Sin categoría

User Experience by Francisco Ríos

 

Hora: 18:45. Lugar: Plaza de Alonso Martínez. Madrid. Sede de EntradaFacil.es

Al empujar la puerta de entrada, lo primero que vio el policía fue a la recepcionista echada sobre el mostrador. Por la extraña postura del cuello, supuso que estaba muerta (bueno, por la posición del cuello y porque la sangre aún le escurría de la boca).

Aterrado, hizo señas a su compañero mientras le quitaba el seguro a su USP de 9mm reglamentaria, y ambos avanzaron cautelosamente hacia el interior. Abrieron la puerta de la oficina, echaron un vistazo rápido y entraron de un salto cubriéndose mutuamente.

En la mesa de la derecha, un amasijo de lo que fuera una pantalla, restos de teclado y varias placas de circuito impreso manchadas de sangre. Al apartarlo, las cuencas vacías del encargado de administración mirando a la nada. Quisieron retirar la placa madre junto a su cuello para comprobar el pulso. No pudo ser; lo impedía el procesador Intel Core i7 de última generación clavado profundamente en la yugular.

En la mesa de enfrente, la responsable de diseño. Por el cable del teclado, fuertemente enrollado alrededor del cuello, los policías pensaron que seguramente también estaría muerta; el Seagate de cuatro teras empotrado en el occipital disipó cualquier duda. Junto a su boca, varias teclas de plástico dispersas junto con algunas piezas dentales sanguinolentas.

En el centro de la sala, los restos de la Canon Gran Formato iPF6000S con el equipo de programadores debajo. Contaron cinco pies, así que supusieron que, al menos, habría tres personas. Las tintas de colores mezcladas con la sangre y los sesos formaban un pastiche multicolor gelatinoso y resbaladizo que impregnaba buena parte del suelo.

Un rastro salpicado de restos de máquinas y pedazos de cuerpo difíciles de clasificar, marcaba el camino de la cocina. Los policías lo siguieron lentamente observando incredulos a su alrededor y abrieron la puerta con cuidado.

Y allí lo encontraron.

De frente, sentado en el suelo con las piernas abiertas, cubierto de sangre y tintas de colores, y con los restos de un teclado en una mano. Un aiFon a medio masticar asomaba por la comisura de sus labios.

Cuando entraron, simplemente los miró con semblante sereno y levantó la mano derecha haciendo el signo de la victoria.

 

Hora y media antes…

…Tipo de documento, número, tratamiento, nombre, apellidos, calle, número, piso, país, ciudad, provincia, código postal, fecha de nacimiento, teléfono, teléfono móvil, correo electrónico, correo electrónico otra vez, nombre y teléfono de contacto en caso de emergencia. Contraseña —MecagüenlaHostiaPuta01—, contraseña otra vez, tipo y número de tarjeta.

“Y sí, a mi pesar, acepto vuestras repugnantes condiciones generales, que no pienso leer. Y no, no quiero una puta factura, ni tampoco vuestra mierda de ofertas especiales”.

Inclinado sobre el aiFon, despachurró su dedo sobre la palabra “enviar” por decimoquinta vez.

Y por decimoquinta vez, un pequeño reloj de arena salió en la pantalla.

Y por decimoquinta vez, al cabo de seis minutos largos como días, el odiado mensaje de color rojo (el mismo color que se estaba acumulando en sus ojos, por cierto): “algunos campos son incorrectos, corríjalos y vuelva a intentarlo”.

El aiFon crujió tanto como sus dientes cuando su dedo presionó sobre la pequeña aspa arriba a la derecha.

Como en las anteriores ocasiones, la aplicación borró todos los datos y saltó de nuevo a la pantalla de inicio, pero esta vez, en el centro de la imagen, un gran cartel: “Localidades Agotadas”.

Furia. Frustración. Llanto amargo. ¡No podía ser! ¡Y todo por la puta aplicación! Más que deslizar, arañaba con el dedo la superficie arriba y abajo buscando una alternativa.

Y con los sentidos aguzados por el odio, de repente la vio. Con letra muy pequeñita, escrita abajo en trazo gris muy fino sobre negro; sin duda, intentando pasar desapercibida: “EntradaFacil.es – Plaza de Alonso Martínez. Madrid”. ¡Justo al lado!

Rechinando los dientes, se levantó con la boca hecha agua de placer. La más perversa de las sonrisas se dibujaba en su rostro.

1 reply »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s