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Wendigo by Miguel Ángel Carrera

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—No tengo nadie más a quien contarle esto, solo a usted, lo he meditado mucho durante días, y lo mejor será a usted que es el encargado de la investigación. Lo que quiero explicarle señor Hernández es la forma en cómo murió mi esposa, como yo fui indirectamente el culpable. Yo le Empuje hacia la muerte— dijo el hombre terriblemente apesadumbrado. Tirado sobre un viejo y desgastado sofá de desagradable color marrón oscuro, —agregando: Y si recurro a usted, es para tratar de expiar la culpa que me quema por dentro.

El hombre era Antonio Echeverri, un obrero de la construcción en la gran ciudad. Corpulento, pálido, de unos 1,95 metros de altura. Había llamado al inspector Hernández para hablar con él, seriamente. Este había acudido a su casa, al día siguiente sin pensarlo. Se sentaron en la sala de su casa. Sucia y descuidada, con pocos muebles, periódicos y revistas apilados en un rincón, cerca de una lámpara sobre una pequeña mesa. No había retratos en las paredes verde pastel, manchadas de humedad, no había adornos, no había nada más en aquel lóbrego sitio.

—No tengo nadie más a quien contarle todo esto, mis amigos jamás me creerían, menos un  cura, y es muy probable que usted tampoco. Después de todo, usted puede hacer lo que quiera o lo que sea necesario, no me interesa defenderme, solo desahogarme.

Hernández sentado frente a él, saco una pequeña libreta, un lapicero y se dispuso a escucharlo.

Echeverri estaba tirado sobre el sofá con la mirada algo perdida, se le veía muy apesadumbrado, derrotado. Un hombre listo para tirarse al foso de los leones, luego de haber sido sentenciado.

—Bien, comencemos, me decía ¿Entonces, usted asesino a su esposa señor Echeverri?— Pregunto Hernández mirándolo fijamente con aire tranquilo.

El hombre se revolvió nerviosamente en el sofá, mirando por unos segundos hacia la cocina, Hernández lo observo con detenimiento sin pronunciar palabra.

—Indirectamente, si, comenzare desde el principio y podrá entenderme mejor —se rasco la calva impaciente —Me case con Ángela en el 81, ella tenía 24 años y yo 30. Al igual que yo, había estado casado anteriormente, mi primer matrimonio fracaso por la monotonía y mi terrible situación económica. El de ella fracaso porque no podía tener hijos, creo yo, siempre me conto otra cosa, pero nunca le creí. A mí eso poco me importo, yo tenía dos hijos de mi primer matrimonio, así que eso fue un alivio en realidad. ¡Que carajos!, la quería en verdad, era alegre y muy hacendosa

. Al tener 3 años de casados nos mudamos a este suburbio fuera de la ciudad, buscábamos una vida más tranquila, menos agitada.

Hernández sintió una ligera pero desagradable fetidez, como a madera podrida y musgo pantanoso. Frunció el ceño y miro a su alrededor. El hombre miro a Hernández, y luego miro nuevamente hacia la cocina, nervioso.

— ¿Siente eso amigo?— dijo Echeverri arrugando la nariz en una expresión de oler.

— ¿El mal olor dice? Pues sí, ¿Qué es?

—Pronto lo sabrá, y entenderá de que hablo.

Hernández volvió a mirar a su alrededor extrañado, sintiendo esa fetidez

—Entonces me decía que se caso con ella en el 81— dijo revolviéndose en el mullido y horrible mueble.

—Así es, como ya le conté, luego de unos años, nos mudamos acá, fuera de la ciudad, buscando un lugar tranquilo. Yo conseguía trabajo a destajo en construcciones locales y ella trabajaba en casas de familia— agrego —Fue alrededor de llevar 5 o 6 meses en esta casa, que todo lo extraño comenzó, aquel hedor, muy a pesar de que mi Ángela era muy dedicada a la limpieza en todo. Era extraño a vec…

El hombre se interrumpió y miro nervioso hacia la cocina, frotándose las manos, revolviéndose nuevamente en el mueble.

— ¿Le pasa algo señor Echeverri?— le pregunto Hernández curioso.

El hombre absorto por unos segundos, mirando la puerta de la cocina, volteo a mirarlo rápidamente — ¿Qué? No, no pasa nada— agrego huyendo la mirada de Hernández —Es solo que a veces olvido algunas cosas.

