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Sin reproches by Diana González

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Matías tiene sesenta y cinco años, se ha procurado  una buena jubilación y gracias al gimnasio y la bicicleta luce un excelente porte, eso y su dinamismo lo hacen gozar de cierta popularidad entre sus amistades de ambos sexos y ser el preferido del sexo opuesto.

Ensimismado en la soledad  impuesta por un estado civil sin renovar se dice a sí mismo que no es justo, ni  suficiente.

Va hasta el balcón. Se entretiene mirando la calle, los autos, las luces, los adornos de las fiestas. Suena el móvil  que ha dejado sobre la mesa. Toma su abrigo del respaldo de la silla y cerrando la puerta de su casa mira quien llama,  atiende, es Mariana,

— Hola papá, no te olvides que hoy es la fiesta de Marc, en media hora.

—  Tranquila, ya estaba saliendo.

Él también tuvo aquellos apuros de horarios, trabajo y poco tiempo para las fiestas de los colegios. Él también llamaba a sus viejos. Sonríe de costado, como siempre que tiene algo que reprocharse, como cuando no está de acuerdo, como lo hizo cuando la vida le dio el revés de dejarlo solo demasiado pronto.

Llegó al colegio y acostumbrado, después de saludar a varios padres y un par de maestros dio con el salón de actos, se acomodó a un costado y miró en dirección al telón cerrado, justo en el momento que una mano pequeña apareció entre el cortinado haciendo señas y levantando el pulgar, era la señal, Marc ya sabía que estaba allí. Sonrió abiertamente.

Los actos de las escuelas siempre tienen ese toque de inocencia, ensayo y error. Y este no fue distinto. Hubo bailes, representaciones, canciones y escenas en las que los padres se abalanzaron hacia el escenario, cada uno provisto de su móvil con el fin de captar la maravillas que estaban haciendo sus niños.  Matías hubiera hecho lo mismo si en alguno de estos actos hubiera aparecido Marc, pero no fue así, cosa que empezó a generarle cierta incertidumbre.

Estaba pensando justamente en eso cuando todos aplaudían la última actuación, se cerraba el telón y la directora se ubicaba en el proscenio  con un micrófono en la mano.

La mujer madura, elegante y sonriente, con una voz educada y agradable explicó que habían dejado para el final un experimento. Que el Taller de teatro  del colegio había programado con cinco alumnos voluntarios un juego de reconocimiento  y dicho esto procedió a dar los nombres de los alumnos a fin que sus familiares subieran al escenario.

A pesar de suponerlo, cuando la mujer pronunció el nombre de Marc, Matías sintió un sobresalto que usó de impulso para ponerse en pie y llegar a la escalerilla del escenario. Luego de pedir un minuto de atención para los malabaristas de cuarto grado, los familiares de los cinco niños se adentraron  detrás del telón, siguiendo  a la directora. La pedagoga se acercó al grupo y explicó  que esta actividad no se había comunicado para que ningún familiar apelara a ningún tipo de distintivo, que los niños entrarían al escenario con los ojos vendados  y que entre cinco personas del mismo sexo deberían distinguir a su familiar, que les habían explicado que era un juego y que no había ni ganadores ni perdedores. Todos asintieron, las mujeres se veían más seguras que los hombres. Matías dudaba que Marc pudiera reconocerlo, lamentó no haber traído el reloj con el siempre jugaba ni nada que pudiera hacer que Marc lo distinguiera, lo diferenciara de los otros seres sobre la tierra.

Tampoco entendía por qué él, de pronto, se preocupaba tanto. Pensaba que si  al  menos se hubiera puesto el perfume que le había regalado Mariana y que él le ponía a Marc cada vez que iba a verlo, quizá hubiera tenido alguna posibilidad.

Les dieron el orden de salida, le tocó el último.

Los familiares saldrían por el lado derecho y los niños por el lado izquierdo, no habría hasta ese momento ningún contacto entre ellos.

La primera en salir al escenario fue una mamá, en tanto su hija lo hacía por el lado contrario  con los ojos vendados y de la mano de una maestra que antes de dejarla enfrentada a las cinco mujeres entre las que estaba su madre le hacía girar varias veces para perder toda orientación. La niña un poco a los tumbos llegó hasta la segunda mujer, luego a la tercera, volvió hacia la primera y repitió hasta que abrazó a la quinta, que efectivamente era su madre.

Así fueron saliendo todos, todos  y cada uno acertaron con su padre o su madre, con cierto temor comprobó que además de él solo  había una abuela que también había sido reconocida, sentía un  incómodo desasosiego hasta que una maestra por señas le indicó su turno y lo invitó. Era el turno de Marc y Matías.

A Matías le temblaban un poco las rodillas, se preguntaba porque sentía aquello.

Uno no debiera esperar  reconocimiento, ni premios, ni recompensas, pero es mentira, uno espera casi desesperadamente que lo quieran, que lo estimen, que lo necesiten, Que noten su ausencia, que lo reconozcan. Pensaba mientras Marc giraba ayudado por la maestra.

Sin equilibrio sus pensamientos saltaban de porqué no habría cantado Marc una canción como los demás niños, a qué pasaría si se equivocaba, si no lo encontraba. Se preguntaba si esperaba tanta recompensa por enseñarle a cocinar paella. O por las veces que jugaban a la play o iban al cine.

Se preguntaba si la mirada de la directora era de reproche, sorpresa o que.

No podía evitar cierto arrepentimiento, se repetía que tendría que haber venido Mariana, iba a hablar con Mariana.

Lo pusieron en cuarta posición,

Mariana le había tenido paciencia. Pasó la adolescencia tironeando de él. Sin darse cuenta los había unido la ausencia inesperada de una madre que se fue demasiado pronto. Luego lo había perdonado.

Eso sentía ahora, lo mismo que sintió cuando sus padres crecieron. Uno empieza educando hijos y termina criando padres.

Demasiado dolor.  También, dejó a Mariana muy sola. Ya no sabía precisar si aquel abandono no había sido por su propio egoísmo, por ocultarle el magno dolor y la terrible ausencia que como una amputación lo hostigaba a diario.

Ya fuera su egoísmo o error Mariana se había convertido en una mujer fuerte.

Y seguramente, por como era su relación ahora, lo había perdonado— ¡Y un cuerno! — Pensó,   quizá se mereciera que Marc no le reconociera,

 

Marc medio mareado llegó al primer hombre de la fila, tocó sus manos, le pidió que se agachara y tocó su pelo, su cara.

Matías se arrepentía de haberse cortado la barba y tener casi el mismo corte de pelo que el primero y el cuarto. Luego se dió cuenta que era aún  peor, ninguno tenía barba y todos casi el mismo corte de pelo.

Marc hizo la misma operación con los cinco, Matías tenía un nudo en la garganta. Estaba firme como si estuviera en un cuartel, sentía que todo le ardía.

Marc  volvió sobre sus pasos y, con  los ojos vendados, sin un atisbo de duda, decidido y triunfal se abrazó a sus piernas. Lo alzó, lo abrazó fuerte, seguro, le quitó las vendas, no escuchaba las risas ni los aplausos de la sala ni a nadie más que no fuera aquel niño que reía entre sus brazos.

Su amor le alcanzaba, le sanaba la soledad del alma. Su inocencia de cachorro lo indultaba.

También entre lágrimas vio cómo sonriente aplaudía la directora entre los bastidores de la izquierda. No, no lo había mirado con reproche.

 

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