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LA BALA DE LA SUERTE by Fernando García Siles

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Juancho lo había sido todo en el mundillo del ardid y el engaño. Fue crupier de fortuna en casinos de dudosa respetabilidad, el más tramposo trilero, el más hábil de los rateros. Más de mil veces había pisado las comisarías y ya las conocía como la palma de su mano, esa que con tanta agilidad desvalijaba un bolsillo, como hurtaba un reloj de pulsera -que nunca quiso saber de la palabra robar-, como hacía desaparecer las bolitas de los cubiletes sin que nadie se percatase lo más mínimo.

Sin embargo, desde hacía tiempo cambió, de algún modo, su modus operandi. Se dio cuenta de que por más que fuese un maestro en estas artes, no le era en absoluto rentable o, para ser más exactos, tendría pingües beneficios con solo cambiar un par de cosillas. Había descubierto que de sus gráciles dedos podía sacar muchísimo mayor provecho a tanta sabiduría y que en su nuevo juego nadie se atrevería a denunciarlo por estafa, lo cual suponía una ventaja inestimable.

Se hizo con un viejo revolver, de más que dudosa procedencia, que compró a un desarrapado de los que tanto frecuentaba y que prometió que había encontrado en un basurero, allá donde pernoctaba. No preguntó nada más, no le interesaba lo más mínimo. Lo único que quería saber era si disparaba de verdad, aunque, bien visto, ni siquiera eso era importante puesto que tenía la absoluta certeza de que nunca sería disparado, que de eso ya se encargaría él.

Se hizo con una bala de oro del botín de otro compañero de andanzas. Era preciosa, de un dorado inmaculado y refulgente. A todas horas le sacaba brillo echándole vaho y limpiándola con fruición con un raído pañuelo que le acompañaba desde hacía una buena cantidad de años. La contemplaba al trasluz, extasiándose con sus reflejos, enamorándose de ella a cada instante. Se había convertido, por obra y gracia de su buen hacer, en su medio de vida y ya no concebía esta sin su compañía. No, nunca se desharía de su preciosa, de aquella pieza única de metal y pólvora.

El juego era bien sencillo: citaba en las ruinas de una vieja fábrica sita en mitad de ningún sitio a un incauto forrado de dinero y allí se lo jugaban todo a la ruleta rusa. Juancho le mostraba el revólver, orgulloso y desafiante, practicando su más estudiada sonrisa de aquel que desafía sin temor a una muerte azarosa. Abría el tambor y sacaba de su bolsillo su bala de la suerte, su más preciado bien. La alzaba bien alzada para que no hubiese duda de lo que era y de cómo era. Fingía acomodarla en su recámara y, con una velocidad de vértigo, cerraba el cilindro y lo giraba con todas sus fuerzas. Así el azar solo presentaría su cara más amable para él. Juancho siempre se prestaba a ser el primero en entrar en acción en un alarde de valentía que dejaba impresionado a su oponente. Se disparaban a la sien alternativamente y cuando ya solo quedaba por realizar el último de los disparos, el rival, consciente de que solo le esperaba una muerte cierta, cesaba en su empeño, entregaba gustoso su dinero y se retiraba cabizbajo, pero celebrando el haberse mantenido con vida. A veces le exigían, en ese último momento, que demostrase que realmente estaba cargada. No tenía ningún problema: lo abría y, con la destreza que siempre le había caracterizado, introducía el proyectil en su acomodo, con lo que nunca nadie pudo demostrar irregularidad alguna.

Cierto día se citó con un ser muy singular: su aspecto era de un mendigo, harapiento y famélico, de greñas alborotadas, uñas descuidadas, largas y ennegrecidas. No daba mucho crédito a lo que estaba viendo. Un individuo como aquel era inconcebible que se prestase a aquel pasatiempo. Todos los que le habían desafiado eran personas pudientes y aburridas en busca de una acción que les hiciese olvidar su vida llena de lujos y tedio. Sin embargo, aquel que tenía en frente no era más que un desarrapado del cual dudaba siquiera que tuviese una moneda en el bolsillo.

– Buenas noches-saludó el visitante lleno de congoja.

– Buenas noches-devolvió el tahúr el saludo, lleno de curiosidad-. Estás seguro de que sabes dónde te estás metiendo.

El mendigo asintió cabizbajo con una bolsa de plástico entre las manos que apenas atinaba a abrir. Parecía ansioso, deseoso de acabar con aquel tramite cuanto antes. Sacó de su interior un buen fajo de billetes arrugados y desordenados. Uno por uno los fue estirando y los dispuso como buenamente pudo encima de un poyete, colocando encima un trozo de escombro para que no se volasen.

– Aquí tienes, los tres mil que habíamos quedado.

Los cogió y los contó al tiempo que, de reojo, contemplaba a aquel a quien tendría que desplumar. Mientras lo hacía, un sentimiento de lástima le recorrió el espinazo. Le daba mucha pena quitarle aquello, de seguro que lo necesitaría más que él, aunque no podía explicarse de donde lo habría sacado.

