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Ojos del más Allá by Awilda Castillo

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Un día más haciendo el milagro de trabajar. Desde que han comenzado estas interrupciones en la electricidad de forma tan abrupta, nuestro ritmo de actividades se ha visto afectado lo queramos o no. Así que, de estar ubicados originalmente en el piso 18 de esta imponente torre, hemos trasladado nuestros equipos y servidores a uno de los sótanos de la edificación.

Nuestro jefe y accionista del grupo de inversores que construyó tal obra, habilitó ese espacio hace un par de meses y así cada vez que hay algún tipo de inconveniente, como el de hoy, las ocho personas que conformamos los redactores estelares de esta “agenda virtual” cuyo  objetivo  inicial fue el de diseñar estrategias para hacer viral alguna información ya sea en las redes sociales, y terminamos no solo produciendo textos de altísima calidad para muchas personas, sino también para la suerte de periódico que llevamos a cabo. Ahora tenemos todo un equipo de producción e investigación, mientras que los otros siete redactores diariamente traemos a la mesa, lo que el trasnocho nos dejó.

Este lugar en el que estamos, no parece un sótano, es más, nunca imaginamos que el edificio pudiera tener un espacio así. Es muy acogedor, se nota que no fue diseñado para oficina, hay cómodos sofás y puff, además de cojines con muy buen gusto regados por todo el recinto. Los colores de las paredes son frescos y claros, y al fondo de lo que pudiéramos considerar salón principal, hay un mural pintado que personifica claramente la primavera. Quien lo pinto, tuvo el detalle y la precisión, de dibujar con tal belleza, que hace que uno olvide por completo la ausencia de ventanas.

Cada uno nos hemos ubicados en el rincón que más nos acomoda. Yo me tumbo en el piso con un puff turquesa oscuro que es casi de mi tamaño,  bueno, tampoco es tan Grande; y es que como dicen mis compañeros soy del tamaño de la esponja del baño (1,68 mt. algo chiquito para la estadística masculina pero lo llevo bien). Yo sonrío cuando las chicas dicen eso, porque empiezo a imaginarme siendo una  esponja, pasando entre sus piernas y frotándome con todo sus lugares íntimos; ninguna ha descubierto mi erección, pero mira que las tengo. Pero para ellas, las cinco que forman parte de este mismo equipo, soy el “hermanito menor” y lo más tierno que han visto. Yo asumo mi rol, y me conformo con ver todo eso que ellas dejan, sin que haya ningún problema, porque según como ellas lo piensan y  dicen “soy un crío” por tanto a mí me deben gustar las chicas jovencitas.

El día comenzó y seguimos con la  discusión de ayer, acerca de los casos del más allá, y lo que pudiera generar un contenido con ese matiz, en todo lo que hacemos. Claudia, Paula y Cinthya son de la opinión que podríamos sacarle mucho provecho al tema, y desde ayer han estado contando cosas que se dicen sobre este mismo edificio en el que nos encontramos, sin que yo les haya prestado mucha atención. Por su parte, Susana y Ruth han dicho que son cosas de personas sin cultura y conocimiento científico y los hombres, Renato, Coldo y yo (José) hemos estado más sumergidos en nuestras cosas.

—Vamos chicos, que tenemos que trazar el plan para este próximo mes, que ya Abril lo tenemos cubierto todos en cuanto a los contenidos, pero es hora de decidir lo próximo que haremos. Es Paula quien rompiendo el silencio en todo el área, nos saca a cada uno de nuestra propia realidad imaginaria que escribimos.

Coldo levanta las cejas y la mira de reojo, sin desprenderse aún de su tabla, dando forma a algo que está dibujando. —Vamos guapísima, que no es para tanto, estamos a tiempo así que tómalo suave.

Paula que se había puesto en pie, se encoge de hombros y se tiende luego nuevamente sobre el piso, apoyando su barbilla en los puños de sus manos, mientras sigue observando el texto de su portátil que reposa también entre cojines.

