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TRAPOS by Ricardo Martí Ruiz

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Estás desnuda frente a tu espejo favorito, el de las bombillas de bajo voltaje que no iluminan tu edad. No es sorprendente que te haga falta. En esta vida tan marrullera, es difícil mantener tanto el cutis como el interior despejado.

Mientras te limpias con un pañito (el cutis), te preguntas por qué siempre son las secretarias las que terminan en situaciones como la tuya, siendo secretaria. El robot antes no actuaba así. Como buena maquinita de negocios que es, durante todos estos años, nunca había hecho nada indebido. A veces con tus amigas, también secretarias, comentabas la intrépida corrección de este tipo, y su impecable distancia emocional. Una vez, sola, hasta pensaste en su cuerpo y en cómo sería probarlo; pero eso fue una sola vez y, al menos hasta hace poco, no te interesaba averiguar.

Pero algo le ha estado pasando últimamente. Nada obvio, obviamente. Sólo los detalles que una capta cuando, después de mirar la misma cara en la misma cara por los últimos que-se-yo-ni-cuantos años, la notas de repente distinta. Todo empezó con una mirada suya. Pensaste que fue un poco más larga de lo común, y un poco más directa a los ojos. Una mirada profunda siempre compromete y esta no fue una excepción porque, por alguna razón extraña, a esa mirada suya le respondiste con una guiñada coqueta. Para cuando te diste cuenta de lo que acababas de hacer y tu cara cambió de sonrisa a sorpresa y de rocío a sequía, ya era muy tarde. Desde ahí todo se puso cada vez más raro. A cada rato lo observabas admirándote, piensas tú, desde su oficina. En ocasiones, lo sentiste temblando ante ti. Una vez, te llegaron flores anónimas, entregadas por la compañía que le entrega las flores a su esposa.

El robot a veces puede ser muy ingenuo.

Estás desnuda frente al espejo y te acaricias la cabellera mientras revisas la nota que te dejó en tu cubículo ayer:

“Estimada Srta. Rincón.

He sabido de su interés en las telas. Por eso aprovecho para dejarle saber que en mi hogar tengo varios buenos trapos a los que no se les da el uso apropiado. La invito pues con toda cordialidad a recoger lo que le guste de los mismos esta noche. Tendrá que ser luego de las 9 p.m., ya que yo hasta esa hora no habré llegado y mi esposa se encuentra de viaje. Espero que su visita le sea provechosa”.

Curiosidades:

 

  1. La ortografía es muy trabajada para un contenido que pretende ser informal.
  2. Eso de que espera que tu visita te sea provechosa huele raro.
  3. La mención del viaje de su esposa.
  4. A ti no te interesan las telas.

Estás desnuda frente al espejo y piensas en qué ponerte. Te decides por el traje rojo que siempre te mete en líos. Sacas un g-string y te lo pones. Te miras de nuevo en el espejo y te gusta lo que ves. Te tiras un beso. Te ríes. Cierras la gaveta sin sacar un brasier porque decides que con un traje como este no se deben usar. Te pones el traje. Te acaricias las caderas y las bamboleas de lado a lado camino hacia la mesita para untarte toda esa parafernalia que te estarás poniendo. Te la pones. Coges tu cartera, tus llaves, dos profilácticos y te vas.

El robot vive en el penthouse del edificio más viejo del área. Es un edificio de veintiún pisos y sólo dos apartamentos por piso. Su único y lentísimo ascensor tiene tantos años como el edificio pisos; sin embargo, está recién equipado con sistema de muzak (y todo). Ahora mismo disfrutas de una versión en violines y clarinete de I want your sex, de George Michael, la cual te inspira a cerrar los ojos y pensar en el robot y en lo siguiente:

 

INT. PENTHOUSE DEL ROBOT. NOCHE.

EL ROBOT ABRE LA PUERTA DEL PENTHOUSE.. ES INMENSO. EL ROBOT LE SONRÍE A LA SRTA. RINCÓN.

ROBOT

Buenas noches, Srta. Rincón.

SRTA. RINCON

Buenas noches.

ROBOT

Se ve…           preciosa.

SRTA. RINCON

Gracias.

EL ROBOT TOMA A LA SRTA. RINCÓN DE LA MANO. CON UN SIMPLE Y MAGNÍFICO MOVIMIENTO DE SU BRAZO, LA VOLTEA ACOMODÁNDOLA FRENTE A SU CARA.

ROBOT

¿Desea vino?

SRTA. RINCON

Whisky.

AMBOS CAMINAN HACIA UNA ELEGANTE BARRA FRENTE AL JACUZZI, EN MEDIO DE LA SALA. EL ROBOT COMIENZA A PREPARAR TRAGOS. LA SRTA. RINCÓN SE ACOMODA.

ROBOT

Dígame, Srta. Rincón, ