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POR SIEMPRE… JAMÁS… AMÉN by Felicitas Rebaque de Lázaro

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Si hay quien pregunta, yo no sé nada.

 Si hay susurros que se escuchan, yo no sé nada.

 Si las palabras hablan solas, yo no sé nada.

Si la verdad queda oculta, yo no sé nada.

Ni mis ojos miraron ni mis oídos oyeron

 ni mis labios pronunciaron.

Yo no sé nada. Por siempre jamás, amén.

 

1ª PARTE

Ahora lo sé, hay un espacio y un tiempo que se escapa a la percepción y a la inteligencia humana en donde no hay pasado, presente ni futuro. Como si un sinfín de espejos reflejasen los instantes vividos desde el principio de los tiempos, desde que el mundo es mundo, y así hasta la eternidad. Todo lo que pasó está ocurriendo, por eso siempre es presente, y así lo vivo, y lo que aconteció vuelve a suceder. Ahora lo sé, lo supe hace tiempo, desde que marché a vivir de otra manera, a este otro lugar donde ahora habito. Desde donde miro y me entretengo viendo pasar los días que regresan. Por eso, esta mañana apacible de otoño me es tan familiar como aquella.

Ernesto circula despacio por la estrecha carretera que muere en el pueblo. Rueda lento para que yo pueda ver la luz que se refleja en las montañas con la cara pegada en el cristal de la ventana. He querido bajarla para respirar ese aire familiar, pero me lo ha impedido con un gesto brusco y protector, a destiempo.—Te puedes enfriar.

Mis montañas no parecen asombrarse de mi regreso. Me miran impasibles como si me hubieran visto ayer mismo, como si no hubiera pasado minuto alguno desde el día que me marché. Sólo algunos árboles que flanquean la carretera parecen reconocerme mientras que se consumen en rojo poniendo reflejos rosados a mi palidez. Otros, en ocres y amarillos, dejan traslucir su alma temblona esperando que un mal viento les despoje de sus hojas; como a mí… un mal viento, en cualquier momento, lo espero.

Y en esta tarde, como en aquella otra, igual de tranquila, de luminosa, por la carretera, cuatro hombres conducen motos de gran cilindrada atronando el silencio. El ruido de sus motores anuncia su llegada mucho antes de que atraviesen el pequeño puente que da acceso al pueblo. A su paso, las gallinas cacarean, los perros ladran y los visillos de las ventanas esconden miradas silenciosas que se guardan tras las celosía de los cristales. Yo corro tras ellos y me oculto bajo el muro de la Iglesia para no ser vista… ¡No ser vista!, a veces se me olvida que desde este mi nuevo estado no me pueden ver.

Se detienen como lo hicimos nosotros, frente al “Hotelito”.

Ernesto se baja y rodea el coche para ayudarme a salir. Mi debilidad parece desvanecerse por la alegría de sentirme de nuevo en mi pueblo, en mi entorno. Evito su mano con unas fuerzas recobradas para estre- charme en los brazos de Aurelia, la mejor amiga de mi madre, que me espera entre dos mujeres que no conozco. Me mira, me toca, me abraza, entre sollozos entrecortados sólo acierta a decir:

—¡Mi niña, mi niña!

Me aparta para contemplarme y sus ojos llorosos penetran en los míos, al tiempo que me seca las lágrimas de la cara.

—Dios mío, ¡qué delgada estás, y qué pálida! ¡Señor, Señor! Si te viera tu madre…

Y me vuelve a abrazar fuerte intentado pasarme el vigor que hace tiempo me ha abandonado.

—Aurelia, estoy enferma.

—Sí, ya sé, me escribió Don Ernesto contándomelo y anunciando vuestra llegada. Aquí te curarás, te pondrás fuerte. ¡Ya lo verás!

Le sonrío incrédula, pero le dejo que conserve su fe.

—¡ La muchacha más hermosa de toda la comarca! – exclama dirigiéndose a las otras mujeres que me sonríen sin atreverse hacer otro movimiento.

Ernesto interrumpe el momento efusivo, molesto. Parece que nadie ha recaído en él. Me toma del brazo y entramos en el hotel. Los dueños, un matrimonio de mediana edad, y tres muchachas de servicio nos esperan en una amplia entrada que sirve de recepción.

Reverencias y parabienes a mi esposo. Reservó todo el hotel para nosotros y pagó por adelantado. Las habitaciones preparadas tal y como había ordenado, cuatro, en la planta superior, las más confortables. Todo dispuesto según las instrucciones de Don Ernesto Valcordel Infante, el indiano que se dejó caer por estos lugares para su suerte y para mi mal.

 

Los cuatro hombres se apean de las motos y Aurelia está ahí, esperándoles también. ¡Qué sequita está! Se acerca a ellos con gestos nerviosos, impacientes. Les da las explicaciones opor- tunas, las llaves… Los hombres le preguntan, se interesan por el hotel, por su abandono. Ella fuerza una sonrisa conejil, restriega las manos en el mandil y su voz aflautada se hace casi un silbido.

—Yo no sé nada — responde,  y se aleja con prisas por si a una nueva pregunta tuviera que dejar sin respuesta.

No, no les cuentes ¡A ellos qué más les da! Vienen a pasar unos días de descanso, a caminar por sendas de montaña, a llenarse de naturaleza… Pues que disfruten de estos parajes sin necesidad de más. Muy bien Aurelia, tú que todo supiste, tú no sabes nada.

Entran y se detienen en la misma entrada. Dejan aparcados sus petates y sus mochilas sobre los sillones alados de mimbre y echan una rápida ojeada, insuficiente para apreciar los desconchones de las paredes ahí donde la pintura no aguantó el paso del tiempo.

