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Don Lisandro Funes by Claudio Nigro

lisandro funes

 

-¡Mi Dios!, que mal me tienen las coyunturas; seguro que mañana o pasado llueve; hay que tapar el techo pa’ que no dentre el agua – decía el viejo Lisandro Funes.
– Viejita, me haces el tecito de “cola de caballo” a ver si calma esta tortura, pa’ podé subir al techo, se viene la lluvia seguro, ¿sabés?.
– Si Papi, ya voy… ¡ya voy! – contestaba con paciencia infinita Doña Eugenia , la mujer de siempre, de toda su vida.

Don Lisandro, ciertamente, estaba carcomido por el tiempo y el trabajo duro en el campo – en el campo de otros.

Tiene la cara arrugada y curtida por el implacable sol de la comarca andina, sus manos y su rostro, eran el fiel reflejo de condiciones inhumanas de su laboreo diario; el pobre, como si fuera poco, esta invadido por la artritis, ni que hablar de sus pulmones y su higado, donde el tabaco negro, los agroquímicos y el acohol habían dejado profundas marcas.

Tiene un presente efímero, pero tal vez no sea lo único que tenga, y digo tal vez, porque mas allá que los fantasmas del presente sueldan su pasado y  su dolorosa  historia esté plagada de injusticias, es un hombre realmente sabio lo que decimos sabio de potrero, las canas en su cabeza son como hojas de un libro de la vida, que el tiempo ha escrito.

-¡Ay Dios! –  Por que seguís en la tribuna mirando pal’ otro láu; ¡si ya me queda poco hilo en el carretel!, ¿hasta cuando tengo que pagar? – continuaba su liturgia de lamentos.
Hace 40 años que le pedía al “diocito” que le afloje a una pena que ni el sabía porque la estaba pagando.

Claro está, que la precariedad de la condiciones del trabajador de campo en eso años habían hecho estragos en el cuerpo de este hombre, que todos lo llamaban Don Lisandro y sólo unos pocos se aventuraban a decirle Viejo Lobo, a la mujer simplemente le decían La Santa o Doña Santa; bien merecido tenía ese mote, por ser fiel compañera de un hombre pobre y sin futuro, aún así no lo dejó jamás.

Del Viejo se puede decir unas cuantas cosas, es un personaje típico de pueblo chico que vive en una casilla de adobe con techo de chapa maquilladas con óxido y algunos agujeros que, a veces, le permite ver las estrellas durante la noche profunda; no le falta adornos que son algunos pedazos de cartón y polietileno negro sostenido por piedras como para que no se vuelen, únicas barreras contra las lluvias esporádicas de aquel paraje.

Los mitos y realidades que lo rodean, es según de donde venga o se escuche la versión, más si en el medio hay (que los hay) intérpretes pueblerinos casuales que logran intercambiar algunas palabras con él.

La vida no le dió hijos, Dios y los efectos de los químicos tendrán sus razones.

En sus relatos pausados por la falta de aire, suspiros de nostalgia, o algún otro nudo en el garguero para evitar soltar lágrimas de tristeza, lo he escuchado decir:

-¿Sabe Don Salerno?, esto que me digan “Viejo Lobo”, me cae en gracia ¿viú?, muchos se creen que es porque fuí un “come carnero”.

-¡Já! Ni ahí compadre – expresaba con soltura.

-Pero ¡ojito!, no me faltaron dientes pa’ eso cuando joven, pero siempre con respeto ¿sabe?

-Eso de andar pollereando y no respetar, no va conmigo – remarcaba con firmeza viril

-En realidad, le confieso, yo soy lobo, porque nunca me han visto en ningun circo

-¿Ud me entiende, verdad? – y vaya si le entendía la metáfora, la política (más bien los políticos) él la considera como gran circo ambulante, donde los reyes de la jungla están a merced de sus domadores y son sometidos a voluntad de ellos,

-¿y que pasa con el lobo? – simplemente no hay lobos en los circos.

Palabras más, palabras menos es lo que el Viejo me llego a decir.

Volviendo a su interesante y triste historia, este buen y sabio hombre, nació producto de un encuentro casual en La Remonta, un pequeño paraje al pie del pedemonte de la Cordillera de Los Andes a 28 km del límite con Chile, de no más de 20 casas humildes o pobres, cuyos progenitores fueron una inocente paisana de 16 años de edad y el hijo de un potentado usurpador de tierras, que poseían por simple acomodo con la política reinante de 1935.

El hijo de tal oportunista, además de heredar esas tierras se convirtió en Intendente del lugar y continuó manteniendo el poder sobre las 800 hectáreas heredadas, por muchos años,hasta que otro poderoso y no menos corrupto se las quitó.

El viejo criado en la ignoracia y el hambre; trabajó bajo un regimen de esclavitud vergonzoso.

Desde el silencio, con una gran capacidad innata de observar y escuchar se hizo sabio y sagaz, ahí nace el mote de Viejo Lobo.
Su gran corazón y nobleza, se la debe a la Santa (su mujer), que nació en un pueblo cercano, tan pobre como La Remonta.

Si existe un cielo, la llave de entrada la debe tener esta mujer, ¡se los puedo asegurar!.