—Entiendo, entonces me decía que…

—Sí, sí, exacto, le decía que todo comenzó con el hedor. Yo solía ir en las madrugadas al baño a orinar, y luego a la cocina a tomar un vaso de agua. Muchas veces mientras orinaba sentía el hedor, fétido, mohoso, a veces muy fuerte. El día que todo se puso mal, fue esa lluviosa madrugada de mayo. Me levante como siempre para orinar y luego con la garganta seca, ir por un vaso de agua. Baje pesadamente las escaleras y cuando iba a entrar en la cocina, observe machas y un bulto en la oscuridad, y al encender la luz, contemple aquello horrorizado— el hombre hizo una pausa y se quedo pensativo por unos segundos.

— ¿Qué? ¿Qué vio señor Echeverri?

—Nuestro gato Tuerto señor Hernández, así se llamaba, porque le faltaba un ojo al pobre. Estaba en medio de esta sala, destrozado, mi somnolencia desapareció como por arte de magia, al ver aquel espectáculo dantesco. Estaba cortado a la mitad, pero la mitad del lado de la cabeza no estaba, solo había mucha sangre y parte del torso trasero. Tuve que llevarme la mano a la boca para no gritar, sentí mi piel erizarse y el hedor nauseabundo tan fuerte que me dieron ganas de vomitar.

— ¿Y qué hizo entonces?— Pregunto Hernández con estupor.

—Que otra cosa podía hacer, salí corriendo de ahí como pude, me había quedado paralizado, me costó hacer que mi cuerpo me obedeciera, pero pude hacerlo, corrí como alma que lleva el diablo escaleras arriba. Entre a mi cuarto, subí a mi cama casi sin respiración, sin saber qué hacer. Mi Ángela dormía, como yo, no sintió nada. Tuve que despertarla y contarle, primero, con cara de incredulidad, no me creía, preguntándome que había pasado en realidad. Luego lloro, casi grito, tuve que contenerla como pude. Quiso bajar pero no la deje, le dije que esperáramos a que amaneciera, luego yo bajaría, recogería en una bolsa lo que había quedado de Tuerto para enterrarlo en el patio, y luego ella podría bajar para que limpiáramos el desastre.

—Y así hicimos, acepto a regañadientes. Cuando el día aclaró, baje lentamente, asustado, asustado como nunca, busque una bolsa negra de basura y recogí lo poco que quedo del pobre Tuerto. Fue horrible, luego de ese acontecimiento, no pasó nada más por unas semanas. A mí me había extrañado que esa noche, nuestro perro no ladrara afuera en el patio trasero, el solía ladrarle hasta una mosca y esa noche, nada, esa noche callo, algo lo asusto, lo encontré escondido detrás de los trastes viejos que hay arrumados en nuestro patio. Pasamos varias noches en vela, porque no sabíamos que cosa o animal había sido capaz de semejante carnicería, y más dentro de la casa. Un exterminador vino y reviso todo pero no encontró nada.

Echeverri se interrumpió, se disculpo un momento, se levanto y camino lentamente hasta la puerta de la cocina con cierto sigilo. Miro unos segundos y volvió al viejo mueble.

— ¿Pasa algo señor Echeverri?  Puede confiar en mí.

—No, le dije que no pasa nada, no se preocupe.

—Bien, le creo, prosiga, me decía que…

—Nuestro perro, si, pobre animal, era muy noble. Después de la noche que murió Tuerto, nada paso por unas semanas. Yo me levantaba ocasionalmente de madrugada a orinar, pero ya no bajaba a tomar agua, el miedo no me dejaba, algo me decía que si bajaba, moriría en algún momento. Jamás mis presentimientos fueron tan agudos como esos días. Una madrugada armándome de valor por el intenso hedor que subía hasta nuestra habitación, baje.

—La fetidez era insoportable, nauseabunda, como pude me asome a la cocina y ahí estaba esa cosa, horrenda, hedionda, negra.

— ¿Qué cosa señor Echeverri? No entiendo. ¿Qué era?

— ¡El Wendigo! Señor Hernández, lo que se había comido a nuestro gato, había regresado por mas, tenía hambre, ¿entiende?

— ¿Wendigo? Haber, déjeme ver si le entiendo señor Echeverri, ¿usted está queriendo decirme, que una criatura ficticia de cuentos, estuvo aquí y asesino a su gato?

— ¿Siente el hedor señor Hernández? ¿No lo siente?

