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La muerte va de paseo by Awilda Castillo

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—¡Taxi, taxi! Grito con furia, como si nadie pudiera escucharme. En el estado en que estoy no puedo manejar, siento mi arma en su fornitura y sé que por el bien mío, debo alejarme de allí lo más rápido posible.

De las cosas que uno no espera que le sucedan ha sido esta. Llegando de viaje hoy, aún sin bajar del auto, mi equipaje y mi mujer me recibe con la sórdida imagen de estarse revolcando con otro en mi propia cama. Mi primer instinto ha sido descargar toda la munición sobre ella y su amante, pero pensándolo mejor, no vale la pena ir a prisión por alguien que no me quiere.

El taxi se detiene, ni siquiera detalló al conductor, lo que quiero es que me aleje de aquí.

—Lléveme al hotel más cercano por favor.

—El Terramun, Señor.

—Cualquiera, me da igual. Solo sáqueme de aquí.

Comenzamos a rodar y a los pocos minutos estamos frente al hotel. Nunca me han  gustado los colores de su entrada, ni esa estúpida escalera que tiene en su fachada, pero hoy aún sus grandes cerámicas azules no me resultan tan feas,  al igual que su empinada  escalera, que en estos momentos constituye el escape hacia un lugar mejor en comparación de adónde acabo de salir.

Ahora caigo en cuenta que el taxista pertenece a la línea de este hotel, que ni sabía que tenía una.

Llego a la recepción y me atiende un hombre que tiene aspecto anestesiado, como si solo se moviera por comandos externos. En fin, no le presto mucha atención, porque no me importa si su realidad es semejante o diferente a la mía, definitivamente el mundo es un caos.

Acaricio nuevamente mi arma, mientras que no puedo evitar imaginarme a mi esposa y su amante con una bala entre las cejas, muertos uno sobre el otro. Eso debería llamarse justicia.

—Su habitación es la 308, Señor. Tomo la llave y sin más avanzó por el pasillo y al pasar frente la entrada que da a la empinada escalera, me doy cuenta que sopla un viento como helado aquí, tanto, levanto el cuello de mi chaqueta y me enfurruño un poco en ella.

El botones me acompaña, pero no traigo equipaje, así que lo miro con algo de desdén. Prontamente le daré su propina y haré que desaparezca, hoy no estoy para mediar palabras con nadie. Abre la puerta de la habitación, y camina hasta el closet señalando la caja fuerte que está allí.  No le presto atención, saco el primer billete que consigo en el bolsillo de mi pantalón y se lo entrego.

—Gracias, y que nadie me moleste por favor.

—Seguro Señor. Usted descansará… en paz…

Vuelvo a sentir ese desagradable frío que experimenté allá abajo y ni siquiera he encendido el aire acondicionado. Es raro, pero no me importa,  creo que hoy me tomaré todo lo que ese mini bar tenga, a ver si logro desmayarme y no pensar en nada.  Aunque el botones ya abandonó la habitación, tengo, la impresión de que alguien me está viendo, es extraño pero empiezo a sentir la sensación de que estoy como encerrado.

Creo que mejor salgo un rato y camino por la playa que está a solo dos cuadras de aquí, quizás el aire y la brisa me despejen un poco. Si me quedo aquí encerrado, creo que soy capaz de pegarme un tiro.

Dejo el armamento en la caja fuerte y me dirijo a la puerta. Es raro, pero aunque la manilla gira, no puedo abrirla.

—Todo esto te está afectando, —me digo a modo de hacer lo posible por recuperar la calma. Siento que los latidos del corazón comienzan a acelerarse, son como demasiadas cosas el mismo día. Tanto tiempo viviendo en esta ciudad y nunca me había alojado en este hotel, y ahora que esperaba tener aquí un tiempo para alejarme del trauma que recién acabo de pasar, me toca una puerta dañada. Llamaré a recepción para que venga alguien a reparar este desastre.

—Buenas noches, soy Pedro Mijares, de la habitación 308. Por favor envíe a alguien que mi puerta no abre.

