se apresuró a abrir la puerta, antes de salir volvió la mirada a la sirvienta.

  • Gracias Chonita, no se le olvida avisarle a mi mujer que estaré muy ocupado y que yo me comunicaré desde el hospital cuando pueda – la mujer asintió y cerró la puerta cuando el bajaba las escaleras de la entrada.

Por primera vez en mucho tiempo Justino se sentía como un colegial de nuevo, tenía 53 años y nunca había faltado a su familia ni a su esposa, mucho menos a su profesión, pero en 25 años de casado apenas había convivido con su mujer o siquiera intervenido en el cuidado de sus hijos, ser médico le había absorbido gran parte de su vida.

Se encaminó por la calle en sentido contrario a la clínica, hasta llegar a la parada del trolebús, tomó su lugar en la fila, no pudo evitar sentirse observado, la razón era que aún llevaba su ropa en la mano, no le importó, guardaría su muda cuando tomara asiento en el trasporte, de pronto recordó que hacía mucho que no usaba el trolebús.

  • Disculpe – se dirigió a la señora que estaba delante de él, la mujer le miró de arriba abajo como si esperara que le pidiera unas monedas – ¿Cuánto cobra el trolebús?
  • Depende la distancia, no pasa de 10 pesos – al parecer la señora se sintió aliviada cuando no le pidió dinero, volvió a mirarlo fijamente de arriba abajo y regresó la vista al frente

El trolebús iba lleno, pero para sorpresa de Justino un joven, que tendría la edad de su hijo mayor le cedió el asiento, tampoco habrían querido cobrarle al subir, una vez que tomó asiento guardó su ropa tratando de cubrir la botella, y se dedicó a mirar por la ventana. Entonces comprendió que tampoco sabía a donde lo llevaría el transporte, con suerte al centro.

Después de unos minutos el vagón comenzó a vaciarse, miró por la ventana y se dio cuenta que ya habían llegado a la plaza de la catedral, de a poco en poco el trasporte bajó la velocidad, el joven que le había cedido el asiento le tocó el hombro.

  • Última parada – le indicó la bajada con una sonrisa amable
  • Gracias – bajó mirando hacia todos lados, hacía mucho tiempo que no se paseaba por el centro, que no miraba la catedral, había edificios nuevos, negocios que le eran poco conocidos, de pronto se le antojó tomar un café en alguna de las mesas de los portales y fumarse un puro.
  • ¿No es de por aquí verdad? – el mismo joven
  • Lo soy, pero hace mucho que no venía – se río para sí
  • ¿Le puedo ayudar? – el muchacho miró son cierta codicia el maletín que sostenía Justino
  • No gracias, encontraré mi camino – no necesitó pensarlo mucho para comprender sus verdaderas intenciones, empuñó con más fuerza el asa del maletín y se alejó a pasó seguro

Recordó que no muy lejos de ahí había una posada familiar, al menos esperaba que aún se encontrara abierta, pensó que ahí podría comenzar su aventura. Afortunadamente encontró abierta la Posada y con habitaciones disponibles, después de registrarse en la recepción y pagar por completo su estancia subió a su habitación, también se había negado a que el botones le ayudara con su maletín, en realidad no pesaba, pero por si acaso compró el silencio del joven con una propina.

Se instaló en una habitación con balcón y vista a la plaza principal, dejó el maletín sobre la cama y comenzó a sacar cuidadosamente sus cosas, primero la botella de whisky, luego acomodó su muda de ropa sobre la cómoda y finalmente depositó cuidadosamente dos novelas policíacas sobre el buró, las mismas que tenía un año tratando de leer, al fondo del maletín se encontraba una bolsa de plástico con sus enceres, la loción que había usado toda la vida, un peine (herencia de su padre), una navaja de rasurar con espuma y su cepillo de dientes.

