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Alimentando héroes by Diana González

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Soy un niño apenas. Pero el peligro está ahí, más vale que aprenda.

Con sus manos grandes de dedos ágiles comprobó mi arnés de pecho, él iría adelante atento a las sogas, los mosquetones y los anclajes, el viento frío nos sacudía, a su pesar,  hicimos cima sin mayores contratiempos.

Hay una diferencia gigante entre subir y hacer cima. Subir es por donde sea, es inexacto, aleatorio.  Hacer cima es solo tu propia meta, tu propia altitud, tu propio lugar único.

Entre la neblina un aullido feroz y chirriante rompió el silencio de nieve.

No debíamos detener la marcha a pesar de cualquier situación o sonido amenazante, debíamos seguir por la meseta hacia nuestro destino, allí arriba la ventisca era aún más recia.  Él dijo que aunque nos llevaría más tiempo, debíamos pasar por aquel poblado a comprar provisiones, era el último puesto en nuestro camino.

La dama blanca podía clavar sus colmillos en nuestras venas y vaciar nuestro cuerpo de un solo sorbo si no estábamos preparados.

Estar preparado es crear un instinto. Lo que llegará es imponderable, nuestra reacción ante lo imponderable es lo que determinará el triunfo o el desastre.

Todo nos urgía, debíamos ser ágiles, medidos, sagaces. Si no cumplíamos en tiempo y forma escucharíamos la detonación y habría fracasado nuestra empresa. Nosotros y el mundo estaríamos perdidos.

En toda misión, por pequeña que sea, hay que estar dispuesto a enfrentar imprevistos. El resolverlos en favor del todo está la habilidad de la supervivencia.

 

No podíamos perder tiempo. Debíamos adquirir aquel preparado hipercalórico que nos mantendría en pie ante el azaroso esfuerzo, lo no previsto, lo inesperado, luego  seguiríamos por el camino de cornisa hacia la otra gran pendiente y bajaríamos tomándonos fuertemente de las sogas, el riesgo era que la detonación fuera escuchada antes de nuestra llegada. Si eso ocurría fallaríamos y el Cancerbero al costado izquierdo de la última entrada saldría de su escondite.

No debemos alterar el orden, ni desobedecer sin causa, pero tampoco podemos hacer todo lo que nos dicen. Nadie apaga la luz en un incendio.

Yo sabía que aquel hombre era un sabio, que era avezado en técnicas de persistencia. Había aprendido de él ciertas frases que repetía y que habían marcado mi personalidad: “somos frágiles”, “todo es pasar”, “importa el viaje”.

En nuestro último descenso comprobó la hora, íbamos retrasados, debíamos darnos prisa, aceleramos nuestra marcha forzada, pronto se escucharía la detonación.

Llegamos a la entrada de la gran cueva, allí nos separaríamos. Con apenas un saludo de manos nos despedimos. En el momento que franquee las  últimas aberturas sonó la detonación.

Él volvería a buscarme, lo había prometido, eso me llenaba de seguridad, esperanza,  alegría. Debía tolerar, ser prudente y seguir adelante.

 

Melina mira a sus mellizos intrigada. Rodrigo prepara unos bocadillos en la cocina mientras bebe un tinto. Dos niños bastante parecidos de ocho años están parados al lado de la ventana hablando de la expedición. Melina pregunta

—¿Está lloviendo?

— Si. — Contestan a dúo.

— Entonces mañana los llevo yo en el coche.

Protestan, hablan por lo bajo, insisten en ir caminando hasta que Rodrigo sale de la cocina con una enorme bandeja llena de vituallas y cuatro potes de sopa caliente. Sonriente, dispuesto, sereno Rodrigo comenta.

— Si nuestra capitana dice que si llueve vamos en coche, nosotros acatamos y callamos. Los capitanes dan órdenes para el bien de todo el equipo.

Los niños asienten a regañadientes  y callan. Melina sabe que Rodrigo se quedará escribiendo su decimoquinta novela,  y que si el día mejora él los irá a buscar, caminando, a la salida del colegio.

La familia come felíz, hablando de amasijos hipercalóricos preparados para las antiguas  expediciones, cecina, chocolate, nombres como Husein, Tian Mu, Shackleton, Mut, Bastet,  Carter, Amundsen, Balder, Thor, Nansen,  pueblan la conversación animada y divertida.

Después que los mellizos se habían dormido Melina recuesta su cabeza en el hombro de Rodrigo.

— No nos estaremos pasando.

— No Meli, lo más poderoso que ellos tienen ahora es su imaginación, su curiosidad. Alimentarla les es tanto o más necesario que el plato de comida.

— Así se alimentan los héroes.

— Si.

Después de un beso prolongado, su mujer tomó por las escaleras el mismo camino que sus hijos, Rodrigo apagó las luces centrales, encendió el flexo que daba sobre su escritorio  y volvió al teclado.

La última abertura era la más peligrosa, sobre el costado izquierdo había un túnel que daba a una tierra desconocida…

Miró lo escrito y se quedó pensando en las cosas que en aquel entonces le daban seguridad, además de no aburrirse nunca a su lado, de hacer de la cocina un cuarto de experimentos, de construir la biblioteca en la casa del árbol,  lo que más recordaba era esa certeza de saber que él volvería a buscarlo a la salida.

Y volvía  y él lo seguía esperando aún adolescente emancipado, hasta que ya su cuerpo no pudo más.

Cerró los ojos  para imaginarlo de regreso por el mismo camino que recorrían juntos. Subiría por las escaleras del parque asiéndose al pasamanos, lo atravesaría diagonalmente pasando justo  en su centro, por el kiosco de golosinas donde le compraba barritas de cereal y chocolate, luego tomaría hacia la Avenida Madrid, caminaría relajado por su planicie hasta la esquina donde la transversal se inclinaba, allí doblaría bajando al treinta y dos de Avenida Granada. Subiendo y bajando, como todos los días,  por las pendientes e intrincadas calles jienenses, quizá escuchando el aullido de alguna ambulancia, oliendo el petricor, o mirando la lluvia de marrones hojas.

Quizá armando aquellas frases que le repetía siempre.

Cuando nadie te crea, no escuches, leé.

Aburrirse es no saber divertirse.

Cada día es un comienzo, una aventura en la que nada es igual.

Los que inventaron el tiempo no sabían de rutinas.

Aquel hombre, que supo  edificar fortalezas en la mente de un niño huérfano de padre y con una madre ausente, fue quien sonriente le dijo el día que se despidieron tomándose las manos en aquella cama de hospital.

— Rodrigo, no llores. Esto nada más es otra parte del viaje.

Hay que ser fuerte para volver a encontrarse.

Hay que ser tozudo para vivir con arte.

Como la lluvia pertinaz que  borda haciendo como si nada, dejando su filigrana de gotas en plantas, flores, ventanas. Como el olor a libro, persistente, inconfundible, inolvidable.

Por eso, diariamente,  Rodrigo corre fantásticas aventuras con Martín y Pablo, sus melli, porque hay que llegar. Hay de entrar al colegio antes que de la secretaría, a la izquierda de la puerta de entrada, salga la tutora para anotar a los que llegan tarde. Antes que estalle el mundo sin ambrosía, que es justo antes que suene el timbre, la agorera detonación que marcaba la misión no cumplida.

Hay que entrar, antes que el mundo se astille sin magia y cargado de hambre.

 

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