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Fotomatón: LA UNIÓN by Lucas Corso

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Era su primer paseo por el casco antiguo, una especie de descampado en el que por alguna razón que desconocía nadie había vuelto a construir ni un triste monumento. En su lugar, el césped y los árboles crecían a sus anchas entre las pocas casas que todavía aguantaban en pie con más pena que gloria. Pensó que el contraste con el resto de la ciudad, atestada de gente y grandes edificios, era lo que realmente llamaba la atención de aquel lugar y lo que lo había convertido en un punto de interés cultural, aunque los vestigios que allí había no explicaran demasiado acerca de la historia pasada y, desde luego, lo poco que tenían que decir no pareciese bueno. Aún así a ella le parecía que guardaba cierta belleza, y la melancolía y los recuerdos evidentemente ajenos que se le escapaban demasiado rápido como para siquiera atisbarlos la atraparon durante unos instantes. Coincidirán conmigo en que no es frecuente recordar algo de un lugar en el que no se ha estado nunca, y sin embargo a más de uno nos ha sucedido y hemos tenido que parar un momento para tratar de colocar esas memorias en el lugar indicado, pero son difíciles de atrapar y por lo general las olvidamos tan rápido como se van. No obstante, la sensación se queda en el cuerpo un poco más y Enola, que así se llama la mujer que por aquí pasea, teme acabar convertida en un recuerdo más entre las ruinas y el musgo y decide que ya es hora de volver a casa, en busca de la seguridad que sólo sus propios recuerdos, bien documentados y clasificados, le podrán brindar. De modo que silbando una canción que tampoco sabe de qué lugar de su memoria ha podido salir, abandona el lugar. 

Poco después, y ya en casa, se sentó junto a la ventana del salón para aprovechar las últimas luces del atardecer y abrió el portátil. En la red no era Enola, sino Irene Adler, un misterio al que algunos querían asomarse para traspasar al personaje y llegar a la persona. Pero Adler era eficaz evitando a los intrusos que llegaban sin llamar, preguntando cosas que para el resto del mundo podían resultar triviales, como por ejemplo un qué tal estás, y que para ella eran pura intimidad. Consultó los mensajes que había recibido en la bandeja de correo y echó un vistazo rápido a las últimas novedades en sus redes sociales. Pensó que ya iba siendo hora de actualizar algunos de sus datos, como su nueva ubicación, y de deshacerse de algunos contactos que ya habían criado telarañas. Pero antes tenía que continuar escribiendo. Iba con el tiempo justo, y su editor ya comenzaba a impacientarse por recibir algo que publicar. Enola confiaba en la historia que sus dedos, con el permiso de su imaginación, iban tecleando en el ordenador, y de algún modo sabía que la llevaría hasta algún lugar al que mereciese la pena llegar. A veces, todo hay que decirlo, no era así, y sentía que lo que en realidad estaba haciendo era explicar historias que sólo a ella le interesaban. Siempre había sido una persona de humor revoltoso, y a sus treinta y dos años aquello parecía ir a más, y pensaba que sucedía lo mismo con los intereses de los demás, los cuales los imaginaba igual de cambiantes e imprevisibles. Por tanto, ¿quién iba a interesarse por nada de lo que ella escribiera? Pero al final tenía que admitir que le gustaba hacerlo, y aceptaba que como mínimo le ayudaba a relajarse y a que su humor se estabilizara relativamente durante el tiempo que estuviera escribiendo. Y no se confundan,  no era Enola de esa clase de escritores que cuando están en faena se aíslan de todo y de todos, buceando en sus propios mundos y convirtiendo las horas en suspiros. Mientras escribía, su cabeza solía estar en varios sitios a la vez, y por eso no lograba permanecer mucho tiempo sentada haciéndolo, teniendo entonces que levantarse para canalizar a través del movimiento todo aquel torrente de imágenes, voces, ideas, miedos y euforias. Y también canciones. 

Enola, o Irene Adler, era incapaz de escribir sin escuchar música. De hecho era incapaz de hacer cualquier cosa si no había música en sus oídos. La soledad que siempre había tenido metida muy adentro la sobrellevaba mejor con los más de quinientos discos que había desperdigados por su apartamento, al igual que los traumas mal curados a los que había tenido que hacer frente sin más herramientas que aquellas canciones. Hacer la comida sin música le quitaba el hambre, ducharse en silencio era un suplicio y el sexo, bueno, el sexo ya era música en sí mismo. Podía leer cualquiera de los textos que había escrito durante los últimos quince años y decir inmediatamente qué canciones había estado escuchando durante su redacción. Y por descontado el coche era su discoteca particular. Detestaba no ya conducir con la radio apagada, lo cual le parecía inconcebible, sino hacerlo mientras era otro quien se encargara de poner las canciones; estando ella al volante, era sólo suya la decisión de qué se escuchaba y qué no. Cuando llegaba a un punto muerto en alguna historia en la que estuviera trabajando, lo único que tenía que hacer era buscar otra cosa que escuchar para que le diera nuevas ideas, un ritmo y una melodía diferentes que le indicaran el camino a seguir. Siempre acababa encontrándolo, y entonces sus dedos iban y venían a toda velocidad a lo largo de las treinta y cuatro teclas de las que se servía no sólo para escribir, sino para sentirse invencible.   

En ocasiones echaba de menos algo más de tranquilidad en su cabeza. Una vez logró calmar todo el torbellino de pensamientos que rebotaban ahí dentro como lo haría un grito en una cueva profunda e intrincada. Consiguió que lo único que ocupase un espacio prioritario en su mente fuese aquello a lo que se estuviese dedicando en cada momento. Y la sensación cuando lo hizo fue como cuando se iba la luz y el equipo de música se apagaba, dando paso a un silencio súbito que lo inundaba todo. Pareciera que incluso el tiempo y todo lo que este movía se detuviera también. Y durante una época vivió en una calma que le hizo sentirse más segura de sí misma que en todos los días de su ruidosa vida. Pudo escribir con más soltura y fue capaz de permanecer frente a la pantalla del ordenador más tiempo del que acostumbraba. Incluso pudo responder con tranquila honestidad cómo se sentía cuando le preguntaban, olvidando la incomodidad que aquella pregunta le había ocasionado siempre. Por primera vez fue capaz de desnudarse ante el mundo y el mundo no dejó de mirarla a los ojos, pues era ahí donde estaban todas las respuestas. E Irene Adler dejó paso a un trocito de Enola, comenzando a mezclar las dos vidas de lo que en realidad era una única persona jugando al escondite consigo misma. Un día colgó una fotografía suya en la red; la imagen de una mujer sonriendo con franqueza y optimismo a la cámara, mirando a los demás al otro lado de la pantalla. Y con aquel gesto se abrió más de lo que nunca hubiera imaginado a todos aquellos que habían sido testigos de las andanzas de un personaje ficticio de carne y hueso, de retratos borrosos y voz cortante que ahora se mostraba como humana. Los mensajes que antes parecían estar regados por dosis infinitas de sarcasmo e ironía ahora eran más naturales, y aunque continuó adivinándose un poso de inconformismo y crítica en muchos de los textos que iba publicando, desde luego lo hacían desde un lugar más positivo. Lo virtual y lo humano se unieron para crear un ser que traspasaba fronteras. 

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