—Vamos Pau, no te desanimes. Ya sabes cómo es esto… lograr que los ocho estemos de acuerdo en un contenido para un mes, es nuestro reto continuo. Ya verás que todo saldrá como siempre. La miro parado y al ponerme de cuclillas a su lado pongo mi mano en su hombro, con ganas de dejar que se resbale por el arco que hace su espalda en la posición en que está, con ganas de acariciar ese espacio que queda al descubierto al subirse su blusa, dejando ver el fino hilo que lleva puesto como prenda íntima.

Siento su mano palmeando la mía que sigue en su hombro.

—Tranquilo vida mía, que ya sé cómo somos. Yo cumplo con hacer mi papel de recordar que tenemos que ir a tiempo con las cosas, si queremos seguir siendo la referencia.

Dice esto y sentimos como la electricidad hace un fuerte pestañeo. Se oye como un rugido en el generador auxiliar que usamos, y luego queda todo a oscuras.

—¡Ostras! Dice Renato, ahora sí que estamos en la inmunda! Si hasta en este búnker nos falla la electricidad, estamos perdidos.

Solo quedan encendidas nuestras pantallas de trabajo y como reacción general nos ubicamos todos en el centro del recinto, entre cojines, como si hubiera una fogata en el centro.

—¿Ahora que vamos a hacer? Dice Ruth, con cara de espanto.

— Tranquila bella, llamaremos al conserje y él nos ayudará con el generador. Él sabe qué hacer en estos casos, tranquila. La voz de Renato no suena muy convincente, pero todos optamos por creerle y pensar que en pocos minutos, el servicio será restablecido. Para eso estamos en esta parte del edificio, para evitar quedarnos a oscuras, cuando los demás lo están.

—¿Dónde está el generador? Pregunto como queriendo encontrar una solución inmediata a este problema. La oscuridad me asusta, fue así desde niño. Sería porque siempre mis primos contaban historias que aterraban. Sin descubrir mis pensamientos al resto del grupo, hago la pregunta, confiando en que alguno pueda ir a revisar y arreglar la avería.

—Saliendo en el pasillo al final, justo donde está el letrero de “No pase”. ¿Quieres ir a ver qué ocurrió? Esta pregunta de Susana me pone en aprietos, yo quería saber que alguien más iría, no que me dijeran que fuera.

—¡Sabíamos que eras muy pilas! Dicen las chicas. Así que eres nuestro súper héroe ahora, ve y soluciona pronto esta oscuridad.

Me quedo pensando y no puedo creerlo… ¿yo? ¿Quién dijo que yo quería ir a ese lugar? Yo tengo miedo a la oscuridad. ¿Y ahora como se los digo? ¡Ni modo, cuando toca, toca!

Enciendo la linterna del móvil y comienzo a andar por el estrecho pasillo, mientras el resto de los siete, siguen sentados en sus lugares alrededor de la fogata tecnológica que han hecho con sus dispositivos.

—¡Esto no me puede estar pasándome! Me digo mientras voy arrastrando los pies y siento pesan una tonelada cada uno. El pasillo se hace más angosto ante la profunda oscuridad y al final puedo leer el letrero que dice “No pase”.

Pongo la mano en el picaporte y al girar la puerta hace ese típico sonido de las películas de terror… un chirrido lento y lúgubre.

—¡Joder! ¿Porque tiene que pasarme esto? Siento que las piernas me tiemblan, pero me adentro en el salón de las máquinas. Alumbro con la linterna y camino hasta el fondo de la habitación y de pronto siento como otra luz más tenue también ilumina el sitio.

—¿Qué estás buscando? Oigo una suave y baja voz que me interroga. Al acercarme más la veo. Es una chica muy joven, será algunos años menor que yo,  con un candelabro y una vela encendida entre sus manos, voltea  a mirarme y descubro los ojos más bellos que he visto jamás en mi vida. Pareciera que es lo único que existe ahora. Entonces me atrevo a preguntar, casi sin que me salga la voz.

—¿Qué haces aquí?

—Bajé a ver qué ocurría, y creo que es aquel cable de allá que se soltó. Ella señala con su delgada y delicada mano, pero yo solo puedo mirar sus ojos.

Pareciera que tuviera el fuego en ellos, y es que literalmente es así; ya que la llama de vela se refleja en ellos. Siento que sopla una ráfaga de aire frío, y después es cuando me percato que allí tampoco hay ventanas, ni ningún medio por donde colarse el aire.

