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El liberador by Juan Luis Henares -01

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El sol brillaba en el horizonte en ese amanecer de fines de diciembre, pero sus rayos —sumados a la alta humedad reinante en el ambiente— ya calentaban como si fueran las horas del mediodía. El mameluco azul se pegaba en el cuerpo de Oscar, sus pasos eran cada vez más dificultosos; y recién se dirigía al trabajo, mejor ni pensar en lo que le esperaría durante el resto del día. Para evitar el calor nada mejor que cortar camino por un sendero que, junto a un pequeño bosque de pinos, cruzaba en diagonal por el campo adyacente a la fábrica. Pasto, ramas caídas, mucha sombra y el sonido de los pájaros eran la compañía necesaria para tomar fuerzas y así soportar mejor la larga jornada. De pronto un rayo de luz se reflejó sobre sus ojos; no era producto de mirar directamente al radiante astro, sino el destello de un objeto que estaba casi escondido entre la hierba. Sigiloso —casi en puntas de pie— descubrió una antigua damajuana verde, recubierta en dos tercios por mimbre, con asa y un gran corcho en el pico. Adentro algo se movía: una especie de neblina parecía darle vida a su contenido; apoyó sus rodillas en el pasto, y sin tocarla observo detenidamente. De a poco fue tomando confianza, hasta se animó a tomarla con sus manos; el vidrio estaba frío, ¿su contenido sería acaso alguna especie de gas? Tuvo ganas de destaparla, pero sintió algo de temor; ¿y si el gas explotaba? ¿O sería tóxico? La dejó en el mismo lugar en que la había encontrado, y siguió su marcha hacia la fábrica.

Súbitamente, unos metros más adelante, se detuvo: algún pensamiento cruzó por su mente y le hizo regresar sobre sus pasos. Tomó la damajuana con una mano, y con la otra comenzó a mover el corcho; se produjo una efervescencia en su contenido. Pensó que sería dificultoso descorcharla, pero ni bien aplicó algo de fuerza el tapón cedió, y si no fuera porque lo sostenía férreamente con su mano, hubiera salido disparado. Oscar cayó sentado al suelo, con la damajuana abrazada a su cuerpo; no podía creer lo que observaba: el gas salió despedido y se convirtió en una especie de nube que cubrió el sendero. Al disiparse la niebla, apareció ante sus ojos una figura casi gigantesca: bastante más de dos metros de alto, piel negra, turbante en la cabeza, pequeña barba en la pera y un largo y fino bigote estilo Salvador Dalí; su torso estaba desnudo, al igual que sus piernas, y un mawashi —esa especie de cinto utilizado por los luchadores japoneses de sumo— cubría su cintura. Sus pies se confundían con la neblina que aún salía del recipiente; pero parecía no necesitarlos, pues… ¡estaba flotando!

—Muchas gracias por haberme liberado mi amo; en compensación le daré tres deseos. Pero como soy un buen genio, no podrá pedir todos juntos: muchos lo hacen casi sin pensar, y luego se arrepienten toda la vida. Así que pedirá uno por vez, durante tres días consecutivos. Y yo seré libre.

Luego de pronunciar estas palabras, el genio cruzó sus brazos sobre el pecho, y en silencio miró a su liberador. Oscar estupefacto no podía emitir vocablo alguno: lo que sucedía no era un sueño, la damajuana vibraba en sus brazos, y temía que si la soltaba se podía terminar ese mágico momento. Pero el genio seguía ahí, en espera de la orden para concederle su primer deseo. Miró el reloj y recordó que debía seguir su camino hacia el trabajo; así que en el momento se decidió: Paola, su mujer, cinco años atrás había sufrido un ACV, y tenía las extremidades del lado derecho casi inmovilizadas, ya que nunca pudo recuperarse del todo.

—Deseo que mi mujer se recobre totalmente de las consecuencias del Accidente Cerebro Vascular que tuvo hace unos años —lo dijo bien fuerte, para que no queden dudas.

—Deseo concedido mi amo; lo espero mañana —respondió el genio; de inmediato su figura se mezcló con la niebla e ingresó nuevamente a la damajuana. Oscar colocó el corcho, y la ocultó debajo de unos arbustos: no fuera cosa que alguien la descubriese.

La jornada en la fábrica fue muy larga, demasiado; se extendió hasta casi entrada la noche, porque varios obreros —entre ellos Oscar— se quedaron haciendo horas extras, ya que llegaban las fiestas y era necesario tener algo más de dinero. Sumado al aguinaldo, podría servir para al fin poder construir ese largo tapial que separase su patio del terreno de los vecinos; no es que éstos fueran mala gente, pero no había nada como la privacidad y tranquilidad de un buen muro para poder disfrutar al menos de estar sentado allí en las calurosas noches de verano que se aproximaban.

Presuroso caminó —en realidad debería decirse que, a pesar del agotamiento, trotó— las cuadras que separaban a la fábrica de su vivienda. Al doblar la esquina encontró a Paola en la puerta de la casa, la que al verlo llegar emprendió una carrera que la depositó en sus brazos: ella corrió, algo que no podía hacer desde antes del accidente. Lo abrazó y lloraron en silencio. Tal era su alegría que Oscar nada comentó sobre el genio de la damajuana que había liberado; prefirió guardar el secreto, y dejar que Paola creyese que la recuperación era resultado de los ejercicios que le mandó el kinesiólogo.

A la mañana despertó sobresaltado: el cansancio lo había vencido, así que por la noche no alcanzó a pensar cuál sería el segundo deseo a pedir. Pero algo estaba muy claro: no quería vivir más en la pobreza, ya era hora de poder disfrutar de la vida. Con la recuperación de Paola había comprobado que el genio no era una alucinación ni una farsa, así que sería cuestión de meditar bien la manera de formular el segundo deseo. En el trayecto a la fábrica decidió solicitar ser millonario, pero dudaba si esa palabra sería interpretada tal como él pretendía por el genio. De repente escuchó el sonido del motor de un coche; a su lado paso un moderno Mercedes Benz color verde metalizado —conducido por un chofer con camisa blanca y corbata— en el cual se trasladaba Mauricio Noble de Hoz, el dueño de la fábrica en la que trabajaba. Con su traje negro —usarlo era una de las ventajas que le daba tener un aire acondicionado que lo protegiera del calor— el patrón ni siquiera desvió la vista al costado del camino, inserto en la lectura de un diario. Oscar dedujo que Don Mauricio –como muchos acostumbraban llamarlo— seguramente buscaba información para mejorar la situación de la empresa y, por ende, de los trabajadores.

Ingresó presuroso por el sendero en busca del genio; la damajuana estaba tal como la dejó, escondida entre el follaje y marcada con una rama. Al destaparla apareció la imponente silueta que, con dos dedos de su mano derecha en V, le indicó que debía solicitar el segundo deseo. Casi sin meditarlo respondió:

—¡Quiero ser el dueño de la fábrica!

—Segundo deseo concedido mi amo; lo espero mañana para el último —contestó el genio, y presuroso ingresó nuevamente en su prisión. Luego de colocar el corcho y esconder el botellón entre los arbustos Oscar, sin notar cambio alguno, caminó hacia la fábrica.

Continúa mañana…

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