Días atrás, algunas mujeres han estado oreando y espabilando el silencio y la humedad. Han limpiado los muebles y fregado los suelos, pero pequeñas partículas de polvo se resisten a dejar su acomodo después de tantos años, diez… o ¿ya son doce?, y persisten pegadas sobre los pocos objetos que componen la decoración del hostal. Se apiñan en la atmosfera, en el aire que las atrapa suspendidas en la claridad que entra por la ventana enrejada.

Los hombres suben por las escaleras hasta la planta de arriba y se distribuyen justamente en las mismas habitaciones que ocupamos Ernesto y yo. En la mía, la más grande se instala, el más joven. La atraviesa y abre las contraventanas del mirador que se asoma al pequeño jardín, ahora descuidado y sucio. La luz se adueña del espacio y reverbera en el espejo del armario.

 

Una de las muchachas silenciosa deshace las maletas y cuelga mi ropa. Me han sentado frente al mirador en un sillón de mimbre, como los de la entrada; el esfuerzo de subir la escalera me ha dejado sin aliento. Inspiro el aire de la otoñada obligando a mis pulmones con el ansía ebria del que apura los últimos tragos, y me complazco en mirar los geranios repletos de flores que rodean el brocal de la fuente, y las petunias que siguen floreciendo arañando los días que las queda antes de que las marchite el invierno.

En la habitación de al lado oigo a mi marido dar órdenes y manda recado al médico de que ya estamos aquí. No necesita médico quien ya está sentenciado a no ser para testificar su defunción. Pero él se empeña, hay que cubrir las apariencias. Le oigo caminar hacía aquí. La puerta que une nuestros dos cuartos se queja ante su paso y chirría; ya le siento junto a mí… Una mirada suya basta para hacer salir a la muchacha que deja su cometido a medias. No me vuelvo, pero percibo su respiración gruesa a mi espalda y su tacto blando en mi hombro. Me parapeto tras el escudo invisible que he creado, frontera entre su espacio y el mío, para poder soportar su cercanía, y para que él no encuentre más de mí que el roce de mi vestido.

—¡Qué!, ¿contenta? Ya estás en tu pueblo. Como has visto, cumplo mi compromiso, podrás morir en paz.

Estoy acostumbrada a su crueldad. Y sus palabras ya no me hacen daño. Antes, me convertían en un animalillo herido y

asustado pero desde que supe que la enfermedad tiene echada la cuenta de mis días, un extraño poder me liberó de su maldad y sus desprecios.

Un acceso de tos me parte la espalda, otro, otro, uno más y otro. Busco mi pañuelo en la bocamanga de mi vestido, pero no está. Me tapo la boca con la mano intentando controlar el espasmo convulsivo. Ernesto retrocede unos pasos. Puedo sentir su gesto de repugnancia, de asco cuando ve la sangre.

—¡Muchacha, muchacha! —llama, mientras sale de la ha- bitación dejándome a solas con mi sangre, con mi sudor, con la mañana que entra por el mirador igual de deprisa que sale la vida en cada golpe de mi respiración.

Las chicas han entrado asustadas y me recuestan en la cama con mimo, con celo, como si fuera una niña pequeña, o una virgen.—Descanse, señora, descanse. El viaje seguro le fatigó— Y yo me abandono a esas manos amables y sencillas que huelen a lejía y a jabón.

 

Sentado en la cama se ajusta los cordones de las botas. Los otros ya le esperan abajo. Han gritado varias veces su nombre, apremiándole, ¡Enrique!

Ha cambiado sus ropas de viaje por otras más cómodas: jersey de lana sobre camisa de franela y pantalones de pana gruesa. Baja deprisa las escaleras para reunirse con sus compañeros que ya están en la puerta. Junto a ellos, Ramón, mi buen Ramón. Entonces, era un rapaz de mocos y ausencias que escucha y habla a través de sus ojos. Hoy, un mocetón que cierra los párpados y mira a otro lado para no decir. Lo envió Aurelia, según lo acordado. Será su guía y les descubrirá los secretos que guarda la montaña.

—Ya era hora, —le increpa el que parece el mayor de los cuatro. Un hombre corpulento con el pelo canoso ensortijado—Se supone que el más joven debería ser el más rápido.

Le presentan a Ramón que le saluda de la única manera que puede, ofreciendo su mano y una sonrisa.

—Soy Enrique, el tardón —ironiza.  ¡Enrique! —me gusta ese nombre— Estrecha la mano que le tienden y se excusa por la tardanza—Me di una ducha, y deshice el equipaje. Por cierto, ¿quién de vosotros está acatarrado? Tosía como si se le fuera a partir el pecho.

Ellos no han tosido y me inquieta la posibilidad de que él pueda escucharme. Bromean sobre ello, mientras se adentran por las calles del pueblo. Ramón camina delante de manera que no pueden ver su gesto de preocupación. Ya no sonríe. Uno de los hombre alcanza su paso y le pone la mano en el hombro para que le mire y pueda leerle sus labios.

—Hoy nos acompañaras a visitar los alrededores y pro- gramaremos las excursiones de los próximos días ¿De acuerdo, Ramón?

Ramón asiente con la cabeza y vuelve a sonreír.

 

La tarde está quejosa y se aleja lánguida. Las cumbres bostezan allá por donde se esconde el sol. Me han bajado al jardín envuelta en una manta y miro esos reflejos tras los que tantas veces deseé marchar, imaginando que eran anuncios de otros mundos que me esperaban, de otra vida más viva de la que se me presentaba en un pueblo encerrado entre montañas. Ansias locas de volar de una atolondrada adolescente que pedía al cielo su libertad cuando ya era libre. Y el cielo me castigó. Ya de nada vale lamentarse.

Continuará…

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