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«Sudacas Boys» Sergio Nuñez

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CAPITULO 1- (La creación)

             Al principio había caos solamente. Las tinieblas envolvían todas las cosas.

 Decidí, obnubilado, que debía encender la luz, pero claro, antes de llegar a la perilla del velador, hice caer torpemente el despertador, el cenicero lleno de colillas y un encendedor. Regalo de Penny, la dulce Penny…

            Todo se desparramó, parte sobre la alfombra y un poco en el sofá. Mi pequeño gato Curly, salió disparado entre las penumbras. Llegar hasta el baño, fue entonces, una odisea. Los zapatos me los calcé como si fuesen pantuflas. Arrastrándolos. Mi cabeza palpitaba como un tambor, los ojos me ardían. El olor a humedad y a tabaco comenzaban a producirme náuseas. Media hora después, la resaca de una noche fatal de borrachera, gracias a la ducha fría, dos aspirinas y varias arcadas y vómitos, parecía haber amainado. Corrí las cortinas del ventanal, alcé un llavero y un calzoncillo sucio del suelo y con él en la mano comencé a contemplar la ciudad allá abajo. Las diez y media de la mañana. Era martes…, ¿o lunes…? En fin, sobre mi escritorio tenía dos carpetas con recortes de diarios, fotocopias y apuntes del expediente oficial de aquel caso que me habían encargado dos días atrás.

            Algo realmente triste y para mi gusto…demasiado oscuro.

                         Palacios subió a su auto color negro, con vidrios polarizados, llantas plateadas y esa forma sensual que tienen los últimos modelos y que tanta envidia me provocaban. Desde mi Chevy azul, modelo setenta y siete —aún en buen estado a pesar de todo— lo vi dirigirse hacia su casa de fin de semana. Los viernes a la tarde, era su rutina. Tomaba generalmente el Acceso Norte, unos mil metros hacia el Este y luego la Ruta 12, seis o siete kilómetros. Lo seguí, tomando precauciones. En realidad, si hubiese querido ponerme a la par, no lo alcanzaba. Mi auto, debo aclararlo, no estaba en condiciones. Ni mi billetera. Ni mi status.

            ¿Por qué entonces, estaba yo, detrás de este tipo tan odioso, frío, calculador…millonario?

 

            Fabián me llamó el domingo a mediodía. Tenía esa maldita costumbre. Siempre interrumpía mis madrugadas de fin de semana. Me sorprendió con la noticia. Carina Hasselborn se había suicidado. Su cuerpo cayó desde el octavo piso del edificio que Vainstum y Cía. poseían en la Avenida Alameda de la Federación, a una cuadra del Parque Urquiza. Ex modelo. «Se rumoreaba que cuando jovencita, estuvo desnudándose diariamente en el Bar El Recado, en un grotesco show de lesbianismo. Rumores.» Conoció a Palacios a través de un amigo en común, el abogado Juan Gianello, un rosarino muy inteligente, pero igualmente de depravado en sus gustos sexuales. Según otros malintencionados rumores, le gustaban las niñas menores de edad. Organizaba fiestas donde corría el alcohol y las drogas. Alguna vez tuvo un pequeño…problemita, con una tal Cinthia que apareció degollada en el callejón, detrás del Bar El Recado justamente, a dos cuadras de la vieja Terminal de Ómnibus.

                        Pero el Juez Saúl Linchitz, judío católico, fundador de la Organización para Ayuda a los Inmigrantes Sudamericanos, miembro activo además del coro de la Iglesia San Miguel Arcángel y varios blasones más, lo ayudó a salir de aquel feo incidente. Acusaron a Kevin, un ex amante de Cinthia. Le dieron perpetua. Lo que se dice, dos pájaros de un tiro.

             Palacios respetaba los límites de velocidad y las señales de tránsito. Al menos eso.

             El encendedor eléctrico de mi coche estaba fallando un poco, revisé mi guantera y ahí, junto a mi Magnum 44, descubrí que había puesto el «regalito» de Penny. Un antiquísimo encendedor plateado con un logo de los Rolling Stone. Primero chispeó dos veces antes de encender y luego la llama permitió que mi cigarrillo dejara escapar unos cuantos gramos de nicotina hacia mis maltratados pulmones. La radio, entretanto, desgranaba algo de música. «Thriller» de Michael Jackson. Pobre. Su cadáver no se había enfriado todavía y ya su familia se repartía millones y salían a hablar mal de él.

                        El lujoso Audi de mi sospechoso se desvió por entre los árboles hacia la parte de atrás del Autódromo abandonado, cerca del cementerio de la colonia alemana. Dejé pasar unos minutos echando mi auto a la banquina, la ruta estaba demasiado transitada. Fin de semana. Claro. Lógico. Terminé el cigarrillo casi junto con la canción de Michael y apagué ambos. La zona me recordó a los lugares que solíamos frecuentar con Penny. El Chevy entre los árboles, su cuerpecito menudo sobre mí. Desnuda y jadeando.

 

CAPITULO 2- (La sagrada familia)

             Eduardo Palacios tenía unos cincuenta años muy bien llevados, como se dice. Claro, buena familia, buenos estudios, universidad, fútbol, nada de drogas. Al menos no la consumía.

