Sin categoría

El segundo círculo by Jorge Aldegunde -01

Habitación 64 portada

Jorge Aldegunde interpreta a su manera la Habitación 64, un proyecto de 15 escritores que publicaremos en un libro colectivo en Enero. – j re crivello editor

Está colocada; hasta arriba. Con todo, conducirá, siquiera porque yo estoy aun peor. Se nos ha ido la mano con el champán y el polvo blanco –asumo que será el único que echemos esta noche–. Le da por ser osada; verbigracia: sostiene que no se quiere poner el «puto cinturón». Que la atosiga, le resta espacio vital. Yo soy de otra opinión: obediente, pienso que salva vidas, pero estoy tan hecho mierda que no sé si quiero que redima la mía y, al final, olvido abrocharlo. Detrás va el comando lote; están como para ajustarse nada. En plena calentura, lo suyo es comerse la boca y buscarse las cosquillas en la entrepierna. Estiro la oreja para escuchar los ecos de algún gemido; risas sordas y chasquidos de besos apurados. A mí me revienta la cabeza – horrible dolor pulsátil– y me reconcome la envidia.

Suben los decibelios del transistor –cosa que agradecen los amantes, que ya no ocultan el revolcón–; y las revoluciones del motor. Conduce bien, la condenada. Noto cómo sube y baja su respiración: comienza en la punta de su respingona nariz, continua en la turgencia que su vertiginoso corpiño a duras penas consigue tapar, alimenta un sindiós de vasos capilares y muere entre unos labios rojos, carnosos, deliciosos. Me fijo en cómo se aferra al cambio de marchas (imposible no sucumbir a la imagen fálica); se me despierta un instinto que irriga, indómito, todas mis extremidades –algunas con más celo que otras–, hasta devenir en portentosa e inútil erección que solo sirve para granjearme otro dolor más –de testículos–, que pone el broche a una deprimente escena de perdedor.

Desvío mi atribulado pensamiento hacia actividades menos creativas, más mecánicas. Me fijo en el continuo espacio-tiempo que forman las luces de la carretera sobreimpresionadas en mi retina por efecto de la velocidad. Intento contarlas, aunque enseguida me extravío –más o menos cuando me descubro enfermo de puro mareado–. Cierro los ojos antes de que acontezca la náusea y mi precaria digestión se manifieste, en forma de insondables tropezones, por la superficie del salpicadero. Durante una milésima de segundo me mira –ojos negros, pestañas largas–. Entonces, cuando por fin consigo encontrar sujeto y predicado dignos de tanta perfección y rompo a hablar, es cuando sucede.

Ella lanza un grito, al que sigue un nada sutil volantazo.  El coche comienza a derrapar siguiendo la línea discontinua (¿imaginaria?) de una curva. Vamos muy deprisa y el último giro no le sienta bien al vehículo, que se revuelve inestable en el precario equilibrio que forman fuerzas opuestas El desastre va por capítulos: mi musa sale proyectada, en oblicuo, hacia el parabrisas con una violencia tal que se lo lleva por delante. Literalmente, vuela a una velocidad cercana a los ciento treinta kilómetros por hora –la física no descansa ni el sábado por la noche–. Después golpea sonoramente el asfalto partiéndose el espinazo por varios sitios, rebota lacerando su descontrolado cuerpo y se detiene a pocos metros del arcén. La pareja de tortolitos no corre mejor suerte: la brusca sacudida convierte su abrazo en una trampa mortal. El rostro de él golpea el reposacabezas del conductor, dejándolo inconsciente, con la nariz rota y varias piezas dentales de menos. Para apuntillar, resulta todavía más cruel el impacto de ella sobre él–cráneo contra cráneo–: el brutal aplastamiento destruye tejidos y masa cerebral. Así quedarían: semidesnudos y entrelazados, en el amasijo de hierros en que devino mi elegante berlina, con su efervescencia por castigo.

En cuanto a mí, tampoco salgo lo que se dice muy guapo en la foto: la trayectoria errática me empuja contra la puerta del copiloto. Asisto, horrorizado, al vuelo de la infeliz y bella conductora y, como era de esperar, me precipito tras ella al tiempo que la dirección recupera una trayectoria más natural, ahora que no hay tensión alguna sobre el volante. Tengo tiempo de ver destellos en una noche negra hasta que el impacto contra el suelo lo vuelve todo mucho más oscuro.

