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Infinito by Lucas Corso

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Me dijo que lo que ella solía hacer era salir a correr temprano, que puestos a escoger prefería las ocho de la mañana a las ocho de la tarde. Me contó además que tenía por costumbre recorrer el trecho que había desde su portal hasta el mar caminando, y que una vez ahí y ya sobre tierra mojada, echaba a correr siguiendo toda la línea de la playa hasta llegar al puerto. Allí se entretenía un rato mirando barcos, soñando gente, riendo recuerdos, temiendo futuros y abrazando presentes mientras esquivaba redes de pescador tiradas sobre el asfalto seco y caliente; enredarse en una costaba un tobillo torcido y una rodilla abierta. Al acabar volvía a casa al mismo ritmo y por el mismo camino, pero menos cansada que cuando había comenzado. Y eso fue todo lo que me dijo.

A mí me pareció bien que siempre volviese, nunca está de más regresar al punto de partida para ver qué ha cambiado, si es que lo ha hecho algo. Después me preguntó cómo escribía yo, o eso quise escuchar. Fuera como fuese, se lo expliqué. Le dije que, en general, éramos muy similares: yo también solía comenzar despacio, hasta que me encontraba con otro mar, menos azul pero igual de grande. A partir de ahí también aceleraba el ritmo, cruzándome con barcos que zarpaban o se hundían, con gente que me miraba o que me (per)seguía, que iba y que venía, con recuerdos que eran sueños y con sueños que eran premoniciones que no dejaban de abrazarme. Y le dije que las redes de mis pescadores también se me enredaban entre las piernas, torciéndome el humor y abriéndome el apetito. Una vez que acababa, yo también regresaba a casa, pero muy cansado. No obstante, lo hacía siempre contento por saber que la playa era bien larga y repleta de páginas en blanco sobre las que correr. Y sabiendo que llenándolas, lo único que conseguía era que cada vez el punto de partida estuviese más lejos, aunque eso nunca hiciese que viera el final más cerca. Al contrario: la playa por la que corro mientras escribo parece infinita. No sé si algún día podré volver al punto de partida para ver mis cambios, si es que los hay. Cuando me escuchó decirlo se rió. Yo me encogí de hombros; quizá no volver ya sea un cambio en sí mismo.

 

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