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Sueños by Marcelo Osorio

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De pequeño tuve dos sueños recurrentes, uno de ellos asociados a una película que vimos en casa junto a mi hermano y padres. El segundo, siempre tuvo una carga de vergüenza, porque siempre me veía desnudo enfrente de muchas personas y sus risas burlonas.

Volar de la nada, simplemente pensar en ello y ascender, agitar los brazos más bien para dar dirección y viajar con la liviandad del aire, aun así lo hacía estando en vertical, no como los super héroes.

Lo mejor era la paz del alma y esa sensación del viento haciéndome leve ante todo, entonces empecé a visitar lugares donde me sintiera bien, no porque en casa fuera un caos o un lugar invivible, ahora tenía un poder sobrenatural y lo iba a usar, para conocer más y no ser como los árboles.

Visité a mis abuelos en el sur y el paisaje es otro desde los cielos, las nubes ayudaban a ocultarme de curiosos y cazadores de aves. La letanía del viaje me recordaba los parajes pintados por los dioses ingleses y reconocí en esa suavidad la suerte poderosa del sueño. Me avoqué a distinguir el viento de lluvia y el viento de las nubes, reconocí en sus formaciones y la altura de su nacimiento las dimensiones de esas hermosas masas de agua. Entre las nubes me sentía invisible con forma de mota de algodón y un fugaz colorido dulce en las tardes de ocaso derretía todas las formas anteriores, podía escurrirme hasta llegar al horizonte y cortar las nubes, hacer figuras en forma de conejos, cachorros de perros y hasta hipopótamos bebé.

Entre las nubes el viento era compañero y hasta competíamos por ser el más veloz, pero siempre cerca de mis abuelos, ellos eran mi conexión con la tierra, con la tertulia de tardes amarillas y anaranjadas, en ellos la paz era mirar más allá de los árboles y reconocer las vallas divisorias del campo. Podían invocar a la lluvia y ver la estampida de pequeñas aves en busca de refugio, sentir el tamborileo de liebres y conejos cuando el cielo encapotado se volvía gris y diluvio, luego unas hojas de laurel al brasero y la paz volvía a ser rojiza con las últimas llamaradas del adormilado sol.

Soy Ramírez por el abuelo, un apellido de bosques, de aves, un hombre de pasos lentos en la espesura del sur, los escarabajos conversaban con él y sus consejos me llegaron años después en una cama de acículas secas, donde sus colores me hablaban de la naturaleza y el inexorable cuajo de vida que recién tenía. Un apellido lleno de humedad y calidez otoñal. La veta de mis abuelos se mimetiza con el verdor de los arbustos. De mi abuela que era una Valdés con acento heredé la paciencia del musgo y la frescura del rocío delgado que besaba toda la tierra. Sus manos eran de greda, no de arcilla refinada, su contundencia a la hora de golpear la mesa asemejaba el canto del tue tue.

Cuando volaba sobre los trigales pensaba en el dorado del pan, crujiente ante los avatares del viento y el regalo del tiempo, cuando posaba mis pies en el suelo solo acudía a mí la tranquilidad del viaje y el destino volvía a vibrar en toda mi piel, en el conjunto silencioso del retorno al sueño.

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