Hernández lo miro extrañado y dijo —Si lo siento, y pienso que debería usted asear su casa de vez en cuando. Prosiga, veamos adonde llega con todo esto.

—Una madrugada escuche murmullos en nuestra sala, creo, no me atreví a bajar, estaba aterrorizado. Y lo comprendí, no se marcharía de nuevo hasta que comiera, debía hacer algo, o vendría por nosotros.

— ¿Y qué hizo entonces?

Aquel hombre, Antonio Echeverri, miro a Hernández con expresión de tristeza, para luego bajar la mirada.

— ¿Qué otra cosa podía hacer? La noche siguiente deje pasar a nuestro perro para que durmiera dentro de casa. Pobre animal. Entro por la cocina saltando de alegría. Quiero que entienda que era él o nosotros, no podía hacer nada mas, debía ganar tiempo, soy un pobre diablo, sin dinero, a donde podíamos ir.

Hernández lo miraba con condescendencia y el pobre hombre dejo ver sus dientes en una sonrisa desencajada, casi gritando.

— ¡Sé lo que está pensando polizonte! que soy otro loco mas, inventándose una historia fantástica para eludir la cárcel. Usted no sabe nada amigo, no sabe nada, me escucha.

—Cálmese señor Echeverri, yo no creo nada, no es mi trabajo, por ahora solo le escucho y tomo su declaración, Recuerde que fue usted quien me llamo, prosiga por favor, no se preocupe— le dijo Hernández con firmeza.

—Nuestro perro, se llamaba Sócrates, el maldito animal era inteligente y muy fiel, y vaya que lo amábamos, me dolió mucho aunque no lo crea. Esa noche le deje entrar, debía saber si era eso, calmar su hambre, y si no lo era, entonces debía hallar una mejor solución, sabe, mi pobre Ángela no sabía nada aun. Estaba viviendo mi infierno personal yo solo sin decirle palabra alguna, no quería preocuparla, al menos no hasta que fuera muy necesario. Deje al pobre can dentro y subí a acostarme. De madrugada mi vejiga me atormentó religiosamente con las ganas de ir a orinar, no fui al baño, el terror podía mas, prefería aguantármelas hasta el amanecer. Escuche entre sueños, algo arrastrarse, unos gruñidos y luego unos huesos quebrarse, desperté sobresaltado, y eso fue todo. Luego no pude dormir mas, ni siquiera me preocupe en que horas eran, solo me arrope y deje pasar la noche contemplando el techo— Echeverri hizo silencio por unos segundos mirando sus zapatos.

— ¿Y luego que paso?

—A la mañana siguiente hable con mi pobre Ángela y le pedí que no bajara hasta que yo le indicara, y ella acepto preocupada, sin saber lo que yo había hecho. Luego baje para comprobar aquello que tanto temí. Mi corazón, mi estomago, mis tripas, todo dio un salto, estremeciéndome. El pobre animal estaba destrozado, sin muchas de las partes de su pobre cuerpo, de nuevo me aterrorice y estuve allí petrificado por largo rato, llorando.

— ¿Por cuánto tiempo?

—Ni idea, solo sé que cuando pude moverme, subí lo más rápido que pude y me encerré en nuestra habitación a contarle todo a mi esposa, después de lograr calmarme un poco.

— ¿Y ella que le dijo?

—Fue terrible, lloro, me insulto, intento golpearme, tuve que abrazarla lo más fuerte que pude hasta que se calmara. Y luego cayó en el suelo llorando, preguntándome desesperada que estaba pasando. Fue entonces cuando decidí contarle todo lo que había sucedido las últimas semanas.

— ¿Y le creyó?

—Al principio no, pensó que quería justificar alguna clase de locura, incluso luego me tenía miedo, pero luego acepto que si era el Wendigo.

— ¿Cómo fue que su señora esposa, termino aceptando esta clase de teoría señor Echeverri?

—Luego que el pobre Sócrates murió devorado, pasaron unas semanas sin incidentes de ningún tipo. Cambie mis hábitos nocturnos, cenábamos temprano y nos encerrábamos en nuestra habitación hasta el otro día. A pesar de que fueron noches tranquilas, me costaba conciliar el sueño, no era fácil digerir todo aquello. Hasta que el hedor comenzaba de nuevo, primero de forma muy ligera, luego se iba intensificando, entonces yo sabía que significaba eso. Tenía hambre y venia para que le diera de comer. Y le recordaba a mi Ángela lo que eso significaba, ella misma escucho al Wendigo en la madrugada arrastrándose en nuestra sala, gruñendo, con su hedor a madera podrida y musgo de pantano. Por supuesto ninguno de nosotros se atrevió jamás siquiera a abrir la puerta.