—Soy José, alcanzó a decir casi hipnotizado al verla.

—Soy Clarisa.

Me acerco un poco más y mientras lo hago, sus ojos van resultándome más y más hermosos. Y veo además que lágrimas salen de ellos.   Mientras, ella misma me conduce hacia donde está la avería, yo simplemente la sigo, como los navegantes de la mitología en los tiempos antiguos cuando atravesaban las vías donde habían sirenas.

—¿Porque lloras? Eres tan joven… y tan hermosa.

—Ser bella y joven,  no me garantizó la felicidad, él simplemente no me quiso.

No entendí la razón que produjo su comentario, pero me repuse y alumbrando el cable que se había desconectado, lo volví a su sitio, y sentí como el generador comenzaba su proceso de arranque.

—Vamos salgamos de aquí. Olvide por un momento, el temor a lo oscuro, los cuentos de terror que de niño me contaban mis primos. Ahora solo podía concentrarme en los ojos de Clarisa y su apariencia frágil.

—No puedo ir contigo… su voz era como un hilo, a punto de romperse.

—¡Bravo José! Escucho aplausos en el salón donde están mis compañeros. La electricidad fue restablecida.

Insisto —Vamos Clarisa, te presentaré a mis compañeros. Ella no dice nada, solo me mira.

—Ve tú adelante, y yo te sigo.

Apago la linterna del móvil, pero ella sigue con su candelabro entre manos. Empezamos a andar hacia la salida y ella deja que yo vaya delante, oigo sus pasos tras de los míos, así que continúo,

Llegamos a la puerta y salgo, ella se queda dentro de la habitación del generador.

—Vamos, salgamos de aquí. Extiendo mi mano hacia ella y aunque sus lágrimas que brillan como diamantes, sonríe.

—Ve tú adelante, y yo te sigo, repite otra vez.

Así que me dispongo a ir hacia donde están mis compañeros. Ella detrás, sigo oyendo sus pasos.

—El me engaño y me quede encerrada para siempre, y lo peor es que descubrí que nunca me amo.

Escucho esas palabras que Clarisa dice y no entiendo nada. Estoy en la entrada  del salón donde están los demás y al entrar, me aplauden.

—Ehhhh José, no sabía que tuvieras ese talento. Sonríen todos y  vienen a mi encuentro.

—No fui yo, ella me indicó donde estaba la avería. Se las voy a presentar.

Doy tres pasos hacia atrás, hasta llegar a la entrada y al asomar mi cabeza al pasillo, no encuentro a nadie, está absolutamente  vacío.

—Ella estaba ahí. ¡Clarisa… Clarisa! Llamo en voz alta, sin tener ninguna respuesta.

—¿Dijiste Clarisa? ¿Clarisa  Vélez? Y ahora es Claudia quien pregunta, mientras se mira a los ojos con las otras dos que caminan hacia mí, intrigadas.

—No sé cuál es su apellido, respondo. Pero si, dije Clarisa. Ella es la chica que me ayudó a encontrar la falla del generador.

—Clarisa Vélez, era la joven amante del señor Renoir, nuestro jefe incógnito, el que nunca vemos. Las malas lenguas dicen que hubo una joven pasante en su despacho hace unos 10 años o más, llamada Clarisa Vélez, de origen mexicano.  Todos decían que el viejo Renoir enloqueció por ella y que aquí mismo en esta torre tenían su “nido de amor”. Se comenta en voz baja además, que desapareció y nunca más se supo de ella, hubo sospechas sobre su viejo amante por un tiempo, pero luego al no encontrar el cuerpo, asumieron que había vuelto a algún lugar de sus raíces latinas. Si no hay evidencia, no hay delito, ni caso por resolver.

—¿Cómo era ella? Insiste Claudia, y las otras dos se acercan  cerrando un círculo que indaga hasta construir la versión que ellas quieren.

—Sus ojos… ella “es” hermosa. Sus ojos resultan atrayentes en medio de la oscuridad.

Digo esto y me quedo absorto pensando en Clarisa, hasta que la mirada inquisidora de esos tres pares de ojos, me hace caer en cuenta de lo que ocurre y adonde me quieren llevar mis chismosas compañeras. Entonces, me repongo.

