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MENTIRAS TARDÍAS by Lucas Corso

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Hoy comienza una nueva serie de los escritores de FlemingLAB, “Papeles Privados” representa escribir desde recuerdos, imágenes, anécdotas u objetos que nos rodearon, una historia de ficción. Lucas Corso es el primero en explora esta Actividad.

Doscientos diecisiete gorriones sobrevolaron los campos de olivos creando con su presencia una sombra en la tierra seca que viajaba de aquí para allá sin, al parecer, una dirección concreta. Los que allí abajo estaban vareando, alzaban la mirada al cielo tratando de averiguar a qué venía aquel caprichoso movimiento de nubes, para después quedarse pasmados ante lo que sin duda tenía que ser una alucinación colectiva, quizá fruto del calor y el trabajo continuado. Porque una cosa era ver una bandada de pájaros así de grande, y otra muy distinta lo que ahora veían sobre sus cabezas.

Aquella misma mañana, atraídos quizá por el amarillo chillón de un tractor aparcado junto a una zanja, los doscientos diecisiete gorriones se habían posado en una higuera situada al lado del vehículo y bajo la que don Manuel estaba sentado. Y claro, entenderán que con aquel jaleo de pío píos que de repente se había instalado sobre su cabeza, el pobre hombre no tuviera más remedio que cambiarse de banco e irse a sentar en uno un poco más alejado y que, por estar debajo de un naranjo que apenas comenzaba a despuntar, disfrutaba de menos sombra. Contaba don Manuel por aquella época con ochenta y ocho años a sus espaldas, que eran amplias y todavía fuertes. Llevaba bastón más por recomendación de nietos e imposición de hijas que por unas piernas cansadas que realmente lo necesitaran. Por tanto hacía como que lo utilizaba, sin llegar a apoyarlo casi nunca en el suelo, para así ahorrarse reproches y discusiones que ya no estaba dispuesto a tener con nadie, y mucho menos con la familia. Sabiendo de sobras que a esas alturas de su existencia su futuro se había convertido irremediablemente en el presente por el que todavía seguía callejeando, había decidido que lo iba a vivir en paz y sin tener que dar ni recibir una voz más alta que otra. Y de ese modo, engañando un poquito a unos con el asunto del bastón y a otros con cuestiones que podrían haber llegado a ser un incordio y que había sabido torear de la mejor manera, había conseguido este hombre pasar desapercibido para las amarguras de la vejez, disfrutando así de una recta final apacible. Cada día, después del desayuno y antes del almuerzo de media mañana, se sentaba don Manuel en el banco bajo la higuera a charlar con uno de sus vecinos, en situación de edad y reprimendas familiares similar a la suya, con el que compartía pensamientos y anécdotas. Laureano se llamaba este individuo, algo más estropeado pero igualmente resuelto a vivir a su manera, intentando también pasar de refilón ante problemas y dolores de cabeza, y tratando de disfrutar de la compañía de aquellos que le pudieran aportar lo único que ya necesitaba: pasar un buen rato. Se sentaban pues cada día estos dos a charlar de lo humano y lo divino, de lo que pasó y de lo que tal vez estuviera por ocurrir, y de que quién les iba a decir, siendo tan movidos como ellos lo habían sido siempre, lo bien que se veía desde aquel banco todo el ajetreo de un mundo del que ya no esperaban gran cosa, si acaso bajarse de él de la misma manera en la que se volvían cada uno para su casa a eso de las doce: esperando volver a verse. Pero había algo más dentro de todo aquel palique matutino; algo que los hacía retornar al día siguiente todavía con más ganas que el anterior. Las mentiras.

Don Manuel y el señor Laureano eran dos personas que habían vivido y visto de todo, y que llegados a este punto sus vidas ya se habían convertido irremediablemente en historias de esas que se cuentan con parsimonia y entrecerrar de ojos. Habían decidido por tanto ir adornándolas un poco, cada uno la suya, tal y como sucede con los grandes relatos, de los cuales uno va tirando del hilo para separar el grano de la paja hasta acabar, en el mayor de los casos, rodeado de eso: paja. Se inventaban así una vida que en ocasiones rayaba lo fantástico, con invenciones tan estrafalarias que hasta ellos mismos no podían evitar reírse al contarlas. Otras veces la bola estaba tan bien planteada que costaba diferenciar dónde acababa la anécdota y comenzaba el cuento. Averiguarlo era para ellos un juego al que con el tiempo se habían aficionado hasta tal punto que incluso comenzaron a detestar los días que amanecían lluviosos.