            Y muy buenas chicas. Casi todas de familias adineradas. Arrancó con un cargo de Subdirector de Tráfico en una de las empresas de su padre, Juan Palacios, desde donde controlaba unos doscientos camiones y un par de avionetas privadas que recorrían gran parte de Argentina llevando y trayendo material médico a los hospitales y clínicas del país, especialmente de Estados Unidos y España. Dos años después era Gerente Comercial y hoy, el dueño de casi todas esas empresas. Su padre estaría orgulloso de él, sino fuese porque se encontraba postrado en un sillón de ruedas y con la mirada distante, viendo a través de la ventana del Hospital Psiquiátrico Privado, ubicado en las afueras de la ciudad de Paraná, de donde eran oriundos todos. Un hospital de última generación y con la mejor atención. Personalizada. Lo que la familia Palacios podía pagar.

            El motor de mi Chevy había recalentado un poco, aun así, llegué hasta el hermoso claro de aquella arboleda, a unos cien metros de donde Palacios procedía a introducir su coche. Un garaje con puerta automática, a control remoto. Bajó el portón luego de dejar el coche dentro y observó distraídamente los alrededores. Sacó su celular.

            —Oficina del Juez Linchitz… ¿Qué desea?

            Nancy conocía la voz y el número del celular aparecía en la pantalla de su Notebook, sobre el escritorio amplio, vidriado.

            —Por favor, Nancy, dígale al juez que ya estoy aquí, en casa. Si no está en su oficina, localícelo donde sea —El tono de Palacios era imperioso.

            — Llámelo a su privado, si quiere… —contestó Nancy con amabilidad.

            —No. A veces las paredes oyen. ¿Entendés?

            —Bien, señor —Tratando de parecer graciosa—. Debe haber por aquí algún oído pegado a la pared, ¿no?

            —Si es así… ¡¡¡que se vayan al carajo!!! —dijo Palacios y cortó.

            El agente Colman no sonreía con aquella conversación. No le causaba gracia. Se sacó uno de los audífonos y mirando al Cabo Damián, junto a él, en la Combi y susurró:       —Te queda poco tiempo…hijo de puta. Aprovéchalo, casi te tenemos agarrado de las bolas —Ahora sí, Damián sonrió. Y le alcanzó un mate frío.

 

            Amanda Brondani, provenía de una familia inmigrante italiana, la cadena de pizzerías en el centro de la ciudad, una en calle San Juan al final, otra en calle 25 de mayo y otra más en el Shopping Center, le habían dado a ella y a su hermana Marisa, la suerte de poder estudiar. Así concretó también su sueño de llegar a ser contadora y administrar el dinero de los negocios familiares. Cuando cumplió los veintiocho años, estaba al frente de uno de los locales, el más grande de todos, en calle 25 de mayo, frente el Bingo. Tocaba el cielo con las manos y fueron, precisamente las manos de Juan Palacios, lo que más impresión causó en ella al conocerlo. Cliente habitual. Miradas. Llamadas cerca de la medianoche. A cinco años de salir juntos, de Marisa —su hermana— recibía de regalo el mando de todos los locales y ella pasaba a mejor vida. Es decir, se convertía, por obra y gracia de la muzzarella, en Amanda Brondani de Palacios. La señora de Juan. La mamá de Eduardo. La actual dueña de todo.

 

CAPITULO 3-(Judas)

            Lo mío, en cambio, no fue tan rosa. Mas bien pareció una pesadilla. Logré mi título en Criminalística de la Universidad de Santa Fe y con una beca, llegué a las tierras del Norte. Estados Unidos. Una especialización y a trabajar. De mozo, de cadete, de traductor español-inglés, de jardinero. Hasta que mi fiel amigo Fabián, de la Jefatura de Policía de Entre Ríos, a doscientos kilómetros de mi ciudad natal, me ayudó a ingresar a la agencia. Ayudándome también a pagar el pasaje de vuelta.

            Compartíamos un ruinoso departamento en calle Alem, cerca del Shopping, él se especializó en Programador y Aplicaciones para sitios Web, lo cual lo ayudó a llegar un poco más alto que yo, en la Jefatura de la Agencia, la cual no tenía nombre, ni pasado, ni antecedentes. No existíamos para la Policía local y Federal. Solo el Gobernador de turno y el Ministro de Seguridad, sabían de nosotros. No todo, por supuesto.

            Lo demás, mi carrera, no fue tan vertiginosa. Pasaron diez años. Aprendí algo de leyes. Nombres de calles en ciudades cercanas a las cuales me enviaban para descifrar los cuernos de algún marido celoso o el robo de algún local de comidas rápidas, pequeñas estafas a algún ganadero, casi nada de lo que yo ansiaba investigar. Un caso grande, importante, riesgoso. Tuve que instalarme por mi cuenta. Como pude. Ahora, lo más valioso que poseía, era mi Magnum 44 y el otro título, ese, el de las películas. El que me daría montañas de dinero en dólares y mujeres de vida fácil, viajes por países exóticos y… ¿Por qué no? El Oscar. Cuando se filmara mi biografía completa. «Williams Núñez, Investigador Privado».

 

 

 

 

 

 

                       

 

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