—No tenemos habitación 308, Señor. Solo tenemos 150 habitaciones. La voz femenina que me atiende, nada tiene que ver con el personaje que me atendió en recepción, es como si estuviera en otra dimensión, me imagino que hubo cambio de turno o algo así, y cuelgo. Bueno me asomaré por la ventana y veré la noche desde aquí,  mientras busco cómo resolver esto, que no sea cayendo a tiros a la puerta.

Corro la cortina y para mi sorpresa, no hay ventanas, estoy encerrado en una habitación de solo paredes y con una puerta que no abre. Mi fobia a los lugares cerrados, se empieza a mover. Ya lo había superado hace unos años, luego de cientos de visita a mi terapeuta, pero en este momento estoy comenzando a sentirme asfixiado.

Me saco la corbata y dejo la chaqueta sobre la cama, pero el hormigueo que siento sobre mi cara, me anuncia que un ataque de pánico por el encierro está por venir.

La doctora Rosales, me enseñó a respirar y es lo que haré. —Vamos Pedro, que ya estás muy viejo para la gracia, manejemos esto como ya lo hemos hecho antes. Si has podido manejar la infidelidad de tu mujer y no matarla en el acto, ¿no vas a poder con esta puerta cerrada y una habitación sin ventanas? Me digo esto, para hacer de mi lenguaje interior algo que me reanime, pero ya mis manos han empezado a temblar.

Me siento al borde de la cama y pareciera que si me corro al centro, ella sería capaz de tragarme. Borro este pensamiento y comienzo a hacer mis ejercicios de respiración. Hago la primera inhalación, lenta y profunda como me han enseñado, tengo los ojos cerrados y aunque hace frío, voy consiguiendo relajarme un poco. Todo está en la mente, y a ella es la que debo dominar.

A la octava respiración, ya estoy mejor, si se quiere tengo como algo de sueño. Mientras tenía los ojos cerrados, percibí como un olor peculiar que venía como de debajo de la cama, y empecé a sentir como el sopor  llegaba hasta mis ojos, así que voy a tumbarme entre los almohadones. Después de todo a eso vine a este lugar, a olvidarme de todo.

Ya recostado, boca arriba, decido abrir mis ojos nuevamente y me encuentro con que en el techo de la habitación, aunque es abovedado, puedo identificar que hay algo escrito. La pesadez en mis ojos y el cuerpo en general es mucha, pero hago un esfuerzo hasta incorporarme un poco. Busco un interruptor y lo consigo en una de las mesillas de noche al estilo antiguo que se encuentra a los lados, presiono el pequeño botón y efectivamente el techo se ilumina.

—¡Mañana no estarás vivo! Es lo que puedo leer escrito ahí arriba…

El terror siento que me va cubriendo, la frialdad del ambiente ahora se hace más evidente, mi corazón se agita tanto que puedo ver sus más que latidos, saltos,  por encima de mi camisa, pero no puedo moverme. Es como si el cuerpo me pesara unas 10 veces más de lo normal; miro a través de los rayos de luz de la lámpara y compruebo que efectivamente hay un  gas llenando todo el recinto.

Quiero gritar pero no puedo, estoy totalmente paralizado, es como si una de esas drogas que usan para robar a las personas hubiese entrado en mi torrente sanguíneo. Solo puedo mover mis ojos, y sentir como el sudor del miedo va mojando todo mi cuerpo.

—¡No saldré vivo de aquí! Es el pensamiento que se me repite, mientras siento  que algo se mueve a mi derecha, una de las paredes gira y la cama, empieza a hacerlo lentamente también. Es como si la habitación en sí misma fuese una gran trampa, donde el que es atrapado simplemente sufrirá y pagará con su vida.

Por segundos cierro los ojos con fuerza queriendo que todo esto fuese una pesadilla, y al abrirlos veo como sigue moviéndose la cama, esta vez hacia la oscuridad tras la pared que recientemente se removió. Siento la muerte llegar, la misma que estaba de paseo desde que salí de casa, sin saber con quién se quedaría a pasar la noche. Ahora compruebo que era conmigo.

 

Al día siguiente, la prensa local recoge la noticia: “Hallado muerto hombre de mediana en cuarto de hotel”. Se presume suicidio, aún en su mano, el arma registrada a su nombre, sin embargo su cuerpo además del disparo que descerrajó su cerebro, fue encontrado con múltiples indicios de tortura.

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