—No pasa nada ¿vale? Quédense tranquilas chicas, que yo también me sabía el cuento del fantasma de esa chica y se los he contado a ver qué les sacaba.

Termino con esas palabras y me muevo hacia donde estaba ubicado antes de que el fallo en la energía se produjera; sin embargo no puedo evitar ver con el rabillo del ojo queriendo encontrar el rastro de Clarisa tras de mí, pero eso no sucede.

Con la electricidad repuesta, todos nos quedamos en nuestros lugares, yo me arrincono un poco más que donde estaba, y no puedo evitar ir a googlear el nombre de “Clarisa Vélez “ y ahí la encuentro.  Una chica hermosa de unos 21 años en la foto que tiene colgada en la web al menos unos doce, de acuerdo a la reseña del sitio. ¡Es la misma chica que vi hace un rato!

No sé qué decir, siento mucha intriga y hasta cierto escalofrío, pero me lo guardo; realmente lo único que quisiera es ver esos ojos nuevamente. Vuelvo a la foto de internet y me doy cuenta de algo, la ropa que llevaba puesta Clarisa hoy, es igual a la que lleva en una de las tres fotografías que encontré en la web. Falda al estilo escocesa, corta y bien entallada, disimulada por un suéter  abierto hacia el frente, que cubre sus hombros y  que disimula buena parte de una suerte de blusa corta que llevaba debajo. ¿Tanto tiempo con la misma ropa? No aguanto más y decido ir en su búsqueda.

No sé qué me pasa, siempre he sido cobardón para este tipo de cosas, pero no logro sacarme esos ojos de mi cabeza. Me levanto y voy directo a la puerta cuando escucho una voz detrás.

—¿A dónde vas chico lindo? Pregunta Pau.

—Yo… voy  al baño… si, si, al baño.

—He chiquitín, que el baño interno funciona perfectamente. ¿A dónde vas? Porque si vas a salir, se me antoja que me traigas unas chupetinas de café del kiosko de la esquina.

—Ah… sí, claro… yo te las traigo. Salgo de inmediato y cierro la puerta a mi espalda y me dirijo nuevamente al final del pasillo, y el letrero de “No Pase” me detiene, hasta que recordando lo que me llevó ahí, sigo, abro la puerta y de inmediato la cierro. Doy un recorrido por todo el espacio de la habitación donde está el generador y llego hasta el fondo, donde vi a Clarisa, pero no encuentro a nadie. —¡Soy un tonto! ¿Que esperaba encontrar aquí? Muevo la cabeza para sacudirme de todo aquello y giro sobre mis pies en pro de la salida, y ella me sorprende. Está allí, con su pequeño candelabro entre las manos y una vela encendida. Ahora con la iluminación de la habitación puedo verla mejor. Realmente es una chica bella, pero sus ojos; sus ojos tienen una tristeza que los hace espectaculares.

Siento que la respiración se me para y el corazón empieza a latir fuerte. No sé si es miedo o ganas de acercarme a ella, estoy que no puedo articular ninguna palabra.

—Haz vuelto, dice y sigue mirándome fijamente.

—Sí, te buscaba. Le dije a mis compañeros que me ayudaste, pero al voltear para presentarte ya te habías ido.

—Si. Solo responde con ese monosílabo,  mientras sigue mirándome como si nada.

—¿Para qué necesitas la vela si la energía fue restablecida? Me inclino hacia ella y soplo la vela sin obtener el resultado esperado. La llama sigue como si, y Clarisa imperturbable.

—Clarisa Vélez… ¿ese es tu nombre?

Ella me mira y una media sonrisa se dibuja en su rostro.

—Si. Otro monosílabo y yo casi temblando.

—Y ¿qué haces aquí?

—Este es mi lugar…

No supe cuántas horas pasaron, ni cuando mis compañeros salieron del sótano y se fueron a su casa, solo sé que en lo sucesivo estaré muy a menudo revisando el cuarto del generador, en búsqueda de unos ojos que me llamaron en plena oscuridad y que ya no puedo evitar querer verlos.

El tema del próximo mes de nuestros textos, sin duda van a ser referente a las cosas que a simple vista, no las podemos explicar, cosas que van más allá… mucho más allá.

 

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