Ambos conocieron el hambre y el frío, comían cuando podían; solían dormir temprano para engañar el estómago, para que este no se enterara que había que alimentarse.

Pero más de una noche el sueño se les cortaba por algunos retorcijones de dolor, como para avisarles que algo había que comer; pero La Santa, con su bendita pacienciencia y evidente amor, lo calmaba con algunas caricias en el cabello para volverlo al descanso reparador y anestésico.

-Que falta me hace un buen plato de sopa de gallina con sopaipilla (masa de harina y agua frita en aceite)- muchas veces exclamaba entre sueños.

Una vez me contó esto, casi al borde de lágrimas (no se porque no las soltaba)

-La Santa siempre me acaricia la cabeza cuando tengo hambre, y  ¿sabe qué? ya no necesito comer nada, me duermo como un tronco pa’  podé luchar por la vida y por ella todos los días.

-Pero a mí no me sale hacer un cariño a ella, porque me parece que la trato como a un choco o un caballo, sólo me sale silbarle una canción o cantar una tonada donde digo su nombre, ¡ ah! Ella feliz.

Nunca ví tanta tristeza ni tanto amor en las expresiones de una persona, ¡nunca!

 

 

 

 

 

 

Por cierto no era el único desgraciado amparado en la mística de la miseria de ese lugar; el almacén de indigentes estaba administrado por un sequito de traidores, hipócritas y vende almas que pertenecían al entorno del Dr. Erivaldo Bastías Alvarez  (el intendente), el ahora principal terrateniente del lugar, hijo de Don Juan Américo Bastías (y padre de Lisandro Funes, mal que le pese), ergo Don Lisandro era hermano bastardo del Intendente y también, si se quiere dueño de las tierras donde hoy era prisionero y esclavo.
La ignorancia sembrada en su memoria tenía, en parte, un resultado eficaz.

Un día de aquellos, rodeado de su cortejo de perros llegó al pueblo a gastar los pocos pesos que recibía a la semana.

¿Los perros?, ¡es una historia única! Serían unos 10 más o menos, a todos les podíamos contar las costillas por lo flaco que estaban, ni que decir de sus pulgas y garrapatas, pero amaban ese hombre, era como ver llegar aun líder espiritual rodeado de fieles dispuestos a todo, y cuando digo todo, les aseguro que era a todo; no había manera de acercarce al viejo si él no calmaba la jauría.

¿ por que lo amaban y protegían? Simplemente porque el les daba el mismo amor que La Santa al viejo.

Cuando lo ví sentí deseos de invitarlo a tomar un “alcohol” (así le decimos a cualquier bebida alcohólica posible de tomar).

-¡Don Lisandro!, venga pa’ cá – le grite desde la vereda del Bar del Titi Perello.
Venga a tomarse unos tragos y comer una picadita, y nos guitarreamos algo, ¿quiere?

-¡Venga hombre sabio que me encanta escucharlo! – esto último me salió decirle porque sentí, una rara sensación, de que sería la última vez que lo vería.

¡Que carajos! , ¿por que pensé esto?, sinceramente no se explicarlo.

Ahí nomás comenzamos con una grapa, después un fernet puro,otra grapa más, y terminamos con el vino que más le gustaba, un tinto de la zona, El Relincho, que muchas veces servía para tomar y otras para lavar los motores del tractoraje.

Como moscas oliendo el dulce, cayeron guitarreros y se armó de la nada una serenata inolvidable, realmente parecía la despedida de un prócer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Recuerdo la última que se cantó, en relidad fue un recitado campero, que el la llamó La Legión de los Malditos
Es como hazaña precaria y engañosa , más bien es abandono organizao

Toditos marchan por mi boca y mis recuerdos

Quemaron mi niñez, me sentaron frente al muro de los sedientos pa’ no dejarme conocer el mar…

cierro los ojos… cierro los ojos

pa’ no ver como me mata la desolación

pa’ no ver la cuchilla desafilada cortando la orilla del cuero

tal vez ahora se entienda porque se me econge el ceño y el garguero se me hace  espuma

Siento el canto oscuro desde memoria, es que me están  fusilando los recuerdos

Sólo veo siembra de enfermos; los lutos mientras tanto,  ¡já! ¡já! hacen la cosecha de orejas tibias,  tan sólo “pa’ limentar” la mentira contada con emoción

 Mentiras  que hacen sonar las cuerdas de mi guitarra como canto de sirena al pobre pescador

cierro los ojos… cierro los ojos

pa’ vivir en la agonía desta’ miseria crónica nos arrancan las muelas de la justicia

y los muy cretinos nos conforman con semillas de ignorancia

nos devoran las entrañas con dientes afilados de perros hambrientos

derrota y derrota…  son tiempos de muerte tras muerte, ¡carájo!

nos entregan ladrillos pa’  construir el rancho, lejos de la esperanza

nuestra propia cárcel nesta’ república del silencio onde reina la legión de los malditos.

 

Después de esa noche jamás volvimos a ver a Don Lisandro Funes, tal vez esté donde él sea un verdadero terrateniente; el rey  de toda una sabiduría parece  que ahora descansa en paz.

 

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