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Goce supremo by Melba Gómez

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—Doctor Sánchez, hay un niño en sala de urgencias que necesita su atención.

—Si está en la sala de urgencias es porque necesita mi atención, ¿no?

La enfermera me mira y cree que no veo la mueca que hace. Tonta estúpida. Soy su superior y aunque la joda tiene que seguir soportándome. Me pierdo un rato por los pasillos de este insípido hospital, lleno de enfermedad y de muerte. Odio esta bata blanca y atender a niños mocosos. Si mi padre no me hubiera obligado a escoger esta carrera… mejor le iría a todo el mundo.

—Bien, ¿cuál es el niño enfermo?

—Es el bebé que está en el cubículo cuatro, doctor.

Los padres me miran como si yo fuera un dios. Es de lo poco que me gusta de esta profesión. Que la gente me idolatre. Que me imploren, que me rueguen. Que piensen que tengo poder sobre la vida y la muerte. Y sí que lo tengo. Pienso que mejor estaría esta criatura en el más allá. No sé para qué los padres traen niños al mundo para complicarse la vida. Luego tienen que amanecer con ellos porque no dejan de gritar en las noches, no tienen quien los cuide, se enferman y hay que faltar al trabajo. Problemas y más problemas. A veces me gusta hacerles el favor.

—Dígame, doctor… ¿Qué tiene mi niño? —pregunta la madre suplicante.

—Todavía no sé —digo auscultando el diminuto cuerpo—. Enfermera haga las pruebas de laboratorio de rutina.
—Pero doctor… ¿Sospecha algo? —indaga el padre—. ¿Algún virus de esos que andan por ahí?

Le dirijo una fría mirada, como si estuviera mirando a un insecto al que me encantaría aplastar.

—Acabo de decirle a su esposa que no sé. ¿Cuál parte de «no sé» no entendió?

El hombre se queda sin palabras mientras yo río a carcajadas en mis adentros y le doy la espalda.

Me llamo Roberto Sánchez Espada y soy el director de la Unidad de Cirugía del Hospital Central. Tengo la distinción de ser el director más joven —y guapo— que ha tenido este centro. Este honor me fue concedido cuando mi mentor —el doctor Federico Lugo Padín— fue hallado en su apartamento colgado con la corbata de la perilla de la puerta y con un vibrador insertado en el ano. Para desviar la atención de la prensa de tan morboso suceso, al administrador del hospital se le ocurrió nombrarme como sucesor del doctor Lugo Padín. Con mis credenciales, nacido en una de las mejores familias de la ciudad, además de joven y guapo, creo que eso ya lo dije, los titulares de la prensa pronto olvidarían el caso de Lugo. Todavía por los pasillos los cotillas se preguntan qué pasaría con la investigación y por qué nunca se ha dado con el asesino de tan buen cirujano.

Como ya había dicho, no me gusta ser médico, pero puedo hacer otra excepción. Disfruto cuando me toca hacer una cirugía. Si bien es cierto que pocas veces puedo despachar al paciente fuera de este mundo —tengo a todo el personal de sala como testigo— el hecho de tomar el afilado bisturí, abrir la piel poco a poco y ver la sangre fluir a borbotones es un afrodisiaco para mí. Mientras trabajo, fantaseo que bebo de ella hasta saciarme. Al terminar el turno, salgo a la calle a buscar a alguna prostituta a la que pueda hacerle una incisión sencilla, nada parecido a las Jack «El Destripador», el tipo dejaba demasiado reguero para mi gusto. Busco alguna que no tenga quién la reclame. Siempre les parece extraño que les haga tantas preguntas sobre sus familias y amigos, pero como les digo que estoy dispuesto a pagarles extra por su tiempo, me lo cuentan todo con pelos y señales. ¡Pendejas! Ninguna ha logrado sacarme un centavo. Cuando se dan cuenta, igual que en las cirugías, ya todo ha acabado.

 

—Doctor, llegaron los resultados del niño del cubículo cuatro.

—Póngalos ahí.

—¿Pero no va a hablar con los padres?

—Cuando tenga un cuadro completo, ¿entendido?

De nuevo me hace la mueca. Cree que no la he visto. Miro los resultados de laboratorio. Lo que sospechaba: apendicitis. Puedo hacer una apendectomía o esperar. Puede que se convierta en peritonitis en pocas horas. La fiebre será más alta. El dolor será insoportable. Batallo por un rato entre la idea de dejar morir a esta criatura o irme a buscar una prostituta. Decido que no tengo que poner las cosas en alternativa si puedo hacer ambas. Si espero operar a última hora, el goce será supremo.

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