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La caverna by Veronica Boletta

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Camina a paso vivo junto a la presencia que trota a su lado, un perro vagabundo seco y polvoriento. Escucha el batir de un tambor acompañando su huida. Podría tratarse de un ejército, tal la intrepidez de su crimen. Sin embargo, es el torrente impulsado por su corazón, un motor desbocado el que provoca el ruido, esa marcha en su sien.

Alza las solapas del sobretodo. Con ese gesto, entre displicente y  disimulado, protege su rostro del viento que arrastra hojas y polvo y también, especialmente, de las cámaras de control, ubicadas estratégicamente en las calles. Sospecha, y sabe que no está equivocado, que la identificación por imágenes y la geolocalización, ambos procesos simultáneos, han evolucionado exponencialmente respecto de los sistemas rudimentarios   conocidos en su época. Como sea, debe pasar desapercibido si quiere resguardar el secreto.

La luz rasgó las tinieblas. La realidad es una metáfora. Introdujo su cuerpo esmirriado en esa grieta abierta por la luz. Su osadía obtuvo recompensa. Ahora, su cuerpo refugia el conocimiento velado. Debe propagarlo, darlo a conocer. Escapa para atacar. Reserva fuerzas. En este punto de los acontecimientos, su historia es un espejo de aquella alegoría relatada por Platón. Bien aderezada por extrañas figuras, un cangrejo ancestral lo protege con su estrategia y su andar zigzagueante. Volverá por los suyos a contarles la buena (¿?) nueva. Existe otro mundo más allá de las catacumbas y los subterráneos, de las galerías dominadas por el Topo Supremo. Hay otras verdades, diferentes a las que conocen ellos, los Prisioneros.

El Mensaje le ha sido confiado de manera confusa, atropellada. A poco de ver aquel otro lado de la luna, su faz oculta, comienza la fuga a su lugar de origen. La libertad lo envenena como una droga. Vuela su viaje psicodélico en un cielo sin diamantes.

Entra en shock.

Su cuerpo se sacude bajo la potencia del desfibrilador.

«¡Lo perdemos! Preparen la inyección de adrenalina» —grita el médico de Emergencias.

«¡Lástima! Malgastamos un ejemplar valioso.»  —se lamenta el Topo Supremo en el mundo subterráneo.

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