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¡Qué asco de cena! by Francisco Ríos

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¡Don Rigoberto Cascajales acaba de sonarse los mocos en la servilleta del restaurante!

Sí, Don Rigoberto, que jamás ha tocado una gamba con las manos, que prefiere pedir carne antes que comer pescado con cubiertos inapropiados, que jamás echó un regüeldo en el hombro de su madre cuando era un bebé, que siempre come solo por no aguantar los modales de los demás.

Y lo peor es que lo de los mocos es lo de menos: llevaba un buen rato haciendo el cerdo en la mesa… Qué digo “el cerdo”, estaba haciendo “El Cerdo”; con mayúsculas. Ya no tenía ningún sentido ser remilgado con los mocos.

La culpa la ha tenido el tomate. Bueno, el tomate y la pringosa salsa que tenía encima. Don Rigoberto estaba tan pulcro como siempre: solo, en el rincón más apartado del restaurante, traje oscuro, camisa impecablemente blanca, corbata a juego con el traje, espalda recta, antebrazos a los lados del plato; la mesa estaba limpia, la servilleta blanca y el florerito tan mono; el plato centrado, el vaso brillante.

No. Definitivamente, nada de eso ha tenido la culpa: ha sido el tomate.

Y ni siquiera los mocos. Es verdad que han llegado en mal momento, pero los pobres sólo habían hecho lo que se esperaba de ellos: escurrir ligera e irremediablemente en un momento que, forzosamente, tenía que ser inoportuno. ¿O acaso un moco que escurre ligera e irremediablemente puede ser oportuno?

El caso es que la rodaja de tomate estaba allí, agazapada bajo la lechuga, esperando su oportunidad; no se le notaban nada las intenciones. Don Rigoberto, confiado, inocente diría yo, la ha pinchado sin más intención que comérsela. Y la traidora ha aprovechado el descuido.

¡Hop, a la mesa! ¡Hop, al pantalón! Don Rigoberto que se retira precipitadamente intentando apartarse y, ¡ay!, empuja la mesa. ¡El vino! Hábilmente engancha la copa al vuelo, pero no puede evitar que se derrame sobre la mesa, la silla, el traje y hasta el brillante suelo de madera.

¡Vaya forma de guarrear!

Desesperado, Don Rigoberto lanza una rápida mirada alrededor. Es tarde, su mesa está en una zona vacía y, aunque parezca mentira, nadie se ha percatado del desastre.

¿Qué hacer? ¿Llamar al camarero y reconocer que es un cerdo? ¿Y dónde quedaría su merecida fama? ¿Dónde quedaría toda una vida de intachable pulcritud? ¡Igual hasta lo cambia de mesa delante de todos!

¡De ninguna manera! No ha sido él, ha sido el asqueroso tomate. Usará hasta el último pañuelo, pero no se enterará nadie. Primero, la mesa; ¡frota, frota! Luego, la silla; con cautela, pero con firmeza. Finalmente, el suelo; es complicado, pero con el pie y un poco de disimulo…

¡No está mal! Queda el traje, pero es oscuro y no se nota demasiado: tendrá que esperar a que el restaurante esté vacío para salir discretamente, pero se las apañará. Lo importante es que nadie se ha percatado; sólo tiene que esconder el amasijo de pañuelos, y aquí no ha pasado nada.

Don Rigoberto respira hondo. Cierra los ojos. Relax. Ya puede seguir como si nada con su entrecot a la pimienta.

Y entonces, justo entonces, cuando todo parece milagrosamente resuelto, esos inoportunos mocos escurriendo ligera e irremediablemente nariz abajo.

Don Rigoberto de pronto recuerda su infancia, solitario en el rincón del comedor del colegio mientras sus compañeros juegan y ríen a carcajadas con la boca llena, piensa en esa chica que le gustaba, que nunca comprendió la importancia del tenedor del pescado, rememora incluso el sabor amargo de los regüeldos contenidos siendo aún un bebé.

Y se levanta, toma la servilleta y, sin ningún disimulo, se suena los mocos estrepitosamente. Cuando aparta las manos de la cara, por primera vez en años, una amplia y serena sonrisa se dibuja en su rostro.

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