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Cambio de turno By Diana González

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“Es en verdad peligroso que los seres aún no sepan que

aquello que piensan y escriben con verdadero sentimiento,

se convierte en realidad.” (Anónimo)

“La Entidad que fluctúa en la noche, y la Malignidad capaz de desafiar

al Signo Arquetípico, y la Horda que vigila el portal de cada tumba y medra

con lo que se forma en los moradores de esta, todos estos Horrores

son inferiores al que guarda el umbral.

 Al de Ése que guiará al temerario, más allá de todos los mundos,

hasta el Abismo de los devoradores innominados.”

 A través de las puertas de la llave de plata. Howard Phillips Lovecraft

En el preciso momento que Alejandra se quitaba los guantes de látex, luego de dejar con sumo cuidado en la vitrina el Arte del Bien Morir, libro que Botel publicará en su propio taller de Lérida entre  1479 a 1495, en ese preciso momento su hijo Claudio de diez años, en la puerta del edificio Calle Canuda, 19, se soltaba de la mano de su niñera y subía corriendo las escaleras. La mujer no pudo reprimir un gesto de disgusto e impaciencia y accediendo al edificio cerró la pesada puerta de hierro tras de sí.

Gracias al trabajo de su madre y su innata afición por los libros y la lectura, Claudio no era un niño corriente, había leído más libros a su corta edad que muchos hombres de treinta y aún más años.

Aurelia, una sesentona para nada simpática que debido a su viudez y unos hijos desaprensivos se veía obligada a tener que seguir trabajando a pesar de tener edad de jubilarse, se encargaba de su cuidado. La amistad de su familia con el padre de Claudio la había destinado a ser su niñera, empleo que desempeñaba con más rigor que cariño, pero que dejaba tranquilos a sus separados progenitores durante el tiempo que dedicaban a sus trabajos.

Claudio por su parte la toleraba y la hacía víctima pasiva e impaciente de sus experimentos.

Cuidar a Claudio no era un juego, su imaginación siempre al servicio de sus para nada improvisadas travesuras le hacía ansiar el tiempo que el niño iba a vivir con su padre, ya fuera Pedralbes durante algunos feriados del año o cualquier playa del mundo en vacaciones. Eso le daba a ella la tranquilidad de permanecer en su casa a su aire y no tolerar a aquella rara criatura.

Por su parte Claudio, en el último año, estaba dedicado a la lectura de lo paranormal. Y sus experimentos apuntaban a esos temas. Su cuarto disponía de una luz negra que el niño usaba a su antojo.

Un día de finales de noviembre, Aurelia despreocupada y aliviada por no tenerlo rondando por la cocina  no lo siguió hasta su cuarto. Claudio, encerrado, hacía una especie de invocación. En la calle el final de un otoño ventoso alzaba remolinos de hojas y silbaba entre edificios y árboles, despojándoles de cualquier atisbo de claridad y calidez.

Tomó el huso de rueca en sus manos y presionó con fuerza su dedo pulgar en su punta, el botón de sangre no se hizo esperar.

 

Aurelia agregó una pechuga de pollo a la sopa y tapó el robot. Dispuso los platos sobre la mesa, los cubiertos, las servilletas, los vasos y un pequeño centro de mesa con tres piñas y una vela dentro de un recipiente de cristal. La comida estaría lista y caliente para cuando llegara Alejandra. Satisfecha con su labor se decidió por ir a ver que hacía Claudio.

Abrió la puerta de la habitación a oscuras,  bajo los efectos de la luz negra sólo se veían unos reflejos blancos, en el centro de la cama de espaldas a la puerta estaba sentado Claudio en una posición yogui. Solo se veía su cabeza que estaba cubierta con una sábana blanca. Ante el espectáculo la mujer sintió un sobresalto y su respiración se entrecortó, por lo que se llevó la mano al pecho. Con una voz extraña Claudio preguntó

— ¿Eres tú, sigues aquí?

