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El reverso by JAP

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Hoy nos visita un nuevo habitante del Taller de Escritura, con Ustedes Jorge Aldegunde (JAP)… a lo de jap lo he bautizado yo -j re crivello

Miro el reloj al salir de la comisaría: las 22.43h. Hoy me siento extrañamente despejado. Últimamente a cualquier hora tengo sueño. El caso es que, por más que lo intente, no consigo dormir una mierda. El puñetero insomnio me tiene frito. Y luego llega un día y reviento. Como si me dieran un golpe con un mazo; caigo inconsciente de puro agotado y me levanto, catorce horas después, sin recordar cómo me quedé dormido o lo que soñé. Y con la sensación de no haber descansado.

No hace ni pizca de frío en la calle. Con todo, agarro la chupa de cuero, la que tiene el bolsillo interior con la cremallera atorada. Dentro hay algo, seguro que es una tarjeta de algún garito dudoso. Últimamente frecuento muchos y me empieza a fallar la memoria. Por puro pasatiempo, intento abrirlo un par de veces (no sea que me esté perdiendo una buena juerga), pero nada. Es lo que tiene el atuendo de paisano; a veces no colabora.

Suena el teléfono; un mensaje. Es de Gutiérrez. Calle de la Luna, nº7, leo. La dirección del lugar donde, supuestamente, han visto a ese tarado por última vez. El asesino del naipe. Joder, ni que esto fuera Gotham. Un malhechor transversal: mata sin patrones establecidos -ora una ancianita, ora un bigardo de dos por dos metros-. Frecuenta todos los barrios, cual urbanita amante de la metrópoli. Y al rematar la faena, a todos les deja puesto el regalito: una carta de una extraña baraja de póquer, elegida al azar. Lleva trece pasados por la piedra. Y la perspectiva no es alentadora: hay que detenerlo, a ser posible, antes de que llegue a cincuenta y dos. Los jefes andan nerviosos, con la prensa encima y destilando titulares: alarma social, inacción de los cuerpos y fuerzas de seguridad, investigación liderada de forma pésima. ¡Qué cojones sabrán ellos del trabajo de policía!

Entre los compañeros nos barruntábamos cuál sería la siguiente. Yo, que soy un clásico, he apostado cien pavos por la reina de corazones. Con un par. Las monarcas cabreadas me ponen y Alicia, dicho sea de paso, me parece de lo más ñoña. Por lo demás, yo de tahúr tengo poco; los juegos me dan pereza.

Compruebo en el móvil: el destino está al sur, en las afueras. Es zona de calles intrincadas, así que me meto en un taxi y doy una dirección cercana para no levantar sospechas. El taxista me quiere dar palique, pero no me dejo. La carrera durará unos veinte minutos, así que me llevo los dedos a la sien, en plan circunspecto. Cierro los ojos y hago que pienso, a ver si cuela.

***

Déjà vu, lo llaman. No sé por qué demonios me parece que he estado aquí antes. Hay una plazoleta maloliente y, a pesar de lo laberíntico del sitio, me oriento bien. Es el segundo callejón a la izquierda. Hay manchas de vete a saber qué en el suelo, que dibujan un mapa en el espacio entre bolardo y bolardo. Las aceras son minúsculas; hay que hacer malabares para caminar por ellas. A estas horas apenas hay nadie. Solo algún asiático de la popular república que vuelve de cerrar el negocio. A alguno le va a dar la risa floja con eso de controlar las horas trabajadas. La equis está en un edificio angosto, caja de cerillas de ensanche setentero. Tiene un bajo con ventanas enrejadas y la fachada rebosante de firmas grafiteras. El portal luce un buzón de hierro, lleno de publicidad. Me cojo un panfleto de pizzas; nunca se sabe. Extraigo la copia de la llave del bolsillo. No la he probado antes, pero no da mucha guerra. La puerta de arriba será otro cantar. Dentro está oscuro, y por mí que siga así. Las farolas de la calle iluminan el tramo de escaleras que lleva al primer rellano. Localizo la letra; es la B. Otra vez ese rollo raro, como si no necesitara instrucciones para llegar. Me concentro para captar sonidos mundanos de las viviendas, pero no escucho ni papa.

Frente a la entrada , me pongo los guantes de látex; el mejor invento de la vida moderna. Paso del timbre y llamo, muy suave, con la mano. Más que un golpeo es una dizque caricia con los nudillos, vaya a ser que alguien se despierte. Espero paciente, el tiempo de cortesía. La cerradura es de las baratas; calculo el tiempo que me llevará con la ganzúa. No hace falta: desplazo sin querer la manilla hacia abajo y la puerta, dócil, cede.

A partir de ahora hay que ir con cuidado. Acaricio la pipa, que sigue oculta, solo para mi tranquilidad. No ha llegado su momento y, la verdad, mejor que no lo haga. Dentro está oscuro. El salón es mínimo y parece ordenado. Hay una cocina a mano derecha, y un estrecho pasillo a la izquierda. Me adentro por este, a regañadientes: hoy, entre el mobiliario urbano y la arquitectura de interiores, están empeñándose en llamarme gordo. Yo, que siempre he sido de huesos anchos.

Hay un par de habitaciones, una a cada lado. De un primer vistazo, parecen vacías. Hay otra estancia al fondo, que va tomando forma. De repente, atisbo una sombra que se mueve . Me agacho, mientras siento el golpe de adrenalina; quienquiera que sea es rápido -replica con precisión milimétrica mis movimientos-.

Un puto espejo, coño: se trata del cuarto de baño. Me relajo y camino, sin hacer ruido. Enciendo el interruptor y una bombilla desnuda, de bajo consumo y peor vida, muestra un lavabo, un váter y una ducha, cerrada con una cortinilla de aspecto insondable.

Prevalece mi reflejo: tengo el careto amarillo, la frente en pleno plan de ampliaciones y bolsas en el perímetro de los ojos. Vamos, que estoy hecho un pimpollo.

Pero ocurre algo: esbozo una torva sonrisa y, casi sin querer, la mano izquierda se adentra en el interior de la chaqueta de cuero. Tira de la cremallera, la que está atascada, y se abre, como por arte de magia. Sin que mi cerebro se lo pida, un par de dedos se cuelan y extraen un pedazo de papel. El reverso es simple: un patrón repetido mil veces, en rojo y sobre fondo blanco. El espejo revela el anverso: fondo negro, un par de corazones encarnados en esquinas opuestas y, en el centro, dos simétricas Catrinas; puro hueso con sombrero francés y plumas de avestruz, por perifollo. El detalle de la rosa roja me recuerda, conspicuo, que le estoy presentando mis respetos a la reina de corazones.

Es entonces cuando se rasga el velo y empiezo a recordar.

***

Llamo a Gutiérrez. Son las dos de la madrugada. Que.. ¡qué cojones quiero! Le digo que el piso está vacío, rien de rien; el mochuelo voló. Pues prepara un buen informe que mañana toca marejada, me cuenta. Yo asiento, en silencio.

Antes de colgar le suelto que triplico la apuesta. Cabrón, si no tienes dinero -se queja-. Yo le digo que no se preocupe. Que es una corazonada.

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