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En la cafetería by Lucas Corso

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El café en otoño. Uno puede llegar a una de esas cafeterías que todavía conservan algo de esa decoración amable, donde la madera y los colores marrones le dan la bienvenida junto a un agradable olor a café y pastas, colgar su abrigo del perchero o de la silla, dejarse puesta la bufanda, y esperar a que vengan a preguntarle qué va a ser lo que va a tomar o, si ya se es cliente habitual, con qué va a compañar esta vez el café con leche. Y mientras tanto, puede entretenerse observando a su alrededor, mirando a las parejas hablando con sus tazas medio llenas, si es que la conversación es de esas que a simple vista podríamos llamar acarameladas, o con tazas medio vacías, cuando ninguno de los dos presta atención a quien delante tiene sentado, y en sus ojos se puede leer cómo le gustaría estar a kilómetros de distancia de ese lugar o, al menos, con otra persona, que no siempre los lugares son los malos, en la mayoría de casos tienen más culpa las compañías. Podemos ver a los solitarios, leyendo sus periódicos o revistas, a los niños pegados al cristal que los separa de las chocolatinas y los pasteles como si de un muro de piedra se tratase, señalando con sus dedos lo que quieren y que rara vez coincide con lo que quieren sus madres; también vemos a los que acaban de llegar y analizan los movimientos de los que todavía permanecen sentados, como queriendo encontrar cualquier señal que les indique que ya se van, para luego darse cuenta de que hay más gente esperando lo mismo y, lo que es peor, que llevan más tiempo. Pero nosotros ya estamos sentados, son las ventajas de ser del grupo de los del periódico y la revista, que sólo se necesita un asiento, y además, como hemos dicho, es otoño, afuera ya comienza a refrescar, y nos sentimos realmente afortunados de estar, ya, que la joven camarera acaba de servirnos, frente a una buena taza de chocolate caliente y una pasta realmente apetitosa. Alguien pasa frente a nosotros, mirándonos con la ilusión del que ve en una persona solitaria un lugar libre en potencia, pues no se entretendrá tanto como los que están acompañados, con esos ya se ha perdido toda esperanza. Pero a nosotros no nos corre prisa, como hemos dicho, estamos bien instalados y bien servidos. ¿Qué más podríamos pedir? ¿Tal vez compañía? Ya sentados, ahora podemos pasarnos al grupo que queramos. Y además parece que estamos de suerte, ante nosotros hay, además de la nuestra, otra taza humeante, esperando pacientemente a que se hagan con ella, y ya al fondo vemos cómo aparece nuestra bella acompañante. Suspiramos:

  • Cincuenta y cinco años casados, y sigue tan espléndida como el primer día.

Sí, son esos golpes que nos da el amor en los momentos más inesperados, como ahora, en este café. Unos golpes que nos hacen ver lo afortunados que somos de ver las tazas y los vasos medio llenos a pesar del tiempo transcurrido, unos golpes que nos hacen recibir a nuestra querida compañera de venturas con una sonrisa apacible y franca, y hacen que esa sonrisa se estire y se estire conforme ella se acerca hasta tocar las puntas de nuestras orejas, y que la miremos con ojos admirados, como los que contemplan un gran logro o una hazaña maravillosa. Hablamos:

—Viejita, te he dejado el lugar de la mesa que más te gusta, el que da a la puerta, por si todavía quisieras huir.

—No digas tonterías, ya son muchos años como para comenzar a correr. Además, no estaría bien que lo hiciera el día de nuestro aniversario.