No pudo menos que soltar una carcajada. Durante todo el trayecto hasta ese punto las personas no habían dejado de mirar su preciado maletín, quizá pensando que guardaba un tesoro cuando su contenido a simple vista era realmente ordinario. Cerró el maletín y lo dejó a un lado de la cama.

Después de encender la radio en su estación favorita, Justino se dejó caer en la cama, desde donde se aprestó a tomar whisky directamente de la botella, mientras de fondo sonaba lo mejor del jazz. No tardó en quedarse dormido.

Le despertaron dos hombres quiénes lo sacudieron bruscamente. No los conocía y tampoco sabía cómo habían entrado en mitad de la noche. Por un momento pensó que el whisky aún le pesaba a la cabeza, pero no, esos hombres realmente estaban ahí.

  • Despierta hombre – Justino se sentó en la orilla de la cama y los miró con muchas preguntas
  • ¿Quiénes son?
  • De la policía, queremos hacerle algunas preguntas – el otro tipo, un hombre rollizo que fumaba profusamente se quedó en el marco de la puerta, Justino estaba asustado, sólo quería un poco de calma y esto venía a encontrar
  • ¿Qué quieren? –
  • ¿Dónde está el dinero que te has robado? – Justino pasó saliva pero ocultó su nerviosismo lo mejor que pudo
  • Temo oficial que me ha confundido – se metió las manos a los bolsillos sin poder dar con su cartera, sin pensarlo se puso de pie y caminó hacia el saco
  • Soy detective, Ud regrese a la cama – le indicó a punta de pistola que volviera a sentarse
  • Lo siento, sólo buscaba mis credenciales – volvió a la cama y le señalo el bolsillo del saco, el detective se guardó la pistola y buscó entre las bolsas del saco hasta que encontró la cartera
  • Sabe, hoy por la tarde un hombre con sus mismas señas, ropa y hasta el mismo color de maletín asaltó el banco que está a unas calles de aquí – el otro hombre habló sin siquiera mirarlo
  • Pero yo no he sido, esta tarde salía de mi consultorio hacia mi casa – trató de explicar pero el hombre le dijo que callara con una señal
  • Pues no miente Godínez – le mostró un gafete a su compañero – Este buen hombre es doctor, aquí lo dice
  • Y, ¿qué hace aquí? – el oficial le entrega sus credenciales – ¿alguna aventurilla?
  • Yo, no qué va – suspiró – ¿No puede un hombre de mi edad simplemente disfrutar de un poco de tranquilidad?
  • Puede – el detective de la puerta se acercó
  • Vaya que puede – concordó su compañero
  • Como ya les he dicho yo no asalté ningún banco, dinero no me hace falta, sino más bien, salir de la rutina, si le dijera que no he faltado ni a mi trabajo ni a mi casa por un solo día, ¿qué dirían? – tomó valor y comenzó a trazar un plan en su cabeza
  • Pues que, vaya, usted es un santo
  • ¿Gustan tomarse una copita conmigo? – les enseñó la botella de whisky
  • Pues, no deberíamos, pero nos la tomamos, yo soy el detective Martínez, él es mi compañero Godínez –
  • Mucho gusto – respondió educadamente Justino, Godínez había tomado los dos vasos del baño y le acompañaron.

Platicaron de sus respectivos trabajos y familias, aunque Justino procuró ser discreto y de vez en cuando miraba su maletín a un lado de la cama, hasta que finalmente los dos detectives se retiraron durante la madrugada pues les habían ido a buscar con la noticia de que ya habían encontrado al ladrón.

“De la que me he librado”, dijo Justino cuando ya se encontraba solo, se aseguró de trabar bien la cerradura antes de volver a tomar su maletín, a simple vista parecía vacío, retiró con cuidado el fondo y le dio vuelta, sobre la cama cayeron cuatro fajos de billetes, unos 100 mil pesos. Luego los regresó al maletín y procedió a guardar el resto de sus cosas, pensando que si se daba prisa llegaría con tiempo suficiente para tomar el primer tren de la mañana.

 

 

 

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