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Amor antiguo y mudo by Awilda Castillo

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El calor de hoy es insoportable y mientras me abro paso en medio de la gente, oigo que empieza a sonar entre los múltiples sonidos  de este boulevard un himno que me remonta a mi niñez.

Era el que usaban los maestros que se graduaban por un sistema llamado “mejoramiento” tan sólo una pequeña estrofa fue suficiente para que en mi se avivaran todos esos recuerdos.

Allí en ese sistema de estudio denominado “Mejoramiento Profesional”  asistía mi mamá, queriendo recuperar el tiempo que no había podido aprovechar debido a una madre sobreprotectora que no la dejó estudiar a nivel superior en su momento y a un marido, que por mujeriego y con la perspectiva de medir las situaciones de la vida, por la vara que el mismo usaba, prohibía a su propia mujer que hiciera algo más que ocuparse de la casa y de los hijos. Su lugar estaba dentro del hogar, nunca fuera, donde estaba el peligro.

El argumento era el mismo que hasta el día de hoy se esgrime:

—¿Para qué vas a trabajar, si yo te lo doy todo? Cosa que no llenaba el corazón de una mujer en ese tiempo, y mucho menos en este.

 

Viviana, siempre fue bella y jovial. Mientras veía de niña y hasta ahora las fotografías de su matrimonio, siempre pensé:

—Que me disculpe mi padre, pero, ¿en qué estaba pensando mamá cuando decidió casarse con él?

 

Ella una muñeca de porcelana, bella y joven. Su piel como la de Blancanieves y su pelo negro como el azabache a base de tintes, casi usados de la juventud temprana, para esconder los hermosos mechones rojizos que tenía naturalmente. Ella fue la  niña que no dejaban ir sola a ninguna parte; ni fiestas ni reuniones eran parte de su agenda. Por eso, me sorprendía notablemente que quién le acompañaba en la foto de su boda, mi padre; era un hombre como dos cabezas más en altura que ella, y más de dos décadas en edad también. Sin decir, que si ella es blanca como la luna él era tan oscuro como la noche. Los contrastes puros.

A decir verdad, cualquiera que los vio casarse, no pensaría nunca que a una mujer así, alguien quisiera serle infiel, pero no fue lo que ocurrió, los cuentos de hadas, definitivamente no existen y los sapos aunque sean besados por princesas, se quedan en sapos.

Al principio el matrimonio se vio marcado por unos embarazos que no “cuajaban” y como siempre en esa época, la culpa era de la mujer. El hombre que también participaba en el acto de la procreación, no se consideraba responsable de que la vida finalmente no se formara.  Eso era culpa de la mujer, y era algo con lo que ella tenía que cargar. Así que hizo todo lo posible e imposible para concebir y lo logró.

Al cabo de ocho años, tuvo seis embarazos; tres de los cuales terminaron en pérdidas y tres que con menos tiempo de lo habitual, lograron llevarse a término. Su vida entonces se convirtió en ser madre de tres niñas que se llevaban tan solo cuatro años de diferencia desde la mayor a la menor. Cada vez más lejos de sus sueños de ser enfermera, de poder servir a las personas a través de esa profesión, se limitó a realizar su tarea de madre con alegría.

 

Mi madre, fue cumpliendo su papel de la mejor manera, guardando para ella misma sus inconformidades y preguntas, mientras que mi padre seguía con su vida. Pero como en la vida nada es definitivo o estable para siempre, la muerte le sorprendió a él, en unos días festivos de carnaval, y lo que pudo haber terminado en un divorcio seguro en pocos años, terminó en un velorio y posterior entierro, así de forma inesperada, ella, Viviana pasó de ser una señora casada a una joven viuda de apenas treinta años.

Sin excusas y en esa nueva situación, más bien con la necesidad de trabajar, empezó a hacer suplencias a la vez que ingresó a la escuela normal y al graduarse de normalista, consiguió su primera plaza como maestra titular. No se detuvo en el aprendizaje, así que continuó hasta obtener el  título de Licenciada  en Educación, con una mención en artes plásticas y cuando iban a graduarse, ella y sus compañeros, entonaron ese mismo canto que ahora escuchaba en medio del bullicio de una ciudad caótica. Nunca supe de dónde salió esa música y al día de hoy ya no estoy segura si fui yo misma quien la entonó ese día, solo sé que al escuchar esa pequeña estrofa mi mente voló, a aquellos tiempos  y como una peli antigua, pude recorrer de la mano de mi madre, los años subsiguientes.

Logró salir adelante, comenzó a trabajar como Maestra, ya que si no era enfermera, ser educadora también era una forma de servir a los necesitados, a esos que no les había sido dado el que le resplandecieran las letras para poder leer y escribir. Así que daba clases en el área rural en las afueras de la ciudad donde crecí, allí en un amplio salón y unos 45 alumnos más o menos, estaban juntos los tres primeros grados de primaria y ella los atendía a todos.

Yo con cuatro años, acompañándola al aula, por no querer estar sola luego de la muerte de mi padre, aprendí a leer más rápido que los muchachos que asistían para tal fin, diariamente  aquella singular escuelita. Debido a eso, cuando ingresé al preescolar, ya escribía y leía mucho más que cualquiera de mis compañeros. Nadie dirigió el conocimiento o la instrucción para mí, pero yo los tomé e hice míos. Eso sería una premonición de lo que se daría como una constante en mi vida, eso de “pescar”  algo que no había sido dedicado para  mí, pero que al conseguirlo y hacerlo mío, me había abierto los ojos de los sentidos. Eso me pasó y pasa todavía. A veces lo que nadie quiere realmente, resulta su más grande tesoro para otro.

Ella se realizó siendo maestra, era la “viuda” más bonita que cualquier pudiera haber visto.  Muchos quisieron hacerle cortejo pero ella solo se enfocaba en su trabajo y su familia. Sin embargo, ante todas esas opciones, hizo lo que resulta típico a veces en las mujeres, y es que terminamos optando por las peores. Hubo alguien que se acercó a ella bastante, diría yo que a distancias que en aquellos momentos pasaban por desapercibida en mi caso, pero que hoy sabiendo las cosas que ocurren entre hombres y mujeres cuando tienen tanto contacto e intereses comunes, puedo entender entonces  la tristeza que alguna vez vi en sus ojos y el comentario que le hizo a aquel hombre antes de verlo salir de mi casa para no volver  ver a visitarnos nunca más. Todavía recuerdo aquel día en el que  mientras atravesaban el largo y estrecho camino de cemento que había entre el amplio porche que se unía al garage  y la pequeña puerta en hierro negro que daba entrada al extenso jardín, pude escuchar sin mucho esfuerzo lo que ella le dejó caer como una sentencia. Pude escuchar porque estaban escuchar  sentada en el suelo con uno de los libros que leía para aquella época “Cumbres borrascosas” y ninguno de los dos se percató de que yo estaba ahí, tan invisible como el autor del libro que tenía entre mis manos.

—Eres basura, como el papel higiénico luego que ya ha sido usado.  Fueron sus palabras para Pablo, así se llamaba ese, por quien muchas veces la vi reír, no solo a través de una carcajada sino por el brillo que podía brotar por sus ojos. Con el paso del tiempo entendí también porque no prosperó aquello. Pablo estaba casado, y creo que era suficientemente descarado como para querer poner a mi madre en semejante situación incómoda, la que ella no aceptó, al menos no  por mucho tiempo.

Después vi aparecer a otro hombre en la vida de mi ella; el elegante y caballeroso Juvenal. Su voz resonaba con dulzura cada vez que le mientras la veía, se hablaban. A veces me parecía que era como ver una escena romántica de aquella serie infantil mexicana que hasta el día de hoy todavía rueda en la tele, como es “El Chavo”. Era curioso todo aquello, porque fueron vecinos en la casa antigua donde vivimos mientras mi padre estaba vivo, pero nunca se acercó a mi madre en ese tiempo. Él fue el hombre más atento que vi con ella, y creo que por muchos años no vi a alguien más tratar con tanto esmero a una mujer, que a ese señor.

Pero la vida es complicada. Mis dos hermanas se turnaron con el paso de los años en hacer que ninguna relación amorosa prosperara para mi mamá. Siempre hubo algo que hacían, desplantes, malas caras y rabietas de adolescentes, que todo terminaba por acabarse mucho antes de comenzar. Así que Viviana, fue muy poco lo que vivió de esos días de amor. Juvenal cómo era de esperar, también estaba casado y aunque tuvo ganas como de dejarlo todo por ella, mi madre no lo acepto. Prefirió retirarse y dejar su amor totalmente callado.

Todavía en estos tiempos la miro, y la belleza no se ha ido de sus rasgos a pesar de los años, y puedo descubrir  también una sutil tristeza en sus ojos color miel, y aunque no me atrevo a preguntar llego a pensar que eso se debe a sus amores callados.

Hoy, que ya he crecido y se cómo son, la comprendo y no puedo más que abrazarla cuando la veo.

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