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El Sabor del amor by Awilda Castillo

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Era el primer fin de año en este nuevo país. Tenía la oportunidad de un nuevo empleo, donde me contrataron como analista de programación de una gran empresa que ofrecía equipos electrónicos de última generación. No contaba con nadie para compartir los días festivos que se aproximaban, así que agradecí grandemente que Leopoldo mi compañero de trabajo, me hiciera una invitación.

—Pablo, si no tienes nada que hacer mañana sábado, puedes venir a casa. Va a ser el día de las hallacas.

—¿Hallacas? Dije sin saber de qué hablaba.

—Hallacas compi, ¡los más rico del mundo! Yo no sabía a qué se refería, pero ante la posibilidad de tener compañía y no pasar este sábado solo, tal como lo habían sido en los últimos tres meses que tenía viviendo en Venezuela, accedí con gusto.

—Gracias Leopoldo, ¿a qué hora puedo ir?

— Vamos a empezar desde muy temprano, si quieres puedes acercarte como a las 8:00 am.

Me levante temprano en  sábado y fui por unas frutas al mercado más cercano y me aparecí en la casa de Leopoldo, siguiendo sus indicaciones.

Yo estaba nuevo en esta zona, ya que había salido de Argentina para venir a trabajar acá como un experto programador. Han pasado 15 años de esto y es el mismo tiempo que el amor tiene para mí, un sabor particular, el sabor de las Hallacas.

Llegué temprano y al tocar, me dio la bienvenida, Felicita, la tía de Leopoldo. Una señora diminuta y muy cariñosa, me hizo pasar y en pocos minutos ya me había hecho sentir como en casa. El calor de hogar que se respiraba en ese lugar era envidiable.

Leo, apareció unos minutos después, al igual que su hermana Desiré, quien era casi de la misma edad que él, al punto que llegué a pensar que eran mellizos. Una chica dulce, de sonrisa muy linda, y unas pecas que le hacían juego con su pelo rojizo. En seguida hicimos buenas migas. La tía, quien era la madre sustituta de Leopoldo, puesto que su madre había fallecido siendo ellos muy pequeños, se encargaba de hacernos sentir como si estuviéramos en la cocina de un chef de alta cocina. Todos nos cambiamos y sobre nosotros unos oportunos delantales y cofias en la cabeza a fin de proteger los alimentos de cualquier pelo indeseado.

Estábamos los cuatro en la cocina, la tía Felicita al frente de la gran olla del guiso y nosotros con el cerro de vegetales por cortar, y una cava llena con bebidas frías que Leo había dispuesto. El timbre de la puerta sonó y Desiré se incorporó como un resorte de su asiento.

Debe ser Virginia, y fue a la puerta de entrada rápidamente.

—¿Virginia? —Dije yo, como intrigado.

—Sí, Virgina, tu futura esposa, —contestó Desiré, mientras dejaba oír una risa fuerte.

—Es su mejor amiga, —dijo Leo, mientras buscaba un delantal extra. Es que en este día, mi tía nos dice que traigamos a casa  a nuestros mejores amigos; ya que quien aguanta esta jornada, permanecerá en nuestras vidas para siempre. Ya sabes, historias de los mayores. No le hice mucho caso, la verdad es que no entendía mucho lo que decía. En mi país, nunca oí hablar de este tipo de ritual, pero tal como lo iba disfrutando, me gustaría.

Estaba afilando el cuchillo, con el cual empezaría a cortar un cerro de ajíes que habían dispuesto en un bol sobre la mesa, cuando escuché una voz…

—¡Buenos días! Era una voz cantarina, pero a la vez acogedora. Su sonido, me hizo levantar la mirada, para encontrarme con la chica más encantadora que jamás vi. Su nombre, Virginia. Tan joven como la hermana de Leopoldo, es decir unos cuatro o cinco años menor que yo, sus ojos brillaban tanto, que con el negro de sus pupilas como fondo, relucían como estrellas en la noche.  Pasó directo, sin verme, hasta llegar a la que gobernaba la cocina.

—¡Tía Feli! —la escuché decir, y luego sus brazos envolvieron la pequeña figura de quien la recibía también con amor.

—¡Hey… que linda estás! Y la verdad era que la tía no se equivocaba al decir eso de ella. Su silueta era bonita, pero había algo más que me hacía no quitarle los ojos de encima. Su cabello negro y largo, recogido en una cola alta, hacía que se moviera de un lado a otro, al caminar. Un magnetismo especial, me condujo hasta ella, así que me levanté  y venciendo la timidez de la cual he sido objeto toda mi vida, la saludé.

—Hola, mi nombre es Pablo y vos…

Ella extendió su mano, y al apretarla con la mía, sentí que algo heló mi sangre. Hubiese querido perpetuar ese momento para siempre. Esa chica me sedujo con tan solo verla esa vez. Nunca creí en amores a primera vista, ni atracciones, pero estaba justamente ante la excepción de la regla.

No sentamos todos a la mesa, y el día fue transcurriendo. Ella se daba cuenta de como yo la miraba, y las chispas de sus ojos, hacían eco en los míos. Por un momento llegué a sentir que solo estábamos los dos en aquella cocina. El olor del guiso fue impregnando todo el lugar en la medida que se incorporaban cada uno de los ingredientes. Yo miraba a Virginia hablar y sonreír, y me fui sintiendo cada vez más cómodo.

