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Los geranios by Fernando Garcia Siles

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Alejandra colocó la decrépita regadera de zinc sobre la desconchada pila. Hacía lustros que el esmalte que la recubría dejó de ser de aquel blanco azulado que le hacía apartar la vista cada vez que el sol se reflejaba en ella, en aquel cochambroso y diminuto patio que solo le servía de trastero en el que almacenar todos aquellos recuerdos guardados año tras año y, a todas luces, inservibles. Era tanto lo que allí acumulaba que, tanto para coger agua como para cualquiera otra cosa que necesitara hacer allá, le suponía un esfuerzo extenuante poder dar siquiera unos pocos pasos.  Pero es que ella era así. Necesitaba sentirse arropada por aquellos cientos de cachivaches, sobre todo desde que muriera su amantísimo marido en aquel fortuito y desgraciado- según dijeron los unos y los otros-accidente.

No la llenó demasiado, que ya no era joven y las escasas fuerzas que la acompañaban habría de ahorrarlas para poder pasar con dignidad aquella larga jornada. Aunque el día, en aquel pueblito olivarero de Córdoba, era tórrido, ella estaba contenta. Era una friolera irreductible y prefería mil veces el calor, por sofocante que fuese, que el más mínimo atisbo de fresco. De joven había vivido en Soria y por eso siempre decía que ya había sufrido bastante el frío, que lo tenía metido en los huesos y que no lo quería ver nunca más, ni en fotos.

Era delgada y extremadamente fuerte, de anchas caderas, de una altura considerable-aunque no demasiado-, en comparación a la mayoría de las abuelas de su edad con las que solía codearse. Era de naturaleza alegre. Si bien había perdido a su más adorado ser, la sonrisa no desaparecía de su boca, pero a veces, casi sin darse cuenta, derramaba una lagrimita que le hacía tomar aliento.

Cerró el grifo y se detuvo un instante para escuchar el dulce trinar de Paquito, su canario, que parecía desearle el mejor de los días desde dentro de la casa.  Él era su compañía más preciada, el único superviviente de aquella “bandada” que Julio-su marido que en paz descanse-había criado con la intención de venderlos en el mercadillo del pueblo, los domingos por la mañana, después de la santa misa.

  • Ya voy, Paquito. No te me aceleres. Está visto que, más que a mí, quieres tu ración diaria de alpiste, truhan, más que truhan-bromeaba para sí.

Asió la regadera por el mango mientras que se derramaba algo de lo llena que la tenía. Le vino bien porque le mojó los faldones refrescándola tan solo un poco. Mientras volvía al interior de la vivienda, con la mano libre acariciaba los aperos de labranza de su marido: los azadones, las palas, aquella alcotana mellada por ambos extremos. Su sonrisa era melancólica, y dulce. Había asumido que aquellos artilugios, aunque no pudieran suplantarle, eran lo que le hacía tenerle tan y tan presente. Nadie podría arrebatárselos nunca.

Se tocó la medallita que le regaló por su último aniversario. Era de santa Águeda, de la que era fiel devota. La besó con frenesí mientras cerraba los ojos y se abandonaba al más maravilloso de los recuerdos.

  • ¡Dios mío, que mala suerte! ¡Julio, mi Julio! –  repetía sin cesar, obsesivamente -. Ya voy, cariño, no te sulfures-calmaba a su vez al animalito.

Sobre la encimera de la cocina le esperaba su acompañante. No paraba de cantar saludándola, deseándola lo mejor, junto a él. También Paquito tenía sus años. Fue viendo cómo, uno a uno, sus compañeros de juegos, sus afines, fueron cayendo por efecto del tiempo o las enfermedades. Alejandra no le había presentado a ninguna novia desde que la última la encontró tiesa en el fondo de la jaula. Creía que, como ella, no necesitaba de nadie más a su lado y que así estaban la mar de a gusto, solitos los dos, dándose la mejor de las compañías.

