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Un turista despistado by Mel Goméz

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Peter Price había viajado medio mundo durante los años que sirvió a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Había estado en las Filipinas, Australia, Hawái, Medio Oriente y otros muchos lugares, cumpliendo con su deber patrio, allá para los 80’s. Siendo miembro del ejército de la gran nación, se sentía dueño del universo y miraba a cualquiera que no fuera de su raza como a un ser inferior. Ahora pasados los sesenta años —y después de su divorcio—, quería iniciar su soltería visitando algunos lugares que veía en anuncios de la televisión y que, por su origen, le parecían exóticos. Quién sabe y en alguno de ellos encontraría a su próxima esposa —sumisa, amorosa y buena cocinera—, con la que quería envejecer sin mucho drama. Se daba cuenta de que los años no pasaban en vano. Su cabello ralo, tanto como su inflada barriga, se lo recordaban todos los días. Pensando en ello, decidió partir a la pequeña isla de Puerto Rico, en donde hallaría a la mujer de sus sueños.

Peter tomó un avión que llegó en horas de la noche al aeropuerto de San Juan. Desde lo alto miraba las luces de los edificios de la capital con cierta sorpresa, pues no pensaba encontrar allí aquel nivel de civilización. Pensaba que los nativos vivían en chozas con pisos de barro, como en las Filipinas donde estuvo estacionado en su juventud.

Al aterrizar y salir de la nave, el aeropuerto se le hacía más grande que el de la ciudad de la que partió. Recogió el equipaje, salió a la calle y tomó el primer taxi disponible. Al llegar al hotel, intentó preguntar algo al taxista en español. El hombre lo vio tan enredado, que le preguntó en inglés en qué podía ayudarlo. Peter no podía creer que un aborigen dominara su lengua, pero se sintió lo suficientemente cómodo, como para pedirle que al día siguiente lo buscara para recorrer la isla.

—¿A dónde quiere que lo lleve? —preguntó el conductor en la mañana.

—Quiero ver toda la isla —contestó el orgulloso Peter con un mapa a escala en la mano.

—Hmmm… ¿Toda la isla?

—Sí… Es muy pequeña. Miré en la red que solo tiene cien por treinta y cinco millas.

—Ajá.

El chófer puso el taxímetro en la tarifa «especial» para viajes fuera del área metropolitana. Cuando salió de San Juan, decidió irse por la costa, que era la forma más rápida de recorrer la isla. Peter —muy molesto—, lo increpó cuestionándolo por qué tomaba la costa, si era más cerca ir en «línea recta» hasta el sur —según su mapa—, y luego cubrir los puntos cardinales.  El chófer se rio para sus adentros y se dirigió hacia el centro de la isla, donde la cordillera se traga a los turistas distraídos —y algunas veces hasta a los locales—, pudiendo alguien perderse por varias horas. «Este turista no tiene idea de para donde va» —pensó, cantando bajito, dejándose dirigir por el gringo. Después de pasar tres horas viajando por las empinadas montañas, por carreteras de apenas dos carriles —entre jaldas y riscos, y a punto de vomitar—, Peter suplicó al taxista que lo llevara lo antes posible a la costa, dispuesto a seguir por esa ruta sin chistar.

Cuando por fin salieron del laberinto isleño, Peter estaba extenuado y furioso. Pidió al chófer que lo llevara de vuelta al hotel, lo que le tomó otro par de horas. De regreso a San Juan, pidió la cuenta del taxi y la pagó disgustado, despachando con enojo al taxista. Subió a su habitación y tomó un baño. Pidió la comida al cuarto, devorándola pues no había comido nada desde el desayuno. Después de descansar un rato, decidió bajar al bar a tomar unos tragos para relajarse.

Estando en el pub, se fijó en una rubia alta, curvilínea y bien vestida. «No es lo que busco, pero, por qué no, he pasado un día terrible», —se dijo. Le pidió al barman que le hiciera llegar una bebida de su parte. La chica respondió con una sonrisa, lo que dio pie a que se le acercara. Ella también hablaba inglés. Fascinado, estuvo charlando un rato, hasta que reunió el valor para invitarla a su cuarto. Ella aceptó gustosa, lo que excitó todos sus sentidos de inmediato. No creía que se le hubiera hecho tan fácil.

Ya en la habitación —y sin mucho preámbulo—, empezó a acariciar a la hermosa mujer, cuando se encontró con una sorpresa entre sus piernas. Colérico, le dio un bofetón y le gritó al transgénero, sacándolo de un empujón. Unos minutos más tarde, la policía lo arrestaba. No había notado la voz ronca que el mujerón tenía, explicó al agente, quien después de reírse de su despiste, le dio la oportunidad de salir, si prometía irse de la isla al próximo día.

De esta manera terminaron las vacaciones de Peter, quien tan pronto llegó a los Estados Unidos, demandó por dolo a la compañía que hizo el mapa, a la hotelera y a la Policía, pues en Puerto Rico, nada de lo que parecía, era.

 

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