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Mujeres y electrodomésticos 3 AAA by Diana González

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La carpeta delgada tiene en la parte que corresponde a sus nombres las siguientes indicaciones.

“Dos mujeres, iguales a muchas de cualquier parte, en cualquier sitio. Nacidas a mitad del pasado siglo, las que lucharon por la libertad levantando el símbolo de la paz y el amor, las que supieron lucir interminables cabelleras y ropas de hilo, lino, algodón y despertaron a su identidad derribando prejuicios,  han sido compañeras y  trabajadoras a brazo partido. Las dos han tenido hijos, saben de parir y seguir adelante entre oficinas, autobuses, amamantamientos,  perfumados suavizantes y electrodomésticos AAA. Han allanado los inextricables caminos de la red, con el exceso de información predestinado. Son abuelas. El siglo XXI no las sorprendió, siempre siguen adelante, ahora son parte activa en la new age de adolescencia sexagenaria. Así se encuentran Leonor y Beatriz en un café de una esquina cualquiera de la ciudad donde viven. La que llega primero es Beatriz, por supuesto con un libro y sus gafas. Tiene un aire sereno que no refleja el fuego en su interior. El cabello semiplateado, producto de la decoloración para disimular las canas que ahora son un conjunto luminoso que da buen marco a su cara vivaz y con suaves arrugas que le dan un aspecto interesante.  Apenas un par de minutos después llega Leonor con la melena entre castaño y caoba, su tez morena, y su cuerpo esbelto con su andar elegante, distintivo gracias a tantos años de danza clásica, y una madurez bien avenida.

Beatriz es viuda, Leonor separada. Fueron compañeras de trabajo y amigas desde  siempre, saben decirse y contarse todo sin pelos en la lengua.  Y hay entre ellas esa conexión intuitiva de transmitir con la mirada lo que callan.  Así saben cuándo ha llegado la hora de irse, o cuando hay que mirar un atuendo, o cuando alguna de las dos no se siente bien, aunque para el resto todo esté perfecto.

 

Se encienden unos focos que iluminan la mesa. Se escucha una voz en off

— ¡Acción!

Una mujer alta, vestida con una camisa blanca unos tejanos, botas marrones a juego con la chaqueta y mochila llega a una terraza con mesas, sillas y sombrillas blancas. Cuelga su cartera de los ganchos a propósito en la mesa, abre su libro y se calza bien sus gafas, el mozo la mira detrás del mostrador y solo se acerca cuando ve entrar a quien sabe irá hacia la misma mesa. Una mujer de mediana estatura, de movimientos ágiles y elegantes, de melena larga, también con unos tejanos, camisa, abrigo largo de lana y una chalina importante todo en color vainilla. Separando la silla de la mesa y ocupando la enfrentada a Beatriz comenta

— Se me ha hecho tarde, ¿hace mucho que has llegado?

—  No, recién, no me has dado tiempo ni a leer una página.

Se acerca el camarero mozo, un cincuentón sonriente y bien parecido que desde siempre las admira  manifiestamente. Les dice un par de sentidos y acertados piropos, toma el pedido y vuelve, aprovechando que a esta hora no hay mucha gente,  a contemplarlas detrás del mostrador. Encendiendo un cigarrillo Beatriz es la que pregunta

— Y, ¿cómo te ha ido con “tu médico”?

Leonor le dedica una mirada cómplice mientras comenta.

— Traje la carta para que la leas y me des tu opinión y después te cuento.

Dice esto mientras le alcanza un par de impecables hojas que dan muestra de no haber sido leídas muchas veces.

Beatriz, asegurando cada tanto sus gafas lee con parsimonia, atenta e inmutable. Termina, dobla las dos hojas con moderación y se las devuelve a su amiga.

— ¿Y, qué te parece? —Pregunta Leonor

— Y a tí, qué te parece.

 

Llega el camarero con las tazas humeantes, las sirve y se retira.

 

—  Que la tenía escrita para otra y que seguramente como le falló la aprovechó conmigo.

Ríen las dos. Leonor, ya con la carta en sus manos enumera graciosa.

