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EL MIEDO SOBRE RUEDAS by Lucas Corso

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El calor y la humedad en el porche eran implacables, y las espesas nubes negras posándose sobre el poblado traían de todo menos buenas intenciones. El viento que se había ido levantando en violentos remolinos tampoco traía buenas noticias, y el polvoriento desorden que iba dejando a su paso quitaba las ganas de seguir mirando. Sin embargo, había tres niños sentados frente a una puerta igual de abierta que sus bocas, que permanecían impasibles, y cualquiera podría pensar viéndolos allí que todo aquello no iba con ellos. Se habían instalado en aquel lugar nada más aparecer la primera nube en el cielo, y ahí se habían quedado incluso cuando todo el mundo ya se había encerrado en sus casas. De los padres de las criaturas ni rastro, quizá era a ellos a los que estaban esperando dirían algunos, pero deben saber que no. Esperaban algo, eso era obvio, pero tenía poco que ver con el mundo de los vivos. Vaya usted a saber si era por eso mismo y no por la inminente tormenta por lo que todo el poblado había corrido a esconderse.

Con el primer relámpago, las tres cabezas con sus seis ojos se alzaron, y con el consiguiente trueno estallando a escasos metros del lugar, los hombros se encogieron inevitablemente. Pero tampoco aquel primer susto iba a moverlos de allí, mucho menos ahora que sabían a ciencia cierta, si es que siquiera imaginaban lo que era eso de la ciencia, que todo iba a comenzar. Miró cada uno hacia un lado en busca de lo que tanto habían esperado ver, escudriñando las oscuridades grises ocasionadas por los torrentes de agua que ya caían del cielo. Uno de ellos no perdía de vista el callejón a su izquierda, esperando que de allí apareciera lo inexplicable. Tanto tiempo escuchando aquellas historias sobre lo que todos llamaban: El Miedo sobre ruedas, y ahora iba a resultar que siempre había estado en aquella estrecha calleja. El que estaba sentado en el centro miraba atento los tejados de las casas que lograba divisar desde su posición bajo el porche, estirando el cuello hacía delante esperando que ese Miedo, aún viniendo enrodado y pese al mal tiempo, apareciera en las alturas. Y el tercero de ellos no le quitaba ojo a la calle en la que se encontraban y que terminaba en una zona todavía sin poblar. Le parecía lógico que el Miedo proviniera precisamente del lugar que muchos temían y en el que pocos se aventuraban: la selva. Y precisamente fue este último, apenas una hora después de que se sentaran ahí, quien acertó en sus conjeturas.

Lo primero que vio fue la maleza moverse bruscamente, pero ninguno de sus hermanos quiso darle importancia. “Es cosa del viento”, —dijo el mayor, manteniendo siempre un ojo en su callejón, y así zanjó el tema. El mediano, atento a las azoteas, ni se molestó en prestar su opinión. Pero para el pequeño de los tres, aquel movimiento repentino y descompasado de todo lo demás no era producto de aquella ventolera; por allí venía algo. Y sólo cuando un chirriar metálico comenzó a intuirse entre todo aquel jaleo de tempestad, los otros dos comenzaron a inquietarse tanto como él mismo ya hacía rato que lo estaba. Era un chillido de hierros carcomidos por la humedad de la selva, moviéndose torpemente pero con decisión a través de caminos de piedras y agujeros sin fin, esquivando caídas fatales para transportar la muerte que de ellas sacaba con unas cuerdas hechas de un esparto que cortaba la carne y quemaba las manos de quien tiraba. Unas manos que sólo para estos menesteres soltaban el manillar de aquel artilugio que ya comenzaba a asomar por entre la espesura de palmeras y matorrales. Los tres hermanos, la boca y los ojos todavía abiertos como platos, no pudieron más que mantener el tipo y quedarse muy quietos para que aquella especie de bicicleta antediluviana que ya se acercaba pasara de largo. Manejada por lo que a ellos les pareció una especie de hombre-cuervo, entró en la calle dando la impresión de que las aguas se abrían a su paso, como si de un Moisés siniestro y bestial se tratara. Con la levita oscura abriéndose como enormes alas negras y los cristales de unas lentes redondas como lunas relampagueando ferozmente, era la viva imagen del ángel de la muerte, que sin ellos haber llegado nunca a imaginárselo realmente, ahora lo veían ahí en todo su tenebroso esplendor. Y sólo cuando lo tuvieron tan cerca como para distinguir claramente aquel quejido de ruedas y hierros de los truenos que a su alrededor iban cayendo, pudieron ver el carrito oxidado que iba enganchado al sillín donde aquel fenómeno de la naturaleza iba sentado y que también se movía sobre unas ruedas igualmente destartaladas pero eficaces. Y en su interior, mojada y maltrecha, pudieron contemplar la última muerte que había rescatado de uno de los socavones que las lluvias torrenciales abrían siempre en el camino de acceso al poblado. Era una mujer que ellos mismos habían visto pasar unas horas antes por esa misma calle en busca de algunos frutos con los que acompañar la cena de aquella noche. La mala suerte quiso que la tormenta se cruzara en su camino, enviándola a uno de aquellos hoyos que habían aparecido para dejarse allí los pocos frutos que había llegado a recoger y la mucha vida que todavía le quedaba por sembrar. Hasta que llegó aquel engendro encorvado sobre el manillar de su bicicleta prehistórica para sacar el cuerpo, cuerdas mediante y, tras medirlo cuidadosamente, ir pensando en la madera que utilizaría para encajonarlo y enterrarlo en otro agujero hecho para la ocasión. Ese era su cometido: recoger cuerpos de un pozo para meterlos en otro. Todo el mundo lo rehuía por hacer aquel trabajo que, por otra parte, alguien tenía que hacer. Siempre que volvía a aquel poblado cargando con algún cuerpo nadie estaba ahí para recibirlo, y mucho menos cuando pasaba con el carrito vacío, no fuese que le diera por llenarlo con alguien para quien todavía no había llegado la mala hora. Era un oficio solitario, y la lluvia tampoco ayudaba mucho. Hasta que aquellos tres niños lo vieron y este espeluznante personaje se detuvo frente al porche donde, los tres juntos y al mismo compás, temblaban sentados.

Los hermanos observaron aquella sonrisa vacía brillando con cada relámpago, sin saber que eran los primeros en poder verla tan de cerca. Tan hipnótica e inquietante resultó ser que ni siquiera prestaron atención al carrito, ni tampoco a los radios de las ruedas apuntando aquí y allá como cables pelados, descuajaringados por el continuo uso y el mal tiempo. El sombrero de ala ancha ensombrecía una nariz torcida y afilada como un machete que más que respirar parecía que los estuviera olisqueando. Pero lo peor fue la mano que lentamente se había desentendido del manillar para ir a parar hasta el bolsillo donde guardaba el metro de medir difuntos. Sólo cuando lo sacó y lo extendió ante ellos, entrecerrando los ojos para atinar mejor con sus cálculos, los tres hermanos despertaron del truculento letargo en el que la visión de aquel individuo los había inducido y, levantándose como un resorte, huyeron como almas que sólo aquel engendro se atrevería a llevar, al tiempo que de aquellas bocas que continuaban abiertas salían gritos que la lluvia se encargó de ahogar. El portazo al entrar el último en la casa retumbó como uno de los truenos que no habían cesado de rugir en el cielo gris oscuro. Y aquel tipo de espeluznante figura, cabalgando de nuevo sobre su bicicleta, se alejó del lugar preguntándose cómo era posible que ni siquiera con una broma como la que acababa de hacer consiguiera la simpatía de nadie. Hasta que sus oídos, más acostumbrados que los de los demás a poder escuchar por encima incluso de los truenos y la lluvia, captaron el ruido sordo de un cuerpo chocando contra el profundo final de otro de aquellos agujeros en el camino. Entonces, y después de hacer sitio en el carrito ayudándose de un palo, maniobró para dar media vuelta y volver a perderse en la espesura de la que había emergido y de la que nunca más nadie volvería a atreverse verlo salir. Sin embargo, todos continuarían escuchando el chirriar de sus ruedas por más tiempo del que, dada su aparente avanzada edad, habrían esperado.

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