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El relicario by María Julieta Muñoz

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Apenas cruzar el paseo marítimo, camine unos metros  y llegué al patio amplio de lo que había sido la  casa de una Familia acaudalada. Tenia una gran terraza, con árboles de troncos gruesos y copas abundantes.

Solo entrar en el recibidor una mujer muy amable y arreglada,  de manera diligente, busco  mi  nombre en el ordenador entre las reservas,    tomo una copia del  D.N.I. y me entrego a cambio las llaves de la habitación 308,  con vistas al mar, y ventana directa al patio, desde donde podía ver la piscina, las glorietas, la gente bebiendo en la terraza y dejar que la  música entrara.

Subí la escalera  del hotel  hacia mi habitación, mirando las fotos dispuestas en la pared, y por un momento sentí recorrer generaciones de la misma familia, asistir a las veladas de piano con elegantes damas de largos vestidos,  y hombres fumando puros en la terraza.

Al final, sin música, sola y con la mirada fija y altiva, una mujer con ojos grandes de mirada intensa y penetrante, casi intimidatoria, sino fuera por una sonrisa  tenue.

I.- Una casualidad

Me senté en la última mesa frente al Piano, cruce las piernas  y hojeaba distraída las recomendaciones de la casa, mientras en la mesa de al lado una mujer bastante atractiva reía complaciente las anécdotas de un hombre elegante y bien formado, con grandes manos, peinado a lo garzón.

Ella se dejaba impresionar con cada nuevo hecho,    expresiva,  abría los ojos y no hacía falta que preguntara nada,  para que él le diera nuevos detalles  que le llevaran  al próximo estallido  de carcajadas.

Cuando la camarera se acercó, interrumpió un  momento, y sin oír lo que ella me preguntaba mi oído se alargaba  para  captar más de lo que ellos hablaban. Los oía reír, se veían alegres parecían una pareja disfrutando  del Amor fresco  y despreocupado de los primeros encuentros, cómplices en sus risas y miradas.

Ella lucía un vestido blanco y corto, apenas con dos tirantes finos que lo suspendían,  semi traslúcido,   que dejaba ver su silueta  fina, sus pechos  firmes y su cuello largo lucía  un collar que se hundía en su geografía,  como un río zurcando la ladera de dos esbeltas colinas. Él llevaba un pantalón de jean, camisa blanca y una americana. Sus zapatos hacían juego con el porta documentos de cuero marrón que tenía sobre la mesa.

El sonreía con cada gesto  que le ganaba a ella, hablaba pausadamente y no perdía la calma con la música que producía la risa de su interlocutora, ni  el tintineo de sus pendientes ó el juego del collar entre sus pechos. Èl se decidió a tomar entre sus dedos el collar y jugueteó con él, ella se lo quitó y ambos lo miraron cuidadosamente.

La camarera volvió a la mesa y dejo el café, me preguntó por la habitación  y entre la conversación de protocolo cuando volví la mirada  a la mesa, ya no los oí, se habían marchado y ahora solo el trino de los pájaros interrumpía el silencio de del salón.

Las palomas subieron a la mesa, y en el aleteo incesante y nervioso se disputaban el collar de aquella mujer, tenía un curioso detalle  que en el momento no  presté atención, y lo guardé en mi cartera para entregarlo en recepción tan pronto saliera del edificio, lo que debía hacer en ese mismo momento en que advertí por las campanadas de la Iglesia el cambio de hora.

Había casi olvidado mi reunión y salí rápidamente hacia ella,   a la que llegaba tarde, informe de ello a quienes  me esperaban,  anunciando que estaría en quince minutos. Entre en el escritorio  sin mucha parsimonia  me quite la chaqueta, me salté el protocolo de cómo había sido mi viaje y estadía  en el fin de semana en el Hotel. Le expliqué brevemente lo que se tenía que hacer en casos como este, y marché dejando mi tarjeta de visitas sobre la mesa con el tel. móvil anotado a mano en el dorso  por si necesitaban contactar conmigo nuevamente.

 

II.- Segundo Encuentro

Mi segunda reunión tenía por motivo una vista a   una casona en la parte vieja de la ciudad, que mi cliente, un extranjero acaudalado,  quería comprar para veranear con su familia, o mejor dicho donde ellos disfruten para que él pudiera disfrutar de su vida de soletero. Estaba previsto encontrarnos  en el propio edificio  para  ver la casa, de la que tenia curiosidad, y si todo iba bien, firmar con la vendedora,  con quien había mantenido comunicación por emails y acordado un elevado precio por la casona, un pre-acuerdo.

Al entar en el edificio me encontré  con un gran recibidor  coronado  por una bovedilla  con pintura renacentista. La pared de la derecha llevaba  una típica cerámica catalana  bicolor, cuyo  verde inconfundible  se fundía con las plantas  que decoraban la entrada y las cortinas con impresiones de palmeras.

Una escalera amplia conducía al primer piso del edificio, con un pasamano de madera  y cada escalón llevaba en su frontal  la misma cerámica típica de esas Vilas.

Las habitaciones amplias,  y los techos de casi tres metros de alto daban al edificio una majestuosidad que irradiaba el esplendor de una época. El ruido de mis tacones interrumpió  a quienes se hallaban ya reunidos, girándose repentinamente  dos personas, de las que  al  menos una conocía, era el hombre que había visto por la mañana en el hotel cuando el desayuno.

Se sonrió amablemente y me estrecho sus grandes manos con firmeza,   que yo con cortesía devolví, dijo llamarse Juan Carlos García Sanchez, hice lo propio con la elegante dama de cabello plateado que se  hallaba junto a él, y a quien yo pregunté es Usted,  Montserrat Rovira i Peret,  a lo que ella afirmó.

La mujer de ojos grisáceos  y vivaces prestaba atención a cada gesto que  hacía, me ofreció sentarme y beber algo, que yo rechacé amablemente. Tenía más curiosidad por saber qué hacía aquel hombre  allí. Pero me contuve y decidí ceñirme al guión de la causa de nuestro encuentro, los detalles de la operación que se me habían adelantado por email.

La mujer se disculpó y pidió al hombre que fuera con ella aparte, lo que obedeció y mientras intercambiaban palabras me ocupé de revisar las fotografías dispuestas de manera ascendente sobre la escalera, lo que parecía una réplica bastante parecida a la del hotel que había visto al llegar.

Aquellas mujeres con sus  largos vestidos, sus peinados de la época, sus puntillas y zapatos, sentadas en las mesas dispuestas frente al piano, y al final de la secuencia de fotos, ví el rostro de aquella mujer, ahora ampliado, que miraba altiva y fija, coronada por broche que cerraba el recogido de sus cabellos.  Los inconfundibles ojos grandes y vivaces, una sonrisa que se dibujaba en la comisura de los labios, sostenida por dos pómulos prominentes, y  culminaba en dos pequeños pozuelos que se hundían en su rostro,  haciendo el efecto de una gota al caer sobre un espejo de agua.

La mujer me llamó y al oír su voz  deje el viaje que había empezado en el hotel y ahora parecía continuar. Ella explicó que su hija se demoraba, y me extendió el documento que firmaríamos, donde advertí que lo escrito no era lo último que habíamos hablado. Mi mirada se detuvo justo ahí donde los números, mire al hombre esperando me aportara más información, no era lo que habíamos intercambiado por email con la mujer y eso era inusual, ella me había pedido más y en dos veces.

La diferencia me beneficiaba y callé. Las condiciones también habían cambiado,  y no se haría en dos momentos como expresamente me había pedido sino solo en ese momento.

Por la actitud  de aquel hombre, cuya mirada me evitó,  no obtuve una respuesta, pero la expresión en su rostro, en que su labio superior mordía casi sin querer el inferior (me recordó a un gesto del Truco) y con ello me dejó entrever  el juego.

La mujer inquisitiva en su mirada, nos miró a ambos, y dirigiéndose a mí preguntó: “¿Le parece bien?”

El hombre,  ahora estaba como un óleo de los dispuestos en el salón, cuya respiración y suspiros ratificaban su existencia, pero no eran como los que había visto a la mañana, y enmudecido me esquivaba. Hacía calor, el ambiente de verano se dejaba sentir su espesor, y el sudor de aquel hombre no era solo una reacción fisonómica derivada de la temperatura ambiente.

Mire a la mujer y afirmé con la cabeza su pregunta, entonces ella estampó su firma sobre el papel y yo la mía, nos dimos la mano con una sonrisa y entregué el dinero que me pidió  en ese momento, y quedamos en reunirnos en un mes en la notaría.

Èl se irguió  pero no sonreía, su semblante era otro, me extendió la mano en un gesto de despedida.

Yo caminé junto a la mujer y entonces pregunté por los fotos.

La mujer sonrió y dijo:

 “Es la difunta, mi  hermana, puede verla en la foto del final.

 Era muy elegante, la más parecida a mi madre, y se encargó casi en solitario de las propiedades de la familia hasta su muerte. Aquí el caballero que nos ha acompañado, el abogado de la familia,  y  siempre su asesor.

Esta era su casa donde vivió hasta su muerte. Ahora la hemos heredado mi hija  y yo, por mitad. “

Aproveché ahora que el hombre no nos oía para preguntarle si le parecía bien continuar nuestros contactos por email, y para mi sorpresa ella respondió, por Email. ¿Yo? No utilizo el ordenador, la que se encarga de esas cosas es mi hija con el abogado.

Con ella ha mantenido Ud. contacto.  Agregué sin más: “quisiera su teléfono directo para cualquier asunto que debamos hablar.”

La mujer extendió su mano y me entregó una tarjeta con sus datos, que yo agradecí.  Nos despedimos alegremente y yo marché. Me acompaño hasta el recibidor, donde nos estrechamos la mano, y me fui pensando en los acontecimientos que como impresiones se acumulaban y sucedían en mi cabeza, tantas coincidencias.

La imagen de la pareja en la mañana, y la que tenía ahora de él.

La mujer y su hija. La difunta en la foto de la escalera.

Volví al hotel, estaba agotada, nada más entrar en la habitación arrojé mis zapatos al aire, abrí el grifo de la bañera, las ventanas de la habitación para dejar salir el encierro, y nada más hacer esto, se escurrió por la ventana la música del patio del hotel.

Urge en mi cartera para sacar mi teléfono que no había revisado a causa de la reunión, notando que mis dedos se vieron aprisionados por una especie de cordón, que me recordó el efecto de la hierba del jardín, entonces como queriendo librarme de ellos tiré y de entre mis dedos recuperé el colgante que a la mañana  la mujer había olvidado en la mesa del desayuno con aquel abogado, y yo misma,  había olvidado entregarlo en la recepción.

Lo puse a la altura de mis ojos para poder verlo con cuidado, y  advertí que se podía abrir, y al hacerlo se presentó junto a mi una imagen amarillenta, un poco ocre. La imagen,  me resultó familiar, y ví aquella mujer de ojos grandes, y pómulos prominentes, cuya sonrisa se sostenía en la comisura de los labios dejando dos hoyuelos que la enmarcaban.

Las iniciales que en el reverso del relicario estaban incrustadas coincidían  con el nombre de la hija que  la mujer había mencionado  esta mañana.

Evidentemente, era la foto de misma mujer, la difunta, cuya sobrina había olvidado el relicario con su foto en su encuentro con el abogado.

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