  • Deja que llueva, abuelo, que es bueno para el campo. –  le decían los nietos a don Manuel.
  • No se va a secar por esperar hasta la tarde. – refunfuñaba él.

Suponemos que en casa de Laureano la conversación sería parecida. De cualquier modo, el día que no podían salir a sentarse en el banco bajo la higuera lo empleaban en preparar trolas más sofisticadas con las que engañar al otro. El día en que don Manuel tuvo que cambiarse de banco, Laureano apareció un poco más tarde que de costumbre.

  • Hoy venía el practicante a la casa. – le dijo sentándose a su lado.
  • ¿Y qué le ha dicho? – preguntó don Manuel.
  • Que estoy igual de vivo que la semana pasada. – contestó Laureano.
  • Pues vaya practicante. La semana próxima ya voy yo y se lo digo, así se ahorra tener que pagarle.
  • Eso no lo pago yo. Además, cada vez que viene aprovecho para que luego me dé una vuelta en el helicóptero. – dijo Laureano agachando un poco la cabeza.
  • Eso es mentira. – señaló don Manuel sin mirarlo.
  • Mentira qué va a ser. Hoy me ha llevado al terreno.
  • Al terreno le ha llevado su hijo, que lo he visto yo salir de la cochera con la furgoneta cuando estaba haciendo sentadillas en el patio.
  • Lo mismo es. Y usted no ha hecho una sentadilla desde hace veinte o treinta años.
  • Pues eso.

Y ahí acabó la primera tanda de la mañana. El tractor ya hacía un rato que había reanudado su trabajo en la zanja, sacando tierra y pedruscos del fondo para colocarlos a un lado.

  • Pues una viña bien grande tenemos allí, en el terreno. – dijo entonces Laureano.
  • Ustedes siempre han sabido cultivar bien sus viñas. – señaló don Manuel.
  • Ya lo creo. Doscientos kilos de uva nos ha dado esta.
  • ¿Cuántos dice? – preguntó sorprendido don Manuel.
  • Doscientos. De una tacada.
  • Doscientos gorriones o más estaban esta mañana en la higuera.
  • ¿Doscientos gorriones? – se extrañó Laureano.
  • O más.
  • Quítele gorriones a la higuera, don Manuel, quítele gorriones. – rió.
  • Quítele usted kilos a la viña, Laureano, quítele kilos. – rió el otro.
  • Le digo yo que me ha dado doscientos kilos de uva, si no más.
  • Lo mismo que los gorriones. Fíjese cuántos serían que, al irse volando después de ponerse el tractor en marcha, se han llevado la higuera con ellos.

Laureano, entrenado ya en embustes de todo tipo, se sorprendió al encontrarse con uno tan evidente como aquel. Doscientos gorriones llevándose en volandas una higuera; eso no había por dónde cogerlo.

  • La higuera la ha cortado el ayuntamiento para plantarla ahí enfrente, cuando tapen el agujero. – indicó.
  • Lo que usted diga, Laureano. Pero tendrá que ser otra higuera, porque la que había ahí antes se la han llevado los gorriones.
  • A usted sí que se lo van a llevar un día. La policía, por embustero.
  • Ya pediré habitación doble para cuando vayan a por usted también.

Y en esas quedaron cuando llegó la hora de irse a por el almuerzo de las doce. No muy lejos de allí, bajo un cielo azul en el que ya hacía días que no aparecía ni una nube, doscientos diecisiete gorriones sobrevolaban los campos de olivos cargando con lo que, según los que allí abajo estaban trabajando, parecía un árbol de raíces todavía húmedas. Unos cuantos dijeron que aquello no era más que una ilusión provocada por la distancia y la claridad cegadora del mediodía. Otros prefirieron decir que no habían visto nada. Sólo unos pocos aseguraron que sí, que lo que aquellos pájaros llevaban era un árbol; un árbol que, según algunos, fue a parar junto a una viña demasiado grande para ser verdad.

 

 

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