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Lo que dice mi mente by Awilda Casstillo

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Hoy miro el mar, donde termina su intensa línea azul y el horizonte se convierte en uno solo con ese cielo entre gris y un tono que se difumina y me acompaña. Mis pasos son pesados y encuentro en cada grano de arena de la playa un motivo para no olvidar ¿porqué te quiero?

Han sido muchos los días en desespero, pero hoy he vuelto aquí, a nuestro lugar. El mar ruge como alguien que tiene un dolor que no cesa, quizás porque recuerda junto conmigo las cosas que frente a él nos dijimos.

Los hechos dicen que perderte ha sido una simple consecuencia de lo empecinado y hasta tonto que puedo llegar a ser, sin embargo lo que dice mi mente es que aún estoy a tiempo de recuperarte y que no todo está perdido. Quizás porque mi mente está inundada por lo que el estallido del sentimiento ha hecho en mi desde que ya no estás.

—Desde que ya no estás, suena raro y hasta inusual que yo lo diga. Yo siempre he estado seguro de que estarías, cada vez que volteara, al final del camino, luego de una carrera de las mías, esas en la que acostumbraba a perderme, sin que tú pudieras retenerme de algún modo.

Ese era yo, en mi mundo egoísta, ese mismo en el que no contabas tú para mucho, sino más bien para ser parte de mi, como la mejor escenografía que escogía para el camino y nada más.

Quemé mil veces en tu piel, tus ganas de venir a darme lo que tenías dentro; apagué cada una de tus emociones como la ceniza de una llama ya extinta luego de ser arrasada por un invierno frío, hasta convertirla en lo que soy, un triste y helado témpano de hielo.

La culpa me golpea como las olas que rozan mis rodillas en este momento, de algún modo. Me he sentado en esta roca, la nuestra o más bien más tuya que mía, porque en ella te sentabas a observarme, mientras yo recorría el lugar pretendiendo conquistar cada huella del camino, rociando con mis palabras la vida de otras personas, mientras tú simplemente, me comías con dulzura con cada una de tus miradas. Pero yo no lo vi. Estaba tan ensimismado en mis cosas, que la vida se me hizo objetivos y metas, cuyo pulso era conformado por aquellos de quien pretendí una y mil veces obtener aprobación, sin conseguirlo.

Fuiste brisa que rozó mi mejilla y cuando alguna gota la mojó, nunca entendí que fuera una lágrima tuya, saliendo desde la profundidad del dolor que provocaba mi olvido. No lo supe, o mejor dicho nunca me interesó saberlo. Era solo que me sentía tan bien siendo tu universo entero, que ya nunca pensé llegar a sentirme satélite tuyo en algún momento.

Y ahora que no estás y mi mente inventa las mil formas posibles que existen para no solo decirte, sino demostrarte que te quiero, estoy solo frente a este mar sin que tú asistas a esta cita desierta; y el amor que has dejado en mi plantado como raíz de un gran árbol, ha empezado a echar renuevos y mi corazón se hincha y te suspira, pensando que no estás y que aun así, te siento.

No lo vi, lo tomé a juego; cada vez que salías lastimada por mi imprudencia de acercarme a otra, de encender su piel y tenerla sin que me importara mucho cuanto te dolía. Eso me hacía sentir el dueño del mundo, sabes. Tú lo aceptabas todo, yo ponía mis reglas, incluso los límites que tú tenías con respecto a mí, convencido de que eras mía, y como todo lo que ya uno ha conquistado y pasa a ser del inventario, te asumí  como artículo que se guarda, porque la demanda de momento no era mucha.

Tú dolor fue tuyo, no me lo impusiste, dispare a quemarropa más de una vez, y al verte ahí, aún de pie, solo pensaba en recargar mi arma para ponerte a prueba la próxima vez, a ver qué tanto era lo que realmente sentías y si era tan inmenso como decían tus ojos, cada vez que me acercaba y tú temblabas, en

esta misma roca donde ahora me siento y en el que tú espacio está vacío.

