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Fisgona y el chasco Mel Gómez

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Algunos me preguntan que ha sido de la vida de Aida. Sí, esa misma a la que le gustaba fisgonear y espiar la vida de los demás. ¿Se acuerdan que persiguió a Adán el obrero hasta llegar a la casa, con el solo propósito de investigar para qué o para quién quería las flores? Hombre, si no había que pensar mucho que tenía en mente. Por supuesto que un revolcón monumental, ¿qué más? Pero a ella desde entonces se le ha quedado la costumbre de observar y luego perseguir a la gente.

Les cuento que el otro día vio a un chino que comía solo en un restaurante, de esos de bufete en los que te levantas y te sirves cuantas veces quieres. Pues la entremetida se sentó en una mesa desde donde podía observar al pobre hombre mientras almorzaba su sushi. A ella le parecía exquisito y sensual como manejaba con los dedos los palitos, se los llevaba con suavidad a la boca y masticaba muy despacio cada bocado. Se imaginaba que esa misma ciencia y paciencia tendría al hacer el sexo. Por eso cuando terminó el chino de comer decidió seguirlo. Necesitaba saber dónde vivía y con quién.

Aida se subió a su auto súper económico y él iba en uno similar. Cuando llegaban a un semáforo, ella le alcanzaba para ver que hacía.  Él parecía ajeno a que alguien lo seguía. Así continuó la persecución hasta que llegó a un barrio muy nebuloso. Vio al chino que se bajaba del auto y unos hombres que se acercaron a él con cara de pocos amigos. Chinos también, pensó ella por su apariencia. El hombre se veía asustado y les explicaba en su idioma algo que Aida no entendía. Se veía agitado. Los hombres se veían molestos y uno de ellos lo empujó y el cayó al suelo. Para ese momento, ya ella se estaba arrepintiendo de haberse metido a husmear.

De pronto sintió un cañón frío en su sien.

 

¿Qué cómo salió Aida del aprieto en la persecución del chino?  Resulta que el del cañón frío era amigo del chino y la iba siguiendo a ella, porque ella lo iba siguiendo a él. Una vez Aida le explicó avergonzada su parafilia al del cañón, las cosas mejoraron para ella, pero de todos modos se tuvo que quedar a ver como terminaba el asunto a lo Jackie Chan. Patadas por aquí, patadas por allá y uno que otro tiro. ¿Y Aida? Cagada literalmente. Agachada y escondida en el asiento trasero del auto hasta que llegó la policía. Pero no crean que luego de esa experiencia nuestra amiga desistió de fisgonear. Para nada. Solamente decidió hacerlo con «más cuidado».

Resulta que fue a parar a un centro nocturno de mala muerte donde estaba tocando un grupo de música muy sabrosa. A ella le encanta la bailada y por eso se fue a un palenque, donde segurito iba a poder curiosear a sus anchas mientras retorcía sus huesitos al son de lo que los músicos tocaran. Llevaba un rato largo contoneándose cuando divisó a este monumento de hombre alto, esbelto, de facciones divinas y ella que se dice, «A este me lo voy a huronear esta noche». Se sentó en su mesa y empezó a observarlo de arriba a abajo con calma, vamos, a vivírselo.

Él llevaba traje y corbata. A ella se le hizo que estaba un poco sobre vestido para el lugar, pero de todos modos se veía hermoso. Ni sudaba. Vio cuando pidió el trago y sonrió muy amablemente al barman dándole una buena propina. Luego comenzó a caminar por el salón, despacio como una pantera y ella embobada no podía quitarle la vista de encima hasta que ¡puf! El hombre que hace contacto con la mirada y sonríe.

Aida se sonroja al ser descubierta. En eso, otro que la saca a bailar y ella no rehúsa un baile pues cree fervientemente que, si dice que no a uno, nadie más la baila en el resto de la noche. Así es que se fue a remenearse en la pista. Cuando se sienta de nuevo ve que el monumento viene caminando hacia ella, pero otro se le atraviesa y la saca. De nuevo ella se va pues sabe que, si no lo hace y después acepta bailar con otro, puede ocasionar una pelea. Cuando vuelve a su asiento al fin el monumento llega y extiende su mano a sacarla. Ella se levanta toda entusiasmada y el hombre muy afeminado le dice:

—¡Ay, niña! Si a ti para bailarte hay que hacer fila.

 

 

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