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Helado de fresa by Esteban Suarez

¡Felices fiestas!mast españa

El sol atravesaba las cortinas amarillas de aquella vieja cocina, dibujando siluetas sobre las baldosas, el calor sofocaba aquella mañana en Escobar. La abuela como cada domingo me había despertado temprano, no sabía si por mi compañía o por que le molestara que durmiera tanto, en cualquier caso a mí no me importaba, disfrutaba de ella.

—¡Es una zángana!, —despotricaba la abuela, no puedo creer que sea hija mía.

Yo la miraba extrañada, nunca supe si me hablaba a mi o era la excusa para quejarse con alguien, quizás porque ya nadie la tomaba en serio. Como cada domingo asentí  y seguí a lo mío

—Tráeme las frutillas, están la despensa, —dijo, señalando la puerta.

Rellene una bandeja con las frutillas más rojas y bonitas, acerque un pequeño taburete a la encimera y las tire en la pileta.

—Lávalas bien, dijo mirándome de reojo, no como la última vez, —se quejó.

Desde que había terminado la fiesta de la flor la abuela no había vuelto a salir de casa, se pasaba todo el día cocinando y mirando viejas novelas, a veces sola, otras veces con mi madre, siempre pensé que era el momento en el que mejor se llevaban, quizás, porque ninguna hablaba.

—¡Elsa, Elsa! dile a tu hija si me puede dejar algún cajón de verdura, se lo pagare apenas pueda, se burlaba del pedido que le había hecho la vecina. ¡Es una muerta de hambre! —despotricaba, siempre está pidiendo.

La vecina tenía cinco bocas que alimentar y si comían muchas veces era gracias a la ayuda de mi mama, mi abuela disfrutaba de la situación, la hacía sentirse importante.

—Ya están bien limpias, abuela. Dije dudando

Como era costumbre las examino una por una a una, buscando el error, disfrutaba de ese momento de poder, aunque  fuera con una niña de siete años.Tu madre lo hacía peor a tu edad, dijo intentado alagarme, era señal de un trabajo bien hecho.

— Ahora tráeme la leche de la heladera, intenta no derramarla.

Desde que recordaba mi abuela siempre vestía igual, con su delantal azul a cuadros, sus rulos impecables, los labios pintados y sus enormes tobillos como macetas, Muy diferente a las abuelas de mis amigas siempre dispuestas y cariñosas. Tome el sachet con suma precaución y lo vertí en el cuenco de metal. Una cálida briza entro por la ventana, el olor  a tierra seca veraniega me reconforto.

—¿Cómo puede ser que sea hija mía?,  tu tía es una atorrante, ya hablare con ella cuando tenga la oportunidad. ¡Me va a escuchar!

Yo no estaba muy segura pero algo había sucedido, todo estaba muy tenso, más de lo habitual, papa llevaba días sin venir y mama desde hace unos días estaba muy triste.

—Recuerda Soledad, el secreto de la clara punto de nieve está en el bol, tiene que ser de metal y bien frio, sobre todo que este bien frio.

Yo seguía a lo mío, aunque mi mama me lo había prohibido, mi abuela me permitía cortar con el cuchillo grande.

—Como te hagas daño y tu mama me regañe, te vas a enterar. Repetía.

Era mucha presión, pero me gustaba, me hacia sentir mayor, realizaba cada corte como un cirujano experto y las acomodaba prolijamente en la bandeja. Luego le vertía la leche y esperaba que la abuela la batiese.

Mi abuela le había pedido a mi mama que me cociera un delantal igual al suyo, odiaba que me ensuciara, creo que se olvidaba que aún era una niña. —Yo lo sabía desde hace semanas, a mí no se me escapa nada en esta casa, ¿porque no le dije nada? ¿Qué le voy a decir? Si tu mama sabe cómo es su hermana. —Se contestaba mi abuela. Échale un poco de azúcar a las frutillas, pero no te pases que después no se pueden comer, —agregó encendida, acomodo bien el bol y continúo batiendo la nata. ¿Y que esperaba tu mama? Si tu tía siempre fue una envidiosa, quiso siempre lo que ella tenía. ¿Te pensas que es la primera vez que pasa esto? No querida, tu tía siempre fue una zángana.

Yo asentía con la cabeza, sin tener idea que estaba hablando. Pasamos la mañana cocinando, aquel verano todo cambiaria, quizás por eso lo recordaba tanto. Esa fue la última vez que compartía una receta con mi abuela, semanas después no fuimos a vivir a Pinamar. Mi papa tiempo después volvió con nosotros, pero la historia tenia fecha de caducidad. ¿Y mi tía? Nunca más supimos de ella.

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