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Cinco minutos by Awilda Castillo

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—Solo cinco minutos, aunque está consciente, debe descansar.

Se oye la voz del médico restringir las visitas del paciente, y no son sus palabras las que inquietan, sino lo que transmite su semblante.

La habitación 108 de la clínica de La Giralda. Allí ingresaron a Aníbal León hace tan solo 24 horas.

El porte impecable de Esther su mujer, es sacudido por los acontecimientos de las últimas horas. Una cena familiar con el fin de presentar un nuevo éxito, el gran proyecto en el cual participaría Aníbal. A sus 60 años con todos los logros profesionales acumulados, sigue estando en la cúspide. Su oficina de arquitectura en el centro de la ciudad es la de mayor prestigio. Un piso completo y todo su equipo en el mejor centro empresarial, también diseñado por él;  proyectos y premios ganados uno tras otro. La oficina donde todo arquitecto que recién empieza la carrera quisiera trabajar, para recibir aunque solo sea una mínima porción de las gotas que pudieran deslizarse del paraguas de este exitoso hombre.

Se oye el tintinear de las perlas que cuelgan en el brazalete de Esther, su esposa. Hace juego con el collar que lleva en su esbelto cuello, en el cual se ve que nerviosamente traga saliva de forma anormal.

Para todos los presentes, la angustia de la amante esposa es comprensible.

Decide entrar y aprovechar los cinco minutos que el Dr. Ortiz ha dicho que se puede estar con el paciente. Él no habla, aunque está consciente  permanece con un tubo en su tráquea que le permite respirar.

Entra con cuidado y cierra la puerta. El ambiente es de un inmaculado color blanco, y apenas un rayo de luz del sol entra a través de la espesa cortina.

Y ahí está Aníbal, totalmente indefenso, frágil, tan diferente a lo que de él se apreciaba en todos estos años.

Esther toma la mano izquierda de su marido, colocándose a su lado. Con sumo cuidado se acerca y besa su frente, mientras piensa que no puede ser que esté ahí, en esas condiciones… sin haber firmado el documento.

Mientras tanto en el pasillo de afuera.

—Su madre está con el ahora. —Esta información la da la jefa de enfermeras a Héctor Gabriel, el primogénito de Aníbal.

—Pero yo quiero pasar. Es mi padre, necesito verlo antes de que muera.

—Nadie ha dicho que se va a morir Sr. León

—Bueno, es igual los hospitales y la muerte, vienen juntos.

—Debe esperar que salga su madre. Solo una persona por visita y en un lapso no mayor de cinco minutos.

Aníbal abre los ojos y mira a su esposa, quiere decir algo y se da cuenta de su condición, no puede.

Esther con cuidado acaricia su frente.

—Tranquilo cariño, todo está bien. Por ahora no puedes hablar, pero ya te quitarán esto. Tienes que salir de aquí y retomar tus actividades. El Proyecto de La Nueva Ciudad, te espera.

No puede evitar al decir esto, pensar en Rubén García, el abogado de la familia, el amigo incondicional de Aníbal de toda la vida y su principal apoyo en los negocios. Aníbal no firma nada sin que Rubén lo revise y de su visto bueno. La dupla perfecta como lo han dicho tantas veces

Tan amigos, tan cercanos el uno del otro, tanto que Rubén nunca se casó, y para él los hijos de Aníbal eran también los suyos. Héctor Gabriel de 35 y Juan Ernesto de 32. Cercano también a Esther… más aún de lo que debieran.

El nunca contrajo matrimonio, porque aunque nunca lo expresó ni en el noviazgo, ni mucho menos luego en el matrimonio de los León – Cáceres, pero lo cierto es que su amor por Esther sigue igual que la primera vez que tuvo que aceptar que era amor y no amistad lo que sentía por ella.

Él es el cuidador de todos, y es quien siempre le ha dicho a Aníbal  “La Nueva Ciudad” es tuya, esperamos por ti.

Ella siempre presintió el amor de Rubén, pero no dejaron espacio para que ocurriera nada entre ambos. Aunque el amor con Aníbal, no fue tan pasional como ella lo esperaba, ya con el paso de los años se había acoplado a lo que tenían, una vida tranquila en la que brillaba por completo la profesión de su marido.

De pronto es su hijo mayor, quien entra a la habitación. Héctor Gabriel, no esperó el tiempo de los cinco minutos que había señalado la enfermera.

—¿Se va a salvar?

—Shhhh, baja la voz hijo. Él no está cómo recibir sobresaltos. Esther habla aún más bajo mientras sigue diciendo. Está consciente, pero no puede hablar.

—Hmmm ya veo, pero realmente necesito que se levante de ahí y esté bien.

La actitud de Héctor, va más allá de la de un hijo angustiado por la salud de su padre. Sus pasos van de un lado a otro en el espacio que queda entre la cama de su padre y la pared contigua.

Su madre al verlo tan alterado, se da cuenta de que algo sucede y presiente lo peor.

—¿Qué te ocurre hijo? No me digas que tú… has vuelto. ¡No puede ser Héctor!

—Cálmate mamá, deja el drama. Lo que necesito es saber que mi papá se levantara de allí y pueda firmar una garantía que necesito.

Esther pasa su mano por la frente y tratando de no perder la compostura, se acerca más a su hijo.

—¿En qué lío te has metido esta vez? Tú nos prometiste el año pasado que ya no más apuestas, y nosotros te creímos.

—Tranquila Esther, es una deuda, pero lo tengo todo bajo control. Tuve una mala racha hace un par de días, eso es todo. Su tono es despreocupado y hasta desafiante, pero la angustia en sus ojos, no concuerda con la tranquilidad que quiere transmitir.

—Está mi casa en garantía, y como no quiero que América se entere, necesito que papá sea el garante. Si ella llega a saberlo, hasta ahí me llegó el matrimonio.

Esther quiere decirle algunas cosas a su hijo, pero éste levanta sus manos en señal de que no quiere oírla y sale de la habitación.

Ella sale luego al pasillo y tropieza con Rubén.

—¡Disculpe!

— No hay problema, responde mecánicamente hasta que se da cuenta que es Esther quien acaba de tropezarle.

—Esther, Esther… ¿Qué te ocurre, cómo está Aníbal?

—Él está estable, los médicos no han dicho mucho, pero yo estoy a punto de desmayo.

Y no puede evitarlo, se apoya en el brazo de Rubén, necesita sentir que hay una tabla de salvación en medio de este mar revuelto.

De pronto las enfermeras corren hacia la habitación de Aníbal… Tres fuertes emociones que maneja esta mujer en esa clínica, en tan solo unos pocos minutos.

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