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Detective de naipes By Marcelo Ossorio

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Marcelo Ossorio debuta en el taller de escritura FlemingTexas. ¡Bienvenido Marcelo!

-j re crivello

 

La tarde estaba frondosa de viento y lluvia cuando recibí el llamado telefónico, la señal apenas daba a entender el idioma de un alma vieja, en un lenguaje de susurros envueltos en palabras; repetía con ella mi entender y más bien parecía un eco feroz que opacaba la idea original, sus tonos de asentir eran guturales, entonces preferí hacerla venir a mi oficina. Había un dejo de timo en sus expresiones y ante un suceso incierto la duda se despejaría a las siete de la tarde, justo a la hora del pronóstico para el cese de la lluvia. Levanté las persianas y con la luz encendida se veía desde mitad de cuadra hasta la entrada junto a la escalera que daba a mi oficina dormitorio, sala de estar y comedor. Las cosas estaban malas para no aprovechar el showroom de unos muebles daneses que hacen caber todo en veinte metros cuadrados.

Mientras admiraba los tonos lánguidos de la tarde apagándose en mis ojos y los árboles desnudos solamente abrazados por el insistente viento, un repiqueo de tacos me sacó del trance y la hora había llegado justo con ella, aunque siempre pensé que ella detenía cosas naturales como la lluvia alocada de un arduo día, un abrigo cubría las formas naturales, dos cuerpos atrás sus guardaespaldas me daban mala espina, las luces de los semáforos multiplicaban sus sombras en el húmedo piso de la veredera derecha, cruzaron con roja y los ojos brillaron al levantar la mirada en busca de la dirección. No sé por qué atiné a saludar con una mano, viejos amigos no eran y menos conocidos, los vehículos a esa hora ardían lejos de esta calle averiada con la última recesión. Los sonidos eléctricos de timbres y puertas abriéndose anticipaban una tarde poco tranquila.

La única oficina abierta en ese botadero económico —otrora burbuja inmobiliaria—, era la mía; también hacía las veces de guardia de seguridad, la paga era buena y los casos para investigar cada vez menos lucrativos. Subieron lento, con la pesadez de las aves sin horizonte y un hedor de plástico barato inundando mi mente, dos golpes por fuera y un tercero atrasado eran la contraseña convenida, accioné el botón de apertura y ahí estaban un par de hurones con las narices en alto. Apareció ella con la suavidad de la espuma y la embriaguez del mejor vino, su perfume abrió mi apetito por el caso y antes de volver a parpadear saco sus lentes oscuros con una delgada mano. Apenas vi su rostro me percaté, que era una carta, un naipe, la pinta de un mazo americano; no cerré los ojos hasta el otro día cuando el sol consumió la humedad de la noche.

Modulaba a tientas el idioma y en sus desgracias me hablaba del As bajo la manga que lleva cualquier tahúr para evitar el mal de amores, llevaba días sin saber de él, entonces unos borrachos y sus putas pusieron a ventear mi currículum por casos de amantes furtivos, engaños pusilánimes y pormenores de mi efectividad. Hice el mismo barrido entre garitos y tugurios donde se practicaba el arte del engaño con los naipes, era conocido por mi fama de mal perdedor en los juegos de azar, se burlaban de mis preguntas y sobre todo de la búsqueda. ¡¡Ja ja!!, ¡¡Se te ha perdido una carta o un tornillo detective!! Pasaron días en que fui el primero en llegar y a patadas me lanzaban fuera cuando el alba apuntaba la medianía, sus guardaespaldas aguardaban a solo metros de mis pasos, a lo mejor comprendían mejor la realidad de los naipes.

Mi último intento fue en «Alley Cat» donde la fauna se reunía y podías encontrar hasta la basura más hermosa de la ciudad: los perdedores eran respetados, dados saltarines y cargados, cartas marcadas como piratas, fichas ex convictas de casinos desmantelados, tragamonedas sin un centavo, ruletas rusas made in China —eran las peores y sin bolitas—, unas desgraciadas sin rumbo. El único requisito para entrar era aceptar pasar por el portal misterioso —que en verdad era una puerta quejumbrosa sin manilla o cerrojo—, todo el que pasaba por ahí conocía historias inverosímiles y más de alguno nunca volvió, aunque entre ebrios y drogadictos le creo a mi perro, luego recordé que se fue con ella por supuesto, bueno ahí vamos, espero encontrar a ese póker face borracho o con cartas sucias haciéndoles el truco. Siento un ardor en todo el cuerpo, comienzo a sudar y hasta los huesos me duelen, la oscuridad sólo provoca ansiedad por saber qué habrá más allá. ¡¡Chicos!! Enciendan las luces ya está bueno, escucho sus murmullos y risas, enseguida me siento mejor y de a poco la luz aparece, tenía los ojos cerrados y aún veía borroso, pero estoy mejor, el silencio antecede al bullicioso burdel, entre tantas personas y efectos de luz, logro verle, según la descripción que me dio su novia;  le persigo y no parece nervioso, está solo y cuando siento que puedo atraparlo me encuentro frente a un espejo, no sé qué es esto pero descubriré y atraparé al bribón cara de naipe escurridizo.

Ha vuelto a llover según el pronóstico y pienso cómo sabrán tan al dedillo los cambios de humor de la naturaleza cuando uno puede estar bien y al segundo consternado por esta búsqueda sin final, detrás quedan las luces, el aroma a perfume barato, humo de cigarro y alcohol en las fauces, al caminar me siento ligero y sin una pizca de frío, pero qué más da, debo llegar a prisa para entregar un informe detallado de esta semana sin ningún logro esclarecedor sobre el paradero del imbécil. Para mi sorpresa veo luces en mi oficina y pienso qué encontrarán de valioso si hasta el refrigerador está vacío, las cervezas no cuentan como alimento, son recreativas y me agudizan el olfato, como ahora, presiento una pésima recepción, pero vamos a por todas las consecuencias. Subo las escalas cual Rocky en la cúspide de su esplendor físico y mental, la puerta está entre abierta y se oyen sin disimulo conversaciones, los hurones que tiene por guardaespaldas razonan y argumentan con la chica y ella solo solloza, no soporta escuchar como la increpan por su obstinación con el desaparecido y entro decidido a golpearlos, los tres me miran y solo ellos me dicen:

—¡¡Jefe, volvió!! —Les golpeo pero ellos alcanzan a cubrir sus rostros, sin oposición a mis puños, el reflejo en el espejo me da mala espina, ahí está el maldito embustero pegándole a unos inocentes hurones trajeados de abrigo largo, luego ella se interpone y grita:

—¡¡Basta amor, ellos me protegían!!

— No entiendo a qué se refiere señorita —En eso toma la cabeza y me gira hacia uno de los ventanales, era él, yo.

—Siempre quisiste ser detective, después de una mala racha y no antes de pasar por «Alley Cat» llegaste a este lugar botado cumpliendo tu sueño.

Ahí estaba sentado viéndome como quien realmente era, un naipe más de alguna baraja derrotada las veces que quisiera algún tahúr para sus trampas eternas como las de la vida misma, sin mayor aspiración y sin menor desencanto que jugar a vivir por si podías ganar una sola vez siquiera.

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