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Triunfo sin Gloria by Diana González

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Marian consultó con su socio, más por costumbre que por dudar. Fernando, dejando el expediente sobre la mesa le preguntó

— Cuánto hace que llevas el caso.

— Seis años.

La mujer tirada en el camastro era la propia imagen del abandono, su piel cetrina le aportaba un aspecto de cincuentona magra y amargada, y le agregaba una veintena por encima de su edad cronológica. Sacudió su cabeza como atontada, intentó incorporarse.

Natalia preparaba el desayuno, Enrique entró en la cocina aún con el abrigo en la mano, Dylan detrás de aquel hombretón noble  cargando también con su abrigo y mochila, al igual que hiciera este, las acomodó en el respaldo de su silla y finalmente los tres tomaron su sitio en la pequeña mesa de la cocina.

 

—Es un caso claro de abandono. Cuál es tu duda.

— No, si no tengo. Pero quiero tu opinión. Creo que tenemos todo de nuestra parte y la puedo conseguir. Pero no quiero pecar de optimista.

 

Como todas las mañanas los diálogos rondaron el tema de las tareas, actividades, horarios, mermeladas

— Dylan, ¿terminaste el trabajo?

— Si má, ayer.  Oh, que suerte que hay mermelada de melocotón, me gusta más que la de fresa.

— Entonces Naty, vos buscas a Dylan

Ella mirando al niño que untaba su tostada con entusiasmo contestó

— Si, además te voy a ir antes porque hoy tenemos dentista.

Dylan hizo un mohín de resignación.

— Eh, muchachito, ¿Por qué pones esa cara?— dijo Enrique divertido y apurate que tenemos que pasar por la estación de servicio.

Dylan aún con la boca llena sorbió los últimos tragos de su leche, se puso su abrigo, colgó su mochila

— Ya estoy pa.

Mientra los veía subir al auto y agitaba su mano no podía dejar de pensar en el embarazo de su hermana, en la realidad abyecta y promiscua que lo vivió, un gesto de dolor contrajo su expresión.

 

Marian llegó al estudio con los párpados hinchados y una necesidad imperiosa de ingerir como poco dos litros del líquido negro, que como elixir renovador  humeaba en el office del estudio. Había sido una de tantas noches largas. La reiterada lectura de las denuncias, los requerimientos de la madre biológica y el análisis de los recursos le había llevado su tiempo y parte de sus más arduos devaneos. De cualquier manera la conclusión  sería un caso ganado y sería justicia.

 

Como pudo se sentó en el borde de la cama, al hacerlo pateó una botella vacía que rodó hasta la pata de la desvencijada silla. Se quedó absorta mirando la etiqueta de un hombre vestido de rojo y blanco en actitud marcial.

Sobre la mesa al costado de la puerta de entrada había papeles y cartas apiladas. Tirado en el suelo un sobre del Juzgado en Primera Instancia número diez  Familia, que como tantas otras cosas ella ignoraba había permanecido allí varios meses sobre la mesa y más de veinte días tirada por el suelo, con la dirección de su casa y su nombre en el destinatario: Señora Gloria Echeverría. También ignoraba que la había recibido su ex acompañante antes de irse definitivamente.

 

—— Si me lo hubieras dicho hace tres años hubiera dudado.

Pero han pasado siete, siete años. El primer abandono lo hizo cuando  tenía meses. Tienes por todos lados informes médicos. El síndrome de abstinencia sufrido por él, las secuelas en su salud. Las veces que ha abandonado sus tratamientos, sus antecedentes, hurtos, robos, sentencias.
Aquella pareja  escuchaba a Marian con la respiración contenida.

Cuando salieron del despacho se abrazaron en mitad de la calle.

 

—Todo el tiempo que su hermana y su marido se han hecho cargo de la custodia. Tampoco tengo dudas que conseguirás la adopción.

Ella lloraba desconsolada su amarga victoria.

Él  comprendía, le daba ánimos, la abrazaba fuerte, cerrando los ojos.

Sin soltarla, con su cara empapada  y en voz baja, respirando aliviado, le dijo

— Tendremos que ser fuertes y de a poco, cuando todo se termine, sin herirle, empezar a contar a Dylan su propia historia.

—Y decirle lo que ya sabe, que lo amamos con el alma.

— Con toda el alma.

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