Al oírlo el corazón de Aurelia se aceleró. Casi instintivamente dio un manotazo al interruptor. La luz blanca de la lámpara en su techo iluminó la habitación, había retazos de trapos blancos esparcidos por muebles, suelo y puertas, salvo la cama, el resto de la habitación estaba en orden

— Claudio, que te dejes de tonterías. Está por venir tu madre, ordena esto y vente al comedor. — Dijo la sobresaltada mujer intentando dar un tono tolerante y calmado, sin lograrlo. Antes de salir del cuarto tomó uno de los trapos de encima del escritorio y vio que en una de sus puntas había una mancha roja. Sin darse vuelta, con la misma voz Claudio agregó.

— Hueles a rancio.

La cena  transcurrió con normalidad, antes de irse a la cama y prolongando el abrazo con su madre Claudio preguntó:

— Sabes lo que es un “Doppelgänger”.

— ¿El Doble Andante?

— En mi cuarto hay uno.

— ¿Y qué hace?

— Juega con el huso de la rueca y respira fuerte.

— Quieres que lo eche de allí.

— No, por ahora está bien.

Aurelia llevaba los trastos a la cocina preguntándose porque le había tocado en suerte esta familia tan rara. Eran capaces de mantener conversaciones descabelladas con la mayor de las naturalidades. Siempre hablaban de cosas que no lograba entender. Siempre en una especie de tono confidencial entre madre e hijo. No, el común denominador de las madres no habla así con sus hijos— pensó mientras disponía todo en el lavavajillas.

Claudio comenzó a percibir como extraños los comportamientos, tanto en su madre como en Aurelia. Sus miradas se le antojaban fijas, sin brillo, ya no había cenas y su madre había alterado su horario de trabajo. Sus sospechas lo llevaron a tomar ciertas precauciones. Insistentemente ponía por toda la casa recipientes con agua que había embotellado a hurtadillas de la pira bautismal de la Parroquia de San Jaume. Las que, invariablemente, Aurelia quitaba no sin antes proteger sus manos con  los guantes para el horno. Tenía la precaución  de trabar la puerta de su cuarto atravesando una silla, se preparaba él mismo sus desayunos, registraba sus ropas y vaciaba los bolsillos todo tipo de contenido y los quemaba, por muy inofensivos que parecieran. Esas fiestas, su padre, por asuntos de negocios no pudo llevarlo con él. Pasarían el fin de año, solos. Intentó por todos los medios comunicarse con su padre pero le fue imposible, parecía como si ahora la casa estuviera aislada del mundo exterior, a lo que se sumaba el no estar yendo a la escuela, pasaba todos los días encerrado en su cuarto, la casa guardaba un profundo y ensordecedor silencio, las cortinas permanecían siempre cerradas, sin dejar pasar ni un atisbo de luz, los ruidos menores ganaron todos los espacios, como una pequeña gotera en las canillas del fregadero, la carga de la mochila del baño, al punto que el agua, la humedad y un olor que no sabía precisar, eran casi otra presencia. Le preocupaba no escuchar los pasos de Aurelia  o su madre cuando se acercaban, no hablaban entre ellas, pero de alguna manera se entendían, se sentía perseguido por sus silentes vigilancias. Ideó un sistema con delgados hilos que sostenían hojas a su puerta, ante el menor movimiento las hojas se movían y él podía prevenir su proximidad. Se alzó levemente la hoja amarilla que estaba sobre la puerta, señal que  Aurelia o su madre se acercaban por el lado izquierdo del pasillo, temeroso y sobresaltado fue a esconderse en su armario, cuyas celosías le permitían vigilar desde dentro.

Muy a su pesar el corazón le latía desbocado. Entró su madre, caminó por toda la habitación sin buscar, actuando como un autómata, pasó un dedo por el canto de la celosía por la que estaba espiando, instintivamente retrocedió con sigilo, minimizando movimientos. Ella,  finalmente se acercó al escritorio, tomó el huso en sus manos y presionó fuerte en la punta. Los ojos de pupilas dilatadas de Claudio no daban crédito a lo que veía, no pudo gritar, le latían las sienes, en plena apnea apretó sus manos contra su pecho pero aún así no pudo calmar el pinchazo en su centro,  se erizó su piel, gotas de sudor helado rodaron por su frente, incapaz de girar para ver quien respiraba fuerte a su espalda.

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