– Perfecto, son los tres mil del ala. No te ofendas, pero ¿puedo hacerte una pregunta?

–  Ya me imagino cual va a ser. Esta pasta la he conseguido de poca la familia que todavía cree en mí y de algunos prestamistas que me van a cobrar una millonada. Como podrás suponer mi situación no es especialmente buena. No tengo trabajo, ni visas de tenerlo. No tengo casa, ni esperanzas de tenerla, ni mujer, ni hijos, ni nada de aquello que pudiera estar orgulloso. ¿Qué puedo perder? Si gano podré devolverlo todo y cubrirme las espaldas, y si pierdo…si pierdo ¿qué más me da lo que puedan reclamarme? ¿No crees? –sonrió con melancolía mientras se alisaba el mugriento cabello, nervioso.

Tragó saliva. Nunca, en su larga vida de maleante, se había enfrentado a una situación igual, siquiera parecida. Le apenaba lo que estaba oyendo y le comprendía. De buena gana se lo hubiera perdonado, pero un trato era un trato y parecía obstinado en perder todo aquel montón de euros o incluso su vida a manos de aquellos malditos usureros, pero si se dejase llevar por sensiblerías baratas nunca medraría y eso no entraba en sus planes.

– Como quieras. Tú sabrás lo que haces.

Procedió con su ritual: mostró la bala, abrió el tambor, simuló introducirla en su recámara, lo cerró y lo volteó con todas sus fuerzas.

– ¿Estás seguro? – le preguntó por última vez, dejándose llevar por un atisbo de humanidad.

– Lo estoy. Quiero acabar con esto cuanto antes.

– Está bien. Solo quiero que no pienses que no te di la oportunidad de arrepentirte.

Nuestro hombre, siguiendo su norma no escrita, se llevó el primero el cañón a la sien, sin oposición alguna, fingiendo un temor que no sentía. Apretó el gatillo y el martillo retrocedió un instante para luego precipitarse con toda su ira provocando un espeluznante chasquido al que no acompañó el bramido de un disparo.

– Es tu turno-le entregó el arma colgando del guardamonte en su índice.

El indigente la asió sin poner empeño alguno. No era más que un trámite que habría de pasar cuanto antes, sin emoción, sin recelos ni miedo, nada tenía que perder. Al apretar el gatillo ni tan siquiera cerró los ojos. De aquel modo se repitieron las intentonas hasta llegar a la penúltima. Juancho le miraba atormentado, no estaba siendo honesto y, aunque realmente nunca lo había sido con nadie, en esta ocasión el remordimiento no le dejaba vivir.

– Estos son los dos últimos disparos. Por favor, firmemos unas tablas y cada mochuelo a su olivo.

El otro negaba con la cabeza, decidido y acongojado. Estaba dispuesto a llegar hasta el final, fuera el que fuese.

– Está bien, tú lo has querido-siguió con la pantomima de hacerse fuego.

Ya solo quedaba una sola intentona, la sexta. La bala de la suerte debería de dar muerte a aquel que la provocase, no debería de haber escapatoria.

– Ya está todo dilucidado. Solo queda una bala en la recámara y es para ti, así que vete por dónde has venido y que Dios te ampare-le golpeó con suficiencia el hombro.

Cuando se abalanzó sobre su botín, el otro le interrumpió. Su mano abierta se posó en su pecho, reteniéndole. Estaba asustado por lo que estaba dispuesto a hacer, pero lleno de convencimiento irreprimible.

– Todavía no. Ya te he dicho que no puedo volver sin el dinero, así que dame la pistola, te lo ruego.

– No digas tonterías, vas a morir-temblaba solo de imaginarlo, de ser él el responsable de aquel suicidio.

– Dámelo, te lo exijo. Es mi derecho y no eres quien para negármelo.

Con pericia cargó el arma y se la mostró a aquel incauto.

– Mira, gilipollas. ¡Está cargada! Es mi bala de la suerte y nunca me querré desprender de ella, ¿es que no lo entiendes?

– Me importa bien poco. Esto tiene que acabar.

– ¡No seas idiota! Hagamos algo: te perdono lo que te he ganado, pero olvida esa idea.

– ¡He dicho que no! –se la arrebató con ira, tirándole al suelo del empujón dejándole indefenso.

– ¡No, por favor, no lo hagas!

-¡No puedo volver con las manos vacías! Espero que puedas entenderlo…

Presionó el gatillo y esta vez un ensordecedor estrépito se hizo dueño y señor de aquella derruida estancia. La bala de la suerte salió presta del cañón, certera, con un mensaje de muerte en sus entrañas de un dorado espectral. Se alojó entre las cejas de Juancho, cuyo gesto expresaba una incredulidad sin límites. Su asesino, flemático, cogió su botín al tiempo que dejaba caer el revolver al suelo.

No, no volvería con las manos vacías; no podía hacerlo y no lo hizo.

Juancho se quedaría para siempre con su amada bala de la suerte, de la mala suerte, pero de la suerte, al fin y al cabo, ¿no?

 

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