***

Por alguna extraña razón soy capaz de verme: parezco un guiñapo; postrado sobre una cama en una lúgubre habitación de hospital. Hay varios cientos de tubos alrededor de mi cuerpo y un monitor de constantes vitales que produce bips tenues y acompasados. La estancia parece grande y desangelada. Yo lo veo todo desde arriba, como si fuera una araña que cuelga del techo. El caso es que no me resulta extraño contemplar mi cuerpo desde otros ojos; reacciono como si fuera lo más normal del mundo. No me sorprende, tampoco, que pueda acercarme –a modo de zum de una cámara barata– para hacer balance de los daños; contemplar el desecho humano en el que me he convertido. Una sábana amarillenta recubre mi cuerpo. El rostro, delgado y contraído, está secuestrado por una máscara de oxígeno. Un conspicuo y prieto vendaje rodea mi cráneo, como si se afanara en recomponer los mil pedazos en los que se rompiera mi cabeza. También tengo el ceño ligeramente fruncido: parece que estuviera concentrado. O soñando.

Caigo en la cuenta de que hay un tipo sentado al lado de lo que queda de mí. Mira, pensativo, un lugar indefinido que se pierde en las sombras, más allá de la región iluminada por la frágil luz que se proyecta sobre la escena. Viste traje negro, muy elegante, corbata a juego. El detalle disonante está en sus calcetines –visibles solo porque cruza una pierna–: fondo azul marino con rayas horizontales naranjas. Chillones: como para resucitar a un muerto. De repente, su mirada se torna impaciente.

–¿Y bien? ¿Cómo se encuentra?

Su voz es tranquila; entre lúcida y cansada. Hace que la pregunta se quede flotando en el ambiente. Respondo, desde mi indeterminada ubicación.

–¿Dónde estamos?

–En la habitación sesenta y cuatro.

–Esto es un hospital, ¿no? ¿Dónde se supone que estoy? ¿En la ciudad?

–Eso no importa. Lo que importa es que estamos –está– en la habitación sesenta y cuatro.

–¿Y qué tiene de especial? Parece oscura. Y fría. ¿Dónde están los médicos?

–Pues… Imagino que en la parte nueva de la clínica. Atendiendo enfermos.

–¿Y qué se supone que soy yo?

-Usted es… Bueno. No es fácil de explicar.

–Inténtelo.

–Usted es lo más parecido a una anomalía. Se lo iban a llevar, pero al final… dudaron. Todavía piensan que usted fue una víctima. Que se puede salvar. Aunque yo no lo creo.

–¿Qué…?

–Haga por recordar. Sufrió usted un accidente.

Algo en mi conciencia se agita y descubre imágenes. Sensaciones. No son del todo nítidas. No lo suficiente. Miro de soslayo a mi forma corpórea.

–¿Qué ocurrió con ellos?

–¿Usted qué cree?

–Pero…Yo estoy vivo, ¿no? ¿Estoy en coma?

–No está vivo. Tampoco ha fallecido.  Permanece, por ahora, en el segundo círculo.

–¿Qué…? ¿El segundo círculo?

–¿Le suena La Divina Comedia, de Dante?

El sujeto extrae un pequeño libro, edición de bolsillo, desgastado –con las esquinas dobladas y páginas marcadas y anotadas–. Se ajusta unos impertinentes sobre su aguileña nariz. Sin apenas esfuerzo, localiza un pasaje y lee:

«La borrasca infernal, siempre movida,

los espíritus lleva en remolino,

y los vuelca y lastima a su caída.

Y en el negro confín del torbellino,

se oyen hondos sollozos y lamentos,

que niegan de virtud el don divino

Eran los condenados a tormentos,

Los pecadores, de la carne presa,

que a instintos abajaron pensamientos.»

Siempre me había considerado una persona de acción. De aprovechar el momento. Lo de leer lo había relegado. De hecho, seguía convencido de que era una actividad pensada para flojos de pantalón. Así que no. No había leído el puñetero libro.

El hombre miraba, un punto divertido.

–Tal vez la traducción sea un poco anticuada para su tiempo. De todas formas, todas son un remedo del italiano original.

Siguió mirando el cuerpo postrado en aquella cama con cierto desdén. Al cabo, preguntó:

–Vamos… ¿En qué iba pensando mientras miraba cómo su amiga conducía?

Siguió un bombardeo de imágenes. Se me ocurrió que tenía suerte de que mi cuerpo no reflejase emociones, que no contara con una cara vista con la que mostrarme sonrojado y turbado frente a aquel extraño. Mi envoltura, en estado calamitoso –que nada aparentaba sentir o padecer– me protegía. Mi consciencia no era más que una voz en off. O eso creía yo.

–Vale. Quería tirármela. ¿Y qué? ¿Le sorprende? Ella era una diosa. Y la quería. Solo deseaba darme un revolcón con ella. Lo nuestro no era un rollo de una noche, ¿sabe?

 

Esto último lo dije, tal vez, con intención de disculparme. El hombre levantó su rostro, descubriendo mil arrugas. Abrió los brazos, ceremonioso.

–Tiene gracia que diga eso.

–¿Por qué?

–Porque a ella, tal vez, sí le iban. Los rollos, quiero decir. Parece que a ella le gustaba jugar más que a usted.

Se amontonan, de repente, los recuerdos de la última fiesta en el club.

Mañana final…

1 reply »

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s