  • No sufras más, querido, que ahora mismo te saco al balcón para que tomes el aire. Ya se lo que te gusta que todo el mundo te oiga y que te diga lo bien que lo haces. Te voy a contar un secreto: más me gusta a mí presumir de ti- le guiñó.

Subió con agilidad las escaleras que les separaban de la planta de arriba donde se encontraba el dormitorio de matrimonio-del que había quitado la cama grande para poner otra más pequeña para ella sola, y así tener algo más de espacio-y la diminuta salita de estar cuya única decoración consistía en una mesa camilla ataviada de un tapete que había bordado ella misma, cuatro sillas de madera de olivo en las que se movían todas las patas, y un desvencijado sofá que apenas si cabía.

  • Tranquilo, que ya estamos aquí-le repetía con candor-. Ya verás que bien te lo vas a pasar deleitando a los vecinos. ¿Sabes? Todos me han dicho que están encantados contigo y que así no les hace falta poner la radio ni el tocadiscos. Creo que al final les voy a tener que cobrar por dejar escucharte-reía.

Como única respuesta, Paquito saltaba de un palo al otro de la jaula, jugando a ser el más atrevido de los trapecistas.

  • ¡Madre mía, con lo viejito que eres y los botes que das! En uno de esos saltos te vas a hacer daño de verdad. Yo soy de las que cree en los accidentes, pero también pienso que se pueden evitar. No te hagas el chulito, que la vamos a tener…

Paquito le hizo caso y desistió de sus ejercicios gimnásticos. Ella abrió la puerta de la salita que daba a la calle. Inhaló una buena bocanada de aire y colocó la jaula en su alcayata atornillada en la blanca pared enfoscada y encalada de aquel insultante blanco. Le lanzó un beso y se puso a regar.

El agua se escapaba por entre las grietas de la alcachofa. La rociadera era casi tan vieja como ella y no solo regaba las macetas sino a todo aquello que estuviese a una cuarta de distancia de ellas. Mas eso no importaba con tal de que tomasen su ración de aquel líquido de vida. El suelo ya lo fregaría o, como solía ocurrir con aquella canícula, se secaría en tan solo unos minutos.

Le encantaban sus macetas. Los tiestos con aquellos inmaculados y enormes geranios llenos de fuerza vital, le insuflaban ánimo. Eran preciosos, la envidia de las vecinas. Nadie comprendía que estuviesen tan llenos de vida, tan verdes. Acercaba su nariz a las enormes y esféricas flores, inhalando su perfume, acariciando sus pétalos con la palma de las manos, con extrema suavidad, como si estuviese haciéndolo con la cabeza de su difunto Julio.

  • ¡Vaya! El alambre que sujeta esta maceta está hecha un asco-le comentaba a Paquito, mientras que la movía para comprobar su mal estado-. Mañana compraré otro, porque veo que vamos a tener una desgracia. Aunque si así ha estado durante tanto tiempo, supongo que aguantará al menos otro tanto.

Paquito le respondía a su manera. Seguro que le entendía después de tanto hablarse mutuamente.

  • Bueno, cariño. Aquí te dejo un rato, que ya sabes que las viejas viudas, aunque poco tengamos realmente que hacer, siempre nos inventamos algo con lo que matar el tiempo.

Bajó a la cocina y se puso a quitarle las hebras a las judías verdes. Aquella tarea le agradaba. Era tan sumamente mecánica que podía evadir su mente y llevarla hacia donde le apeteciese. Por un momento recordó como el carro de las aceitunas perdió su rueda al tropezar con una piedra. Por un momento recordó como Julito-su Julio- perdió el equilibrio y estrello su cráneo contra la misma roca. Esta había hecho muy bien su macabra labor: de una sola tacada había roto la galera de don Miguel, había segado la vida de su esposo y la suya misma. Un accidente es un accidente. El destino, o el mismísimo creador, así lo había dispuesto y ni nada ni nadie podría haberlo evitado…o sí, ¿quién sabe?