— ¿Por qué este Wendigo, estaba aquí precisamente? ¿Porque los escogió a ustedes?— Pregunto Hernández expectante.

—Como carajo voy a saberlo— grito Echeverri, llevándose las manos a la cabeza —Esa cosa era inmensa, negra como si no tuviera alma, con garras como ramas secas, sin rostro, nauseabunda, gruñendo, dejando charcos de negra corrupción en cada paso. Sufrí mucho esos días pensando que hacer, vendría por mí, se que vendría por mí, ¿no entiende? Deje de ir a trabajar, pensé mil maneras de arreglar todo aquello hasta que lo entendí.

— ¿Qué entendió señor Echeverri?— Hernández se imaginaba ya la respuesta, y quizá era lo quería escuchar.

Echeverri le miro fijamente, sonriendo descaradamente mientras se rascaba lentamente el mentón.

— ¿Usted que cree señor Hernández? Lo veo en su cara, sabe cuál será mi repuesta, ¿Qué habría hecho usted para salvar su vida?

Hernández se sintió incomodo, sin saber porque, nervioso, agrego —No sé ninguna respuesta, dígamelo usted ¿Qué hizo para calmar al Wendigo esta vez?

—Mi pobre Ángela— dijo moviendo lentamente la cabeza hacia los lados con tono de lamento —Solo le pido a dios que no haya sufrido mucho.

— ¿Qué hizo usted señor Echeverri?— pregunto Hernández con la cara descompuesta.

—Esa noche le dije que fuera a la sala engañándola, a ella le aterrorizaba ir, pero yo la tranquilice diciéndole que hacía semanas no había habido incidentes.

— ¿Y cómo es que ella no escucho a la criatura arrastrase o gruñir en la madrugada?

—Lo planee, la dormía con somníferos, durante algunas noches y así pasaría la noche sin sentir al Wendigo. Esa noche ella acepto bajar a revisar todo como hacíamos a veces cuando todo era normal— Echeverri dejo escapar al fin unas lagrimas que recorrieron sus mejillas.

— ¿Y entonces que paso?

—Ella bajo, y yo cerré la puerta de la habitación con seguro. Luego, nada se escucho, solo un crujido de huesos. Llore, llore toda la madrugada y toda la mañana, me sentí como un asesino, un completo desgraciado. Pero había sobrevivido otra noche. Usted estuvo en la escena del crimen señor Hernández, vio lo que quedo de ella, así que no necesito contárselo. Como usted ya sabe, estoy libre bajo fianza, mientras hay investigaciones, y ya han pasado casi cuatro semanas desde el asesinato de mi pobre Ángela. Y…— Echeverri hizo una pausa mirándolo fijamente —Creo que ya se dio cuenta del hedor, y debe saber lo que eso significa, ¿verdad?

—Quizá lo sepa, si— Hernández se sintió mucho mas incomodo aun, le invadieron unas terribles ganas de salir de ahí lo más rápido posible, se levanto del mueble, seguido por Echeverri, diciéndole —Creo que eso es todo señor Echeverri, ya va a ser mediodía y debo ir a la oficina central, todo esto ha sido extraño, y me ha ayudado mucho a sacar conclusiones— Echeverri asintió en silencio.

Caminaron hasta la puerta y se despidieron con un apretón de manos, Hernández sintió un alivio tremendo al haber salido de esa desagradable casa, prometiéndose no volver a entrar ahí nunca más, ordenaría el arresto de Antonio Echeverri al llegar a la estación. Echeverri cerró la puerta tras de sí, era de día. Solo debía esperar la noche para encerrarse en su habitación y estaría a salvo cuando llegara el Wendigo. Camino por la sala, nervioso, y al llegar al umbral de la cocina, se petrifico, el hedor era insoportable, un gruñido invadió el lugar. Debía correr, salvar su vida, era de día, no entendía, pero ya no importaba, solo correr y no mirar atrás. Pensando que puerta era más cercana, la de la calle, o si debía subir las escaleras hasta su habitación. Si lograba sobrevivir esta vez, buscaría algún amigo, o algún borracho de esquina para dar de comer al Wendigo

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