—Es hora de marcharme, dijiste y no me importó; cada día habría un momento de marcharse. Como el sol al final del día, como la luna en cada amanecer que comienza, como las flores cuando ya su tiempo ha terminado; todos con el compromiso de volver, para seguir dando de lo enorme, de lo que había en el corazón. Pero no fue así. Tu marcha no era con retorno y yo no lo entendí.

Te vi dar pasos lejos de este lugar y aún sonreía de pensar en lo que te contaba y como hacía vibrar a alguien con mi retórica, con la emoción que sabía dejar para luego no quedarme. Mi juego, el de siempre, el de las palabras…. esas que envuelven y lo abarcan todo y que cuando termino de decirlas, son solo eso, palabras que ya olvido. Se que te sentiste piedra, ola, hasta concha de mar en ese momento, porque así fuiste tratada por mi, como una cosa, utilitaria al fin, pero desechable también cuando yo andaba en algo más. No como una humana, sobre todo no como alguien que ama…. así no te traté, seguía ciego. Como alguien que tiene ese defecto visual que no permite leer bien estando cerca y hay que tomar algo de distancia para que mejore nuestra perspectiva. Fue justo eso lo,que me pasó. Te ví alejarte sin más, hasta perderte, hasta que tu silueta solo fue un punto sin identificación en la distancia y al voltear y ver mis notas y las tuyas, lo supe. Me habías dejado.

No lo asimile y mucho menos lo acepté, mi ego no lo permitía; tú no podías dejarme a mi. ¿Tú? La de los quinientos mil te quieros  sin recibirlos de vuelta, la de buscarme a cada hora del día para contarme la vida aún con sus desazones, pero ahí estabas, conmigo.

Hoy, han pasado casi noventa días después de aquello. Han sido tres meses en los que todo se me ha hecho vacío, y ya ni el encantar a alguien con lo que soy y mis palabras, surte el efecto de adrenalina que antes me daba. Eso era bueno, si había alguien para aterrizarle en lo que sentía, si un beso me esperaba de vuelta y un corazón latiendo por mi, me rescataba. Ahora todo ha sido un silencio muerto, un frío hasta en los huesos, un sexo que no tiene sentido ni siquiera hacerlo, mucho menos contarlo. Solo el espejo permite que le vea, y detrás de mis pupilas se dibuja tu rostro, porque aquello que conocimos en nuestras certezas, lo dejamos borrar por el ego del descuido.

No atiendes mis llamadas, y es que a pesar de que hubieron unas cuantas hechas por mi hacia ti, siempre fueron para lo mismo, para hablar de mi, mismo, de mis conquistas, de cuando debía irme y cuánto se me hacía difícil o fastidioso el saber que no querías que colgara. Pero ese era yo, el dueño del tiempo en este nuestro universo, o mejor dicho, el mío.

Hoy, insistentemente marco tu número una y otra vez, como esperando que suceda el milagro y decidas regalarme un respiro, ahora. Que olvides todos mis errores y te atrevas a escribir una verdadera historia conmigo, donde así como la ola que en este momento yace sobre la orilla, mojándole hasta empaparla y luego se va para volver enseguida, así tú decidas estar conmigo, ya no desde lo dañino de un corazón ciego y tirano en su ego, sino desde el lugar de uno que ha reconocido que lo bueno de ti se ha colado hasta mis entrañas, tatuando lo que eres sin que pueda despegarme de ello.

Mi mente dice que volverás y estaremos juntos, quizás sigue alienada por lo que el corazón siente. Tal vez la esperanza no es la salida más objetiva, pero la tengo. Hoy estoy frente al mar, este, el nuestro y te imagino aquí, conmigo, en medio de tu silencio suave que me decía a gritos continuamente cuánto me amabas, y que yo obvié por hablar de mi mismo. Ese color de allí, el del final, se que te encanta, por eso voy a guardarlo para que vuelvas y al encontrarme con su matices no dudes que me parezco cada vez más a ese a quien amas.

Eso me dice mi mente, aunque también puedo estar equivocándome y ya tú no vuelvas a la nada de ese sentimiento que te hacía sufrir, sin que pudieras obtener de mi lo que sin decirme, esperabas.

 

 

 

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