— La parte en prosa no me desagrada, aunque no creo que esté hablando de mí. Pero con  la que remató toda mi confianza fue con la poesía, ¿Mi blanca paloma? Yo, ¿mi blanca paloma?

— Si por lo menos hubiera puesto, mi paloma de chocolate.

Ríen, ríen de sí mismas primero y de los malogrados intentos masculinos de conquistar sus almas con triquiñuelas.

No son descreídas, se saben, se conocen. Jamás ofenderán a ningún hombre en su intento de galán, pero elegirán al que las mira con sinceridad, siendo tal cual es, con verdadero respeto.

— Las chicas de la piscina me dicen que soy tonta, que debiera seguir adelante, que está muy bien y tiene dinero.

— ¿De qué siglo pasado y peor se escaparon tus amigas?.

— ¿Verdad?

— Sabes Leonor, sigo creyendo en el amor. Sigo creyendo en los hombres y en contarle mis cosas a alguien más que a una amiga o lo que circunstancialmente quieran escuchar mis hijos. Y no quiero un hombre atento por galantería. Quiero que se le note en los ojos lo que le pasa en el alma, quiero su amistad, su sinceridad. Y también que nos vaya bien en la cama.

— No les contesté a las chicas, pero me pasa lo mismo. Quiero tener algo con alguien que siga sintiendo después de darte la ducha y despedirte. No me alcanza llenar el hueco de alguna soledad, no me gusta sentarme en el banquillo. Quiero un compañero, un tipo que no tenga ni miedo ni bronca al decirme nada. No quiero un caballero de blanca armadura. Tampoco quiero casarme. El en su casa y yo en la mía.

— Y yo, pero bueno, no abundan. Los varones que escuchan comprenden, demuestran y abrazan no vienen en serie, son la excepción. Pero están, viven, por ahí hasta te atienden en un negocio o se cruzan con uno en la calle o en el parque cuando paseamos con los nietos.

— ¿No pediremos mucho?

En un tono cargado de ironía Beatriz asevera

— Si, por supuesto. Un compañero, sincero, dispuesto a compartir todo, los libros y el dolor de rodillas. El cuarto y los olvidos.  La artritis y los paseos. ¡Vaya!

Vuelven a reír, en el mismo tono Leonor agrega

— ¡Lo único que estoy dispuesta a aceptar que tenga postizo son los dientes!

Se ríen cómplices y con ganas.

 

En el preciso momento en que Beatriz alza su brazo para pedir la cuenta, se escucha la voz en off.

— ¡Corten!

 

Un hombre con una gorra de visera se acerca a ellas con los brazos abiertos

— ¡Muy bien chicas! Mañana lo terminamos.

 

Beatriz y Leonor salen de aquella casa-estudio-teatro en las que toman sus clases dispuestas a compartir un taxi, no saben que entre bambalinas cuatro compañeros las miraban y hablaban de ellas, afuera la lluvia pertinaz demora el hallazgo de un taxi, hasta que finalmente llega. Beatriz y Leonor suben divertidas.

 

Germán, uno de los cuatro compañeros de teatro que veían el rodaje esperando su turno se acerca al director

—  Ahora nos toca a nosotros verdad.

—  Si, después del refrigerio seguimos con ustedes.

—  Una pregunta.

—  Si, dime.

— ¿Puedo hacerme con una copia del guión entero?

—  Pero si lo tienes, les he entregado una copia a cada uno.

— No, es que he intentado seguir a las chicas en sus parlamentos pero no lo he encontrado.

— Ah, claro. Lo que ocurre que ellas improvisan. Ellas se traen sus escenas ensayadas de sus casas. No hay parlamentos, por eso las grabamos más rápido que al resto.

Germán tiene casi la misma edad que Beatriz y hace tiempo que la viene observando, cuando hablan entre bambalinas, cuando van todos juntos a tomar cerveza, cuando ensayan. Esta escuela de teatro para adultos ha traído otra perspectiva a su vida y Beatriz otro punto de mira. Se vuelve al grupo de tres que lo espera, Julio, Luis y Manuel están hablando de ellas y de lo que lamentaban que se hubieran ido cuando llega Germán

— Y, qué te ha dicho.

— Que ellas se hacen sus libretos.