Reímos. El sentido del humor puede que tal vez sea uno de los mejores pegamentos que exista, de esos que luego, al querer desunir lo pegado, no queda otra solución que romperlo, destrozar las dos partes para que queden hechas trizas, pero siempre con una cicatriz que sólo encajará perfectamente con esa otra parte de la que ha sido separada, lo cual nos hace pensar que más vale dejarlas como están, y que sean los años los que decidan. En esta ocasión, el sentido del humor de esa nuestra compañera de vida, junto con el nuestro propio, ha hecho que las dos partes hayan permanecido juntas durante tanto tiempo. Lógico es pensar que ese sentido del humor no habrá sido la causa única y principal de ese amor tan duradero, que no sólo de risas viven hombres y mujeres, todos sabemos muy bien qué inevitables resultan a veces los llantos, que hasta los mejores payasos pueden hacer llorar. El humor, por tanto, no lo es todo. El pegamento, recordemos, sólo une; lo que hace bonito, lo que se ve, lo que se disfruta, lo que realmente cuenta, son esas dos piezas que unidas forman sólo una. Y estas dos piezas hace mucho que están enganchadas y, por eso mismo, podría pensarse que poco más les queda por decirse. Nada más lejos de la realidad, que ya sabemos que a buen entendedor, pocas palabras bastan, y estos dos son muy buenos entendedores, y han empleado las palabras justas y necesarias, que vendrían a ser tal vez una parte muy reducida de las utilizadas por otras personas de entendederas o miras más cortas. Por eso mismo todavía conservan muchas cosas que desean compartir el uno con la otra, muchos temas que desean tratar la otra con el uno, en fin, que les voy a decir que no sepan ya, la pareja ideal es aquella con la que mejor se conversa, pues llegado el momento, sólo eso se podrá hacer, conversar, y estos dos son muy buenos conversadores.

El hombre de antes, que vuelve a aparecer para descubrir que nos hemos convertido en una de esas parejas que arrebatan cualquier esperanza a los que todavía buscan asiento, nos mira como quien acaba de perder un partido que tenía ganado, pero si poco nos importaba antes, menos nos importa ahora. En el patio interior de la cafetería, las hojas secas caen de los árboles, alfombrando el suelo de color marrón. Después de un mes de lluvias y cielos encapotados y bajos, por fin el temporal parece que ha dado una tregua y ya ha comenzado a resquebrajar todo ese amasijo de nubes espesas para dejar ver un color azul que parece recién pintado. Y a eso la gente lo ha recibido como la mejor noticia en lo que va de otoño. Nuestra querida compañera, que acabada ya la merienda, y estando agarrada de nuestro brazo en la puerta de la cafetería, es de las que así piensa, ya que a estas alturas, tanto ella como nosotros tenemos más pasado que futuro, mira sorprendida, y no sin cierta desconfianza, la rambla principal donde nos encontramos:

  • —Mira toda esa gente, caminando de aquí para allá con esas caras, trabajando en los quioscos y las terrazas con esas sonrisas, vendiendo en las tiendas con esos aires. Que no digo que esté mal, ojalá hubiera visto yo eso todos los días desde que tengo memoria, pero, ¿no estarán exagerando?

  • —¿Exagerando dices, viejita? Míralo de esta forma, o mejor dicho, piensa en nosotros: hemos viajado por todo el mundo, hemos conocido a toda clase y suerte de personas y situaciones, nos hemos conocido a nosotros mismos en más de una ocasión, nos hemos casado, hemos tenido hijos, nietos y ahora…

  • —¿Ahora qué?

  • —Ahora estrenamos cielo, nuevecito, todo para nosotros.

Y sonreímos al decir esto, y miramos a ese cielo que tinta las calles con colores agradables, y ella también mira arriba y de nuevo a su alrededor y también sonríe, pero más tímidamente, como aceptando que tal vez tengamos parte de razón, pero sin olvidar su primera opinión. Continuamos:

– ¿Quién nos lo iba a decir, eh?

– Lo mismo da, no lo ibamos a creer de todas formas.

– Por eso digo, ¿no ibas a estar tú, todo el tiempo con esa misma cara que tienen los . demás si esto te hubiera pasado con treinta años menos?

– Sí, ya lo creo que sí.

– ¿Y porqué no ponerla ahora?

– Tú ya la tienes.

– Yo siempre he tenido esta cara…

– En eso también te doy la razón. – Nos sonríe.

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