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LA GRIETA EN EL MURO by Lucas Corso

 

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Mientras esperaba sentada en una de las sillas frente al alto mostrador de madera, Enola no apartó en ningún momento la mirada de la puerta cerrada. En ella, en letras doradas pegadas firmemente en la madera oscura, se leía DIRECCIÓN. Era la primera vez que las veía tan de cerca, y le parecieron menos imponentes de lo que alguna vez había imaginado que serían. La imagen del director, sin embargo, sí que lo era. Sobretodo cuando salía de aquel despacho y, apoyando las grandes palmas de sus manos en el mostrador, miraba con dureza a los que estuvieran sentados justamente donde ella estaba ahora. Grande y fuerte como un gigante, siempre vestido de manera impoluta con alguno de sus trajes de corte casi militar, y con las entradas en la cabeza brillando bajo la luz de la lámpara como las alarmas que se encienden para prevenir de un ataque aéreo a la población. La población, en aquel caso, eran ellos, los alumnos. Y él era quien caía sobre ellos para poner orden en sus cabezas. Sin embargo, en esa ocasión el ataque no iba a ser aéreo, ni tampoco iba a provenir por parte de aquel hombre. Fue entonces cuando se levantó.

Aquella mañana Enola se había dormido y había llegado tarde. Era la primera vez que le pasaba y eso sorprendió a todos sus compañeros, pues la impuntualidad era algo que se pagaba caro cuando no estaba bien justificada. No obstante, no fue aquello lo que más los descolocó, sino la actitud con la que había aparecido. Aquella no era la alumna que todos, con independencia del curso en el que estuvieran, tenían como modelo a seguir. Algo había cambiado en su mirada, desafiante cuando siempre había sido apacible y dulce, en sus gestos ahora bruscos, y en una pose que se había tornado en absoluto desinterés y que había conseguido que sin apenas abrir la boca el profesor de Química acabase fuera de sus casillas. Nadie comprendía qué había pasado con ella. Y ahora, esperando frente al despacho del director después de un par de contestaciones que hicieron temblar las osamentas de todos los que la oyeron, en especial las de ese profesor, su pose continuaba siendo la misma. Era evidente que para aquella niña, encontrarse con la máxima autoridad en aquel edificio, no era ningún inconveniente. La sonrisa cuando tuvo que abandonar la clase expulsada parecía indicar que de hecho era lo que venía buscando. Todos la pudieron ver lanzando una última mirada provocadora al docente. Sin embargo, fueron menos los que vieron el cúter que se guardaba en un bolsillo de la falda a cuadros, y ninguno lo que ya hacía rato que ahí llevaba.

Cuando la puerta finalmente se abrió, ella ya volvía a estar sentada. El director apareció y, deteniéndose brevemente en el umbral, la miró con interés. Se ajustó la corbata y caminó lentamente hasta colocarse tras el mostrador. No obstante, no había ningún tipo de brillo en su cabeza, pues la lámpara estaba apagada. Y pendiendo. Las alarmas, en esa ocasión, chisporroteaban en los ojos de la niña. Como un juez desde el estrado, sin martillo pero poderoso, el hombre le echó un último vistazo antes de apoyarse sobre los montones de documentos que siempre había allí dispersos y que en ese momento sirvieron para ocultar unas manchas de barro en forma de suela de zapato. Varias chinchetas se clavaron entonces en sus manos, abriéndose camino carne adentro como lo haría un cuchillo en la mantequilla. El alarido que emitió fue tan potente que Enola tuvo la sensación de sentir el suelo temblar bajo sus pies. Y ni por esas dejó de sonreír. El director alzó los brazos, sacudiendo las manos violentamente hasta golpear la lámpara sobre su cabeza, momento en que esta se descolgó de un cable con marcas de haber sido dañado con un objeto cortante. Las tres bombillas junto con el esqueleto metálico que las unía se estrellaron contra la coronilla del tipo, que cayó redondo al suelo. El estruendo cesó entonces.

El conserje llegó para averiguar qué había pasado. Apenas prestó atención a la niña sentada frente al mostrador de madera. Ciertamente se habría sorprendido al ver la simpática sonrisa con la que observaba toda aquella escena.

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