 

En tanto en el taxi Leonor le dice a Beatriz

 

— Cuando hice mi entrada vi que los chicos estaban entre bambalinas. ¡No se puede creer como te mira Germán!

— Eso porque no me ves, cuando yo lo miro a él. Sabes Leonor, cuando me apunté nunca pensé que me iba a pasar esto. Estaba no sé, retirada, sin saber muy bien de qué, si de la vida o de la mujer. Mi mundo eran mis hijos, mis nietos, mis libros. Tengo que agradecerte el haber insistido.

— Pues la culpa fue de Marito. Él no sabe que me ayudó a buscar algo nuevo y empezar, otra vez. Si, un día hablando de los caseros que tiene me dijo muy suelto de cuerpo:

— Son gente mayor mamá, tienen como sesenta años. — A lo que yo contesté.

— Hijo, ¿qué edad te pensas que tiene tu madre?

— Seguro que lo han heredado de nosotros. Me acuerdo haber atribuido a alguien la vejez a los sesenta. Y se me vinieron los míos sin darme cuenta y sintiéndome de cuarenta. Por eso los entiendo cuando nos ven así, jubilados, amoldados al banquillo. Hay que llegar para darse cuenta que no es así.

— Ya lo creo. Tendremos que cambiar las creencias, la gente va a vivir más de doscientos años, ¡somos unas niñas!, seguimos vivas y lo vamos a disfrutar mientras el corazón nos siga latiendo.

Chocan sus manos como en un acuerdo.

 

Ha pasado una semana en la que las chicas no han dejado de reunirse para dar forma a otra de sus tomas. Por su parte Germán, que no ha dejado de pensar en Beatriz le ha escrito una carta. Se juntan todos a ensayar, es jueves, a propuesta de Germán quedan para ir a tomar algo después del ensayo. Eufóricos porque ha salido muy bien la puesta del día eligen un bar típico al costado del centro, junto con Leonor, Julio y Manuel, Germán le ha pedido a Beatriz muy especialmente que vaya con él en su coche, a lo que ella ha aceptado de muy buena gana, con una alegría que le eriza la piel y pone color en todo su cuerpo, así sube al auto, donosa y se podría decir que renovada.

Porque cuando dos personas se atraen hay una corriente telúrica que les baila el suelo, hay coincidencias de miradas, sin soslayo, y en el pecho el conocimiento pleno que el instinto no se confunde.

Callada y sonriente ocupa el asiento al lado de Germán, el de adelante, el del compañero, el del co-equiper. Otros dos autos les siguen, otro compañero con tres personas más y el director en el suyo completo, cuando bajan y se juntan en la puerta de aquel bar con una bella terraza techada y adornada con farolillos, Marisa, una de las más jóvenes del grupo, dentro de su tono, normalmente trágico dice

— Oh, no me había dado cuenta, somos trece.

A lo que Beatriz contesta relajada y sonriente

— Tranquila mi niña que ninguno de nosotros es Cristo. Lo dijo sin intención, pero todos le festejaron la gracia.

Comieron, bebieron, festejaron, rieron, compartieron y se despidieron.

Germán llevó a todos junto con Beatriz que lo dejaba hacer muy relajada en el asiento a su lado. Cuando quedaron solos y el auto se deslizaba suavemente por la ciudad, siguiendo una ruta desmañada de vueltas por bellas calles que bien podrían parecer parte de un recorrido turístico, bajando un poco el volumen de la música,  en un tono sereno y confidente le dijo

— Te he escrito una carta.

Beatriz lo miró mientras conducía. En el mismo tono cómplice le propuso

— ¿Vamos a La Constancia? Te invito un vino, o lo que quieras.

Germán sonrío y se relajó por completo.

— ¡Vamos a La Constancia! — Dijo entusiasmado, ¡Acepto tu vino!, o lo que quieras.
Y el auto giró en la rotonda y tomó camino de La Constancia, con dos seres ilusionados, felices, sólidos, rotundos, no dilataran ningún tiempo  ni distancia, aceptarán lo que les depara su hoy, su  ahora. Para algo si estaban dispuestos, para sacarle partido a los días, para compartir, dispuestos a actuar, a dejarse llevar, dispuestos a seguir escribiendo la historia, sin guiones.

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