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Adelanto Editorial de Fleming: El nacimiento de un Imperio

portada

En Fleming Editorial adelantamos un capítulo de su nuevo libro que editaremos y presentará en Sant Jordi: Esteban Suarez. Una novela histórica situada en La Galia y la relación entre un centurión romano y una mujer gala.

–j re crivello

 

XXVIII Un castigo ejemplar

 

La puerta se abrió de repente, levantando una gran polvareda, los tres reclusos se sobresaltaron, aún estaban un poco aturdidos por el sueño los que habían podido dormir algo en la noche. Una docena de soldados se abalanzaron sobre los prisioneros de mala manera, Acacius intento anteponerse entre ellos y Galicana pero un puñetazo en el estómago lo hizo caer de rodillas; los guardias sin poco miramientos los sujetaron bruscamente para colocarle los grilletes, Claudius el guardia se abalanzo sobre uno de los captores derribándolo de un cabezazo en la sien, de inmediato salto sobre otro guardia y con un par de puñetazos lo hizo retroceder hacia la puerta sin darle tiempo a desenfundar, los demás esta vez fueron más rápidos haciéndole retroceder contra el muro con una lluvia de patadas y puñetazos, Claudius no se amedrento y continuo batallando hasta que un garrotazo en la cabeza lo hizo desfallecer. Los tres prisioneros estaban boca abajo inmovilizados habían intentado defenderse, pero la superioridad de los legionarios pudo más. El soldado regordete que había recibido el primer cabezazo se abalanzo sobre el guardia que aún no se había espabilado y comenzó a patearle la sien causándole numerosos cortes en el rostro y espalda, Claudio se removía intentando zafarse, pero la presión de los soldados se lo impedían. Galicana por primera vez en su vida se reprimió, permanecía sentada en la cama de cemento mirando la pared inmovilizada por el pánico, se sentía débil y cansada, en otro momento hubiesen tenido que poner todo su esfuerzo para reducirla, esta vez no, callada en el camastro, mirando absorta se había rendido. El mayor de los legionarios que hasta el momento se había mantenido al margen, dio la orden y sus hombres arrastraron los prisioneros hasta el exterior dejando un reguero de sangre.

La luz del día le obligó a cerrar los ojos, dos guardias lo arrastraban de los brazos haciéndole crujir los huesos, Acacius no se inmuto, la idea de confesar y pedir clemencia ahora no le parecía tan buena, quería poner fin al sufrimiento, al dolor físico y a la tristeza que arrastraba desde hacía años; el recuerdo de sus hijos y su mujer le dio paz, no tenía miedo quería una muerte rápida y poder descansar de una vez por todas. Galicana en cambio caminaba a paso lento sujetada por un solo guardia que de vez en cuando le deba un empujón para que se diera prisa, la gigantona gala era una sombra de lo que había sido, había aceptado su final de una manera más cobarde de lo que se hubiese nunca imaginado,  se frenó durante un instante cerro lo ojos y miro al sol, quería sentir su calidez una vez más, la idea de haber ayudado a Alana le saco un mueca en forma de sonrisa, ahora se sentía mejor, el guardia cansado de tanta demora le volvió a empujar de manera más brusca, Galicana se giró lentamente y con una mirada fulminante, le dijo:

—He aceptado mi destino malnacido, pero como me vuelvas a empujar te arrancare los ojos con mis propios dientes, el soldado el ver la cara de ira de la tabernera, opto por señalarle el camino con un gesto calmo para que reprendiera la marcha.

 

 

Alana se remango la falda y se sentó sobre una roca, sumergió los pies en el agua y un escalofrió le recorrió el cuerpo, era agua de deshielo y a pesar del calor estaba realmente fría, se quitó una cinta que llevaba atada en la muñeca y se ató el cabello, comenzaba a hacer calor, las gotas de sudor caían por su cuello y le mojaban su gran cabellera rojiza. Una sonrisa se le dibujo en el rostro, volvía a estar con Breogan después de tanto tiempo, el joven se zambullía en el arroyo como un pez, estaba contento, después del cautiverio, disfrutaba de su libertad y el pequeño placer de nadar que le volvía a dar la vida. Se acercó buceando hasta Alana, trepo unas rocas y se volvió a zambullir de cabeza. Alana permaneció un rato mirándolo, estaba desnudo. ¡Como había cambiado en todo ese tiempo!, ya no era un niño, el cautiverio lo había hecho madurar, el pequeño que cada noche dormía abrazado a ella ahora era un joven, había crecido y las cicatrices de su sufrimiento lo habían marcado. Alana alzo la vista en busca de una ruta propicia, tenía prisa por seguir, pero el hecho de ver disfrutar a su hermano hacia que se lo tomara con más tranquilidad, al final y al cabo se lo merecía. Un destello en una colina cercana le llamo la atención, Alana se froto los ojos y volvió a mirar detenidamente, algo brillaba entre los arbustos, pero un movimiento rápido lo hizo desaparecer, algo no iba bien, se acercó a su bolsa y cogió el cofre que le había dado Galicana, lo abrió y el bronce de la tapa le sirvió de espejo, intentaba mirar si fijar la vista en el arbusto, sus sospechas se hicieron realidad, a través del metal una silueta volvía a emerger de entre las ramas confiado en que la joven no miraba directamente hacia él, Alana ahora tuvo la certeza alguien los estaba espiando. Trago saliva nerviosa, si huía se abalanzaría sobre ellos, tenía una sola opción, seguir y escaparse cuando menos se lo esperaban. Le hizo una señal y Breogan se acercó, con todo el disimulo posible, con una gran sonrisa le invito a que no mirara, las cosas volvían a cambiar una vez más, otra vez estaban en peligro. ¿Quién era? —Se preguntó, la esperanza de conseguir la ansiada libertad volvía a estar comprometida.

 

El guía de Olix desmonto de su caballo de un salto, el capitán se lo quedo mirando, había partido hacia muy poco y ya estaba de vuelta, tenía la ropa y el cabello enfangado, las gotas de barro aun caían de su larga cabellera, se acercó al general y le saludo con un gesto austero. Olix le hizo una señal para que informara, el soldado repitió las mismas palabras que una hora antes.

—Están aun en el arroyo y creo que se quedaran un rato mas, —dijo secamente, estaba agotado y hambriento, quería descansar, llevaba varios días tras la pista de Alana, una vez encontrados la tarea de no perderlos era sumamente fácil, aun así, Olix insistía en que le siga la pista a toda hora, y esto al explorador no le gustaba en absoluto, él era el mejor y todos lo sabían. El capitán lo miro con desprecio, sabía lo que pensaba y no le gustaba en absoluto, si no fuese porque lo necesitaba lo hubiese azotado, lo miro de arriba abajo y dándole la espalda le ordeno que regresara al puesto de vigilancia; el rastreador cansado asintió a desgana, era un orden a la que no se podía negar, bajo la cabeza, salto sobre el caballo y volvió al punto elevado de donde podía observar con más precisión.

El sol estaba en su cenit, el rastreador saco una ampolla con agua y bebió intensamente, se mojó el cabello dejando un reguero de fango chorreando por la espalda, no había comido nada en todo el día y estaba exhausto. Cogío un trozo de queso de la montura y se lo guardo entre la ropa, se acercó gateando hasta el borde del precipicio para no llamar la atención y se recostó en la hierba húmeda. Un enjambre de avispas le revoloteaba por el rostro, intento espantarlo con la mano, pero solo logro llamar más su atención, respiro hondo rendido, nada podía hacer, desde allí se veía a la perfección y alejarse no era una opción, intento ignorarlas con la esperanza que se cansaran, pero no fue así. Recostado boca abajo y sin moverse pasaron los minutos, cerró los ojos un instante para descansar la vista, el sol golpeaba directamente sobre él, pero la cantidad de avispas que le rondaban por la cabeza hacían que fuera una misión imposible, opto por espabilarse e intentar comer algo, saco el queso de entre la ropa y con el cuchillo que llevaba en la cintura lo troceo en pedazos pequeños, no era mucho, pero lo suficiente para entretenerse durante un rato. El calor golpeaba con fuerza haciéndole transpirar en demasía, los árboles que lo rodeaban ya no le hacían de escudo, se secó el sudor con el brazo y pincho un trozo de queso y se lo puso en la boca. Permaneció un instante contemplando a Alana, desde la distancia su belleza no disminuía, el rastreador la miro orgulloso, a pesar de todo era una mujer de su tribu y cualquier hombre que se respetase valoraba sus guerreras.

Alana permanecía con los pies en el agua fría , se había recogido el pelo con una coleta, el contraste de su tez blanca con el rojizo de su cabellera resaltaban  como una fresa en la nieve, el soldado volvió a pinchar un queso, cuando alzo la vista nuevamente la joven lo estaba mirando cubriéndose la vista con el antebrazo, algo no iba bien, el destello del sol sobre el cuchillo lo había delatado, automáticamente lo soltó y rodo sobre si mismo alejándose del precipicio, con tan mala fortuna que impacto sobre el panal de avispas que estaba caído, provocando una nube de insectos que se ensañaron con él, a pesar de los numerosos picotazos, mantuvo la calma y alejándose lentamente del lugar, volvió a asomarse para verificar si realmente lo habían descubierto. Alana continuaba sentada en el mismo lugar, llevaba un cofre en la mano, esta vez no mira le daba la espalda, el guía se sintio satisfecho, por lo movimientos calmos y la sonrisa en el rostro no lo había descubierto, por lo menos eso era lo que pensaba. Cogió un poco de barro y se lo desparramo por el rostro, con la esperanza de que el ardor disminuyera, tenía tantas picaduras en el cuerpo que pensó que se moría, aun así, no abandono el puesto, ya conocía el ardor del acero en su cuerpo y comparado con ese picazón era un placer. Volvió a mirar al cielo, el revoleo de las aves, anunciaba que se habían puesto en marcha nuevamente, solo en ese instante opto por regresar al campamento, bajo las miradas atónitas de sus compañeros al verlo regresar con el rostro hinchado y lleno de fango.

 

 

 

Quinto Fabio, regreso al campamento al galope, la escena que se encontró le destrozo por dentro, se froto los ojos y volvió a mirar como si de esa forma su visión desaparecería. Desmonto de un salto y a paso firme y rostro serio se dirigió hacia los soldados que infringían el castigo. Una muchedumbre de legionarios se arremolinaba frente a los prisioneros, al ver llegar al centurión se fueron abriendo paso, saludando con respeto, la cara de Quinto Fabio lo decía todo.

—¡Alto!, grito al centurión, el Optio encargado de los azotes, se detuvo de inmediato, El centurión lo cogió del brazo y le quito el Flagrum, arrojándolo a pocos metros, este se acercó al rostro del centurión desafiante ante tal humillación, pero Quinto Fabio lo aparto de un empujón, haciéndole caer al suelo.

La escena era desoladora, los tres prisioneros estaban desnudos, habían sido atados a unos postes con los brazos estirados en alto. El guardia era el primero de los tres, seguido por Acacius y por la tabernera. Quinto Fabio permanecía mirando la escena pasmado, habían recibido numerosos latigazos, tantos que la piel se le desprendía de la carne como se despelleja una liebre, a su alrededor un reguero de sangre que comenzaba en la nuca y descendía hasta los pies formando una aureola. El centurión se centró en el guardia, que por el aspecto era el más castigado, había llegado al máximo de lo soportable, prácticamente estaba inconsciente, la cabeza le colgaba moviéndose solo por el movimiento agitado de su pecho.

—¡Detengan esto de inmediato!, —grito el centurión. ¡Qué sucede aquí!, pregunto a los gritos, se sentía muy mal, por su culpa uno de sus hombres leales estaba recibiendo un castigo terrible.

El optio que se había recompuesto del empujón, volvió a coger el látigo para continuar con su cometido, alzo la mano para lanzar el primer golpe, pero Quinto Fabio fue más rápido y lo desplomo de dos puñetazos.

—¿Alguien más quiere desafiarme? —Grito enfurecido, los soldados dieron un paso hacia atrás, muchos eran sus hombres y el guardia su compañero, los demás le temían. El centurión se acercó a los prisioneros, quería poner fin al calvario, saco el pungió de la cintura para desatarlos, pero una voz le hizo detenerse: ¡suelta ese cuchillo! —Grito Titus abriéndose paso entre los soldados, le acompañaban una veintena de sus mejores hombres espada en mano, Quinto Fabio retrocedió un par de pasos y acariciando la empuñadura de su Gladius, dijo:

—¡Sabía que tu estarías detrás de esto! ¿De que se les acusa a estos hombres?—insistió. Titus se acercó a paso lento, se agacho en busca del látigo y se lo entrego al optio encargado del castigo.

—Se le acusa de traición contra Roma, y como sabrás se paga con la muerte. Titus hizo una señal al verdugo para que recomenzara con el castigo, Quinto Fabio se antepuso desenfundando la espada, automáticamente los hombres de Titus lo rodearon, el centurión no se amedrento manteniendo la postura. Si no quieres terminar como ellos, baja tu espada y hazte a un lado, hoy me divertiré con estos desgraciados, —agrego Titus. Quinto Fabio dió dos pasos hasta colocarse a pocos centímetros de su cara, los soldados que abarrotaban el lugar, no daban crédito a lo que sucedía, dos centuriones quizás de los dos de más peso en la legión, se enfrentaban espada en mano.

—¡Estos hombres merecen un juicio justo!, —Grito Quinto Fabio, no permitiré que los vuelvas a tocar. Titus lo miraba con una sonrisa burlona, tenía un plan y todo iba como lo previsto.

—Centurión —dijo Titus con tono arrogante, el soldado ha sido juzgado y el castigo impuesto por un superior, los demás son esclavos y no merecen nuestro tiempo, si no dejas el arma y te haces a un lado, te acusaremos de traición, y no hay nada en el mundo que me dé más placer que azotarte a ti también. Quinto Fabio no se inmuto, se anteponía entre el verdugo y los prisioneros, y por expresión de su rostro, nadie lo movería de allí. ¡Soldados!, apresarlo por insubordinación — grito Titus, señalando al centurión. Su guardia personal se abalanzo sobre el soldado, pero cuando aún no se habían logrado acercarse, un grupo de legionarios fieles a Quinto Fabio, desenfundaron sus espadas y se enfrentaron a la guardia de Titus. La situación se tensaba aún más, ahora los hombres de Quinto Fabio eran más, casi un centenar de hombres que habían servido a sus órdenes y le debían su vida, desafiaban ordenes directa y se enfrentaban a cargos de traición. Titus retrocedió un par de pasos, a pesar de que había logrado lo que buscaba, tenía que ir con cuidado.

—¡Soldados!, —grito Titus, os estáis rebelado ante una orden directa y amenazando un superior, esto se paga con la muerte, le doy la posibilidad de deponer las armas y hare como si esto nunca hubiese sucedido, pero como continuéis con vuestra postura lo que le pasará a estoy desgraciados será poco con lo que les haré a vosotros. Los soldados en vez de retirarse, como una maquina perfectamente engrasada rodearon a Quinto Fabio, protegiéndole de Titus y sus captores, eran hombres fieles y darían la vida por su centurión.

Los hombres de Titus sabían la lealtad de los soldados a su superior y dudaban como proseguir. Titus dio dos pasos hacia adelante, con postura firme se dirigió al centurión.

—¿Quieres ser responsable de la muerte de estos soldados? Me iré y volveré con muchos más hombres, Roma me respalda, dile a tus hombres que depongan su actitud, entrega tu arma y ríndete, te prometo que no les sucederá nada. Los acontecimientos de esa mañana habían convulsionado el orden habitual de la legión, prácticamente la mayoría de los soldados estaban presentes y de una manera u otra se habían posicionado para uno de los bandos, lo que comenzó como un simple castigo terminaría en una masacre entre hermanos.

Quinto Fabio dudaba la cabeza le iba a mil, si daba la orden de rendición, les perdonaran la vida a sus hombres, pero él y los prisioneros sufrirían las consecuencias y si optaba por lo contrario antes o después morirían todos, había caído en la trampa, todo había sucedido como Titus esperaba, sabía que sus hombres nunca permitirían el castigo al centurión, haberlos convocado aquella mañana había sido una jugada maestra.

Quinto Fabio acepto su destino, enfundo la espada y ordeno a sus hombres que se dispersaran, tuvo que repetirlo hasta tres veces hasta que finalmente depusieron su actitud, sus hombres hubiesen muerto allí mismo si el centurión se lo hubiese solamente insinuado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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