Luego del almuerzo Leo cambió la bebida refrescante por unas cervezas que habían estado enfriándose toda la mañana en una cava que estaba debajo de la mesa. Hicimos un brindis y su sonrisa quedó colgando en la mía. Parecía un muchacho de liceo, cortejando a la chica en la fiesta de fin de año. Tanto Leopoldo, Desiré y la tía Felicita, se dieron cuenta de lo que me ocurría, y estaban atentos a la respuesta de Virginia.

El día pasó  rápido y como a las seis ya estábamos en la etapa final, que consistía en envolver el manjar del cual cada vez que pronunciaba el nombre “Hallaca” todos reían y repetían Hashaca. En esta parte del día, Virginia estaba sentada justo frente a mí, así que sin querer, estiré una de mis piernas y llegué a tocar una suya, casi apresándola. Yo me turbé un poco, pero ella solo levantó la mirada y me sonrío, por tanto yo respiré aliviado. La próxima hora, fue un juego de toques, yo rozaba su pierna y ella la mía.

Las primeras hallacas estaban listas para ser echadas al agua hirviendo, y la emoción de ver el trabajo realizado nos hizo chocar las manos a todos y parados cerca de la cocina, nos abrazamos… y tuve a Virginia tan cerca que pude sentir la alteración de su respiración.

—Quiero decirte algo —me atreví. He pasado uno de los mejores días de mi vida y quisiera… Ella me veía sin pestañear y yo casi que me atrevo a invitarla a salir allí mismo. El timbre de la entrada sonó y a los pocos segundos, escuché una fuerte voz varonil.

—¿Cómo están las damas más increíbles de esta ciudad? Virginia tan pronto escuchó su voz, se colocó lo más lejos que pudo de mí.

—Compi, ¿conoces a Eloy?, —mi hermano del alma. Con mano fuerte y una gran sonrisa, este hombre que había roto mi momento, me saludó.

—Un placer Eloy, —fue lo que alcancé a decir. El besó con mucho cariño a Desiré, abrazó a la tía Felicita levantándola de forma muy amigable, hasta llegar a Virginia y allí con su mano puesta en la cintura de ella, marcó el territorio como si le perteneciera. Como pudo suavemente ella se zafó, pero inevitablemente comprendí que algo pasaba allí.

La jornada de las hallacas terminó y cerca de las nueve de la noche, me despedí. Eloy se ofreció a acercarme hasta mi casa, y Virginia venía con nosotros. El carro de este hombre era espectacular, y la forma segura con la que se acercaba a ella, me dejaba casi arrinconado sin tener que decir. Hablamos del rico sabor de las hallacas y solo alcance a decir que había hecho un gran descubrimiento, y que mis sentidos se habían alborotado con ellos.

Virgina solo dijo:

—Algo que sabe tan bien, si lo pruebas… será inolvidable. Yo simplemente la imaginaba a ella.

La casa de Leopoldo, se convirtió de alguna manera en mi segundo hogar, así que continuamente estaba allí, al igual que Virginia, quien pasó las fiestas de fin de año también con ellos.

El olor de las hallacas al final del año, fue el marco perfecto para darle un abrazo y un beso de año nuevo, fue algo de apenas dos segundos, pero el tocar sus labios con los míos en medio del jolgorio acostumbrado de este momento; supe que había empezado a sentir por ella algo muy fuerte. Tampoco alcancé a decirle nada en ese momento, porque volvió a aparecer  Eloy, quien esta vez venía con algo que no contaba. De su bolsillo sacó una pequeña caja y sin esperar mucho, sacó un anillo con una piedra extraordinariamente bella, dejando con la boca abierta a Virginia y a todas las mujeres que se encontraban en la celebración.

Ella… dijo que sí.

Nos sentamos nuevamente en la mesa y cuando mi pierna tocó la suya, simplemente me vio y guiñándome un ojo la quitó. Yo me sentí estúpido.

Los dos años siguientes, seguí asistiendo al día de las Hallacas en la casa de mi compi Leo. Virginia también iba, pero Eloy pocas veces la dejaba sola, yo de alguna manera me había resignado a verla y cuando saboreaba el rico manjar que tenía ante mí, lo asociaba con ella.

El tiempo pasó y lo que temía se dio. Fijaron la fecha de matrimonio para Diciembre del tercer año luego de conocerla. Coincidimos nuevamente y entre los tragos de la tarde decidimos jugar a las “Confesiones” lo que consistía en decir algo que nos gustara y algo que no quisiéramos para nada. Cuando a Virginia le tocó, me miró de soslayo y dijo:

—Me gusta el sabor de las Hallacas y detesto la cobardía de aquel que no se atreve a decir lo que siente. Sentí que sus palabras me golpearon, pero el silencio me ganó.

Los días pasaron e irremediablemente la vi caminar hacia el altar con alguien que no era yo. Esa noche lamenté con creces no haberme atrevido a decirle que la quería, la cobardía como ella misma dijo, me ganó.

Han pasado quince años desde entonces, y a pesar de pretender olvidarla, cuando estas fechas se acercan y vienen los días impregnados del aroma de las multi sápidas hallacas, no puedo evitar, recordar a Virginia. Sé que ella y Eloy no continuaron casados, pero ahora soy yo quien tiene un compromiso.

Y aquí estoy, frente a un plato servido de una exquisita hallaca, aspirando el olor en mi comedor, debatiéndome en estas ganas que tengo de salir a buscarla y por otro lado, no encontrar la forma de terminar con quién está en mi casa, en mi cocina, en mi cama, pero que no es la dueña del sabor de mi amor.

 

 

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