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Sin apuro, che by Verónica Boletta

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Verónica Boletta dentro de las actividades del taller de Escritura acepta algo difícil pero que a un buen escritor es necesario traspasarlo: hablar con la muerte o hacer hablar a los muertos. Boletta borda un relato corto insuperable –j re crivello

Traspuse el jardín abandonado luego de abrir el portón de hierro de la reja, desvencijado sobre sus bisagras. El ruido chirriante sonó a quejido. Tensé las mandíbulas contradiciendo todos los consejos, para esperar un golpe hay que aflojar el cuerpo. Nunca fui dócil ni obediente. Entrar en esa casa es una prueba de eso. Nadie se atreve. Llevamos cinco años sin atrevernos. La propiedad, nuestra única herencia, se deteriora. Entiéndanme, no somos interesados. Ninguno de los primos lo es, excepto él. Hemos decidido no nombrarlo. Sabemos que nos acecha. Sospechamos que nos stalkea en las redes. Nuestras publicaciones son cada vez más inocentes, una burda repetición de lugares comunes. Admitámoslo, las redes sociales sin una cuota de maldad son sumamente aburridas.

Aquí estoy, luego de atravesar las malezas que han invadido el sendero, empujando con mi hombro la puerta principal, hinchada por el paso de los años y la acción de la humedad. Apoyo todo el peso de mi cuerpo arrepintiéndome de lo solitario de mi tarea. Justo cuando comienzo a impacientarme, a pensar en métodos violentos de ingreso, la puerta cede. Entro tropezando, agitada por el esfuerzo y por el aire viciado.

—Mierda —exclamo contrayendo las fosas nasales, golpeada por el mal olor. —Mierda, mierda, mierda —repito como poseída esquivando el estiércol de ratas y murciélagos.

—Más cuidado con el lenguaje —gruñe una voz grave.

—Carajo, mierda, pelotudos —suelto todos los insultos al unísono; se agolpan en mi boca.

No ha sido un error, tampoco una alucinación auditiva. La voz del abuelo me llega clara desde la cocina.

—Esta sigue siendo mi casa, Verónica. Aquí sólo puteo yo, porca madosca.

Con el corazón en la boca, ganada por la curiosidad, supero la aprensión y me asomo en la estancia. Me mira sin asombro, clavándome sus ojitos celestes en los míos, abiertos como plato.

—Ya era hora que te acuerdes de este viejo —protesta señalándome una silla mientras se sienta en otra. Apoya los codos en la mesa, cubierta con el habitual mantel de hule. —No encontré mi silla de siempre —aclara mientras bambolea sus piernas paticortas. Sus pies no llegan a tocar el piso.

—Muero por tomar un mate —me dice. Y no sé si reír o llorar pensando cómo podría morirse nuevamente. Luce macizo, sólido. Ahora despide una luz, unos brillitos.

—Vine a ver a tu abuela —me informa. —Vos viste que cuando me fui no quedamos muy bien. Ella siempre se enojaba cuando no la esperaba. No pude hacerle entender…

Mira hacia un lado y hacia otro. Acompaño su movimiento. Puedo adivinar la crítica de su juicio. Hemos abandonado el lugar. Todos lo hicimos.

—Che, ni la huerta me cuidaron —extiende el reproche a toda la familia usando el plural inclusivo. No tomo el guante. Me hago la tonta. Insiste.

—Ni las gallinas quedaron. Yo no sé qué le pasó a esta mujer cuando me fui.

Evito la pregunta tanto como su mirada. Sé que al calmar su desasosiego corro el riesgo de no verlo. Quisiera tenerlo más tiempo. Siempre.

—¿Qué le pasó a tu abuela?

La pregunta directa no me deja escapatoria.

—Acompañame —lo invito— vamos a buscar flores y se las llevamos.

El tiempo se congela hasta que entiendo lo que no me atrevo a decir. Se ríe bajito y me dice, cómplice:

—Ni ella ni yo tenemos apuro, che. Al final, la única que nos separó fue la muerte.

 

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