Cuando llevaba cosa de la mitad de las judías se sintió extraña. Algo no estaba en su sitio. Paquito había enmudecido de repente. En su lugar, como un ruido sordo y lejano, una especie de gruñido sustituyó su dulce piar.  Se levantó con rapidez y, con las zapatillas de felpa a medio poner, subió las escaleras de dos en dos.

  • ¡Paquito, Paquito! – le llamaba.

Al llegar a la puerta de la sala pudo ver que allá en el balcón se libraba la más desigual de las batallas. Kaiser, el halcón de don Miguel, estaba agarrado a la jaula del canario, introduciendo su pico y sus largas y afiladas garras por entre los barrotes. El pajarillo ya no era tal, sino un amasijo informe de plumón sanguinolento y tripas desperdigadas. La rapaz lo había decapitado y su cráneo colgaba de su boca, sujeto a ella por las arterias.

  • ¡Fuera de mi casa, cabrón! – le increpaba mientras le empujaba con el palo de la escoba-. Eres un miserable asesino. Anda que no tendrás más presas por ahí que mi pobre pequeño.

Kaiser se detuvo por un instante. Nadie podría asegurar que la entendiese. Lo único que estaba bien claro es que había satisfecho su necesidad y nada le ataba ya a aquel lugar. La miró desafiante, dispuesto, sin duda, a responderla a su manera. Cuando se disponía a atacarla, una voz le llamó desde la calle.

  • ¡Kaiser! ¡Baja de ahí inmediatamente! -le ordenó don Miguel, su amo.

El asesino, dócil esta vez, atendió el mandato. Grácilmente, desplegando sus hermosas e impregnadas alas, tomó rumbo al guante del cetrero, que le esperaba con un trozo de carne como inmerecido regalo.

  • Buen chico, Kaiser. Muy buen chico.

Alejandra salió al balcón colérica. El señorito estaba allí con cara de no haber roto nunca un plato, sonriente y satisfecho de la obra de su discípulo.

  • ¡Don Miguel! ¿Ha visto lo que ha hecho su rapaz con mi canario?
  • Ante todo, has de desearme los buenos días ¿No crees, Alejandra?

Ella se corrigió. Se tragó toda la ira que tenía acumulada. Era el terrateniente de la comarca y nadie en su sano juicio debía de tratarle como ella lo había hecho, por más enojada que estuviese. En el fondo había tenido suerte de que no la increpase y que se limitara, simplemente, a llamarla al orden.

