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Estoy en el planeta Tierra by Mel Gómez

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Estoy en el planeta Tierra y aquí todo se está jodiendo. Anoche estuve viendo un especial en la tele sobre los animales que viven en los glaciares que irremediablemente se están derritiendo y parece que a nadie le importa. Hasta que no los ves de frente, no te duele. Osos polares, morsas, focas, pingüinos; todos muriendo de hambre y buscando un lugar en donde ubicarse para criar. En cuanto venía un depredador, se tiraban al mar para protegerse y luego, a buscar de nuevo un sitio que no estuviera sobrepoblado. Era doloroso ver cómo las madres protegían a sus crías, mientras las otras —las que se las querían comer— miraban preocupadas porque tampoco tenían qué darles a las suyas.

¿Algún parecido con la realidad humana? Mis sentimientos estaban encontrados, sentía lástima porque quería que todos comieran, que todos sobrevivieran, pero no a costa de la vida del otro. Me imaginaba a las dos madres en una conversación más o menos así:

—Mire, señora Morsa —decía la Osa Polar—. Mi hijo tiene hambre, podría usted darme a su cachorrito para alimentarlo.

—Óigame, pero por qué no le pregunta a la señora Foca, también tiene hijos. Los míos tienen hambre y si no fuera porque no comen osos, ya le habría dando un colmillazo.

—Pues de todos modos esperaré a que no tenga a donde subirse, pues el glaciar está derretido y casi no hay espacio.

 

Mientras miraba el programa, pensaba en la creación perfecta. Vamos, que se supone que todo se hizo en orden y para que todos fuéramos felices, incluyendo a los animales, las aves, los peces y hasta los gusanos. Entiendo que, por el pecado de Adán y Eva, nos hayan castigado a los humanos, pero, ¿qué culpa tenían los animalitos? Pero no, todos estamos en penitencia, todos en este planeta azul.

Nadie es feliz. No es la forma en que funciona el mundo. Unos estamos para comernos a los otros o viceversa. Y yo también soy culpable porque me gusta comer carne y peces. Supongo que este es un buen momento para volverme vegetariana, pero es que dicen que las plantas también sienten. ¿Y qué voy a comer? Entonces, se me caen en pedazos todos los esquemas. No era así, he vivido creyendo lo que no es. Esto es más difícil de entender que el concepto de la «nada», complicadísimo.

Los humanos nos perseguimos, en todas las escalas. Un país a otro; el rico al pobre; el político al pueblo; el heterosexual al LGTB+; y así sucesivamente. Somos intransigentes, intolerantes, imposibles. Nos sentimos perfectos, indestructibles y eternos. Cuando alcanzamos los sesenta —si es que llegamos— nos damos cuenta de que nuestra superioridad, invulnerabilidad e inmortalidad, era solo un espejismo. Una ilusión a la que nos aferramos cuando hemos pasado más de la mitad de la vida, con suerte.

Alguna vez me he preguntado y hasta lo he escrito, que pasará después del llamado «Apocalipsis». Se supone que los «buenos» vayamos —sí, me incluyo en los buenos— a un lugar al que le llaman «Paraíso». Los hombres, o seres humanos, para no discriminar, ¿seremos buenos en ese lugar? ¿No habrá soberbia, pereza, lujuria, avaricia, gula, ira o envidia en ese sitio tan perfecto? Dicen que las calles son de oro, que no habrá llanto ni dolor, no más guerras. ¿Y a qué se va a dedicar la gente allí? Ya sé a jugar al fútbol… Y, ¿cómo le van hacer las fanaticadas de los distintos equipos? ¿No van a pelear, ni a tirar botellas, ni a insultarse? ¿Se imaginan un partido así? Yo no. Precisamente es lo que le da chispa al asunto.

¿Qué haremos con las pasiones? A algunos nos apasiona el arte, la belleza, la fauna, la flora, la comida, el baile, la fiesta, el amor en todas sus formas. ¿Nos dedicaremos a la contemplación, a la meditación, al rezo? Que me perdone Diosito, pero se me hace aburrido. Espero que esto no lo lean mis amistades cristianas, que no atento ofender al Padre Celestial, solo cavilo.

Es que por más que reflexiono en ello, no me cabe en la cabeza, que, si somos nosotros los habitantes del paraíso, el mundo se volverá color de rosa. La naturaleza del hombre es pecaminosa, agresiva, peleonera. Los niños hacen travesuras, que nos hacen reír, pero siguen siendo conductas no aceptables. Por eso les decimos que no, los regañamos y les enseñamos lo que se debe hacer para vivir en sociedad. Nadie quiere un hijo salvaje, y si lo quiere, el resto no tenemos por qué soportarlo.

Estoy en el planeta Tierra y esto se está volviendo un mierdero, con el perdón de la real academia de célibes y beatas. Las personas no tienen tiempo para sus vidas, no tienen tiempo para limpiar sus casas, no tienen tiempo para vivir. Luego se sientan a ver en la tele o leer en las revistas, qué pasa con la realeza inglesa. No entiendo por qué son tan famosos, como si no hubiera otras casas reales en el mundo. Los noticiarios se ocupan de sus casamientos, divorcios y paritorios. Qué de qué color es el último miembro; qué si es americano o británico. Pobre criatura, ni ha visto bien la luz y ya lo tienen bajo la mira, para al menor pretexto lo crucificarlo. Es tan interesante juzgar a otros, aunque la casa se nos esté cayendo encima. Es reconfortante ver cómo a ellos también la vida los maltrata. Así hace sentido el refrán de «El dinero no lo es todo», pero cómo ayuda, ¿no?

En fin, ya me dejo de lucubraciones imposibles, sigo en el planeta Tierra y aquí todo es un desastre, un descalabro. Tal vez me sea mejor, fijarme en lo bello que aun nos queda.

 

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