  • Lo…lo siento mucho, don Miguel. Es que su aguilucho ha matado a mi pajarillo. Es lo único que tenía.
  • Ya será menos. No era más que un simple animalejo pequeño e inútil. Si Kaiser ha dado buena cuenta de él es porque es muy superior. Es ley de vida. Ya sabes que en este mundo el pez grande se come al chico, y en este caso no ha sido más que un lamentable accidente.
  • Pero es que se ha metido en mi casa…
  • Los animales no entienden de eso. Él ha visto algo que le apetecía y, simplemente, lo ha tomado.
  • Por la fuerza.
  • Del modo que sea. Ellos no distinguen lo bueno de lo malo. No saben de propiedad privada. Toman lo que desean y en paz. El destino ha hecho que un halcón sea mucho más fuerte y digno que un…simple jilguero.
  • Lo que fuera que fuese. En todo caso, no te preocupes, que te regalaré otro para que te consueles. No valen más que unos céntimos, así que no me llores ahora.
  • Es que yo no quiero otro. Quiero el mío…como solo quise a mi Julito-masculló para no ser oída.
  • Además de pobre, exigente. Además de exigente, ilusa. No sé adónde quieres llegar con tu actitud. Sabes que lo que pides es imposible y lo que quieres es que me siente mal por puro gusto. Pues lo llevas claro. Si te presto algo de atención es porque en el fondo me das mucha pena: la pobrecita viuda, la viejita, la dueña de un miserable pajarillo muerto. Confórmate con lo que te ofrezco, porque como me sigas tocando las narices te vas a quedar incluso sin eso.
  • Gracias a usted me quedé sin mis dos amigos del alma.
  • ¿Yo? ¿Qué tengo que ver yo?
  • El carro estaba mal, y usted lo sabía. No le importó lo más mínimo enviarle por aquel pedregal para que se matase.
  • El carro estaba en perfectas condiciones y aquel camino lo había recorrido miles de veces.
  • Le obligó a él a repararlo a sabiendas de que tenía muy poca idea de como hacerlo, para ahorrarse unas míseras pesetas en un profesional. Además, Julio me dijo que se empeñaba en enviarle por aquel camino de cabras entre los olivares porque, según usted, se atrochaba y podía tenerle todavía más tiempo arando.
  • El deber de todo patrón es el de rentabilizar el horario de sus trabajadores.
  • Eso no era rentabilidad, era mezquindad y usura. Mi marido pagó por sus pecados de usted, y con él, los pagué yo. Y ahora se me lleva a mi otro compañero. Aunque sea una vieja, sé perfectamente lo que son las cosas.
  • Me voy a ver obligado a llamar a la Guardia Civil para que tome cartas en el asunto. Tus acusaciones son una blasfemia y deberías de pagarlo. Tienes suerte de que eres una simple anciana.
  • Una anciana que ya no tiene nada que perder en este mundo, porque lo poco que tenía se lo han arrebatado-se envalentonaba.
  • Siempre se tiene algo que perder, tenlo en cuenta. Y te aseguro que yo lo haré posible-acariciaba el pico de su compañero, quitando algo de los restos de sangre y pluma que todavía permanecían adheridos-. En el fondo creo que me servirá de diversión. ¿Verdad Kaiser?

El infecto pajarraco parecía darle la razón. Eran uña y carne, ya no solo por el hecho de ser el uno propiedad del otro, sino por su peculiar forma de concebir el mundo. Eran fuertes, eran apuestos, la vida de los demás estaba a su entera disposición. Los que les rodeaban-seres racionales e irracionales- estaban a su servicio porque la naturaleza así lo había dispuesto ¿Quiénes eran ellos para llevarle la contraria? La diosa fortuna era sabia. Había impuesto un orden lógico que había que cumplirse rajatabla.

  • Sabrás de mí, te lo juro-se solazaba mientras que lo decía apretando los dientes-. Maldito esperpento.

El terrateniente colocó el antifaz a su mascota para que no se le volviese a escapar. Ya era bastante por ese día de sustos. Izó la mirada en dirección a Alejandra mientras escupía al suelo riéndose.

  • Me volverás a temer. Te lo aseguro.

La mujer no estaba muy segura de lo que sentir en ese instante. Optó por no hacer nada. Decidió limpiar el desaguisado e ignorar a aquellos dos repulsivos seres.

  • Vámonos Kaiser. Tenemos cosas importantes que hacer, no como aquí la vieja-comenzó a andar.

Alejandra, en su azoramiento, en su torpeza, golpeó sin querer, con el codo, el tiesto. Este se movió, decidió desembarazarse del alambre, que a duras penas le sujetaba, y optó por precipitarse al vacío. La fortuna-buena o mala-hizo que se estampase contra el cráneo de don Miguel, abriéndole la cabeza, derribándole sin remisión. Era un puro charco de sangre. Su halcón aleteaba sin control, ciego, maniatado al recién nacido cadáver, graznando indefenso. Ahora eran ellos, los elegidos, los que ofrecían una patética estampa.

La mujer se asomó asustada por lo que podía haber pasado. Por un instante pensó en gritar, en pedir socorro, en implorar su perdón. No, no lo hizo. Tomó aire y sonrió.

  • Los accidentes existen. Quizá ellos sean los más adecuados para impartir justicia, a fin de cuentas ¿Quién soy yo para llevarles la contraria?

 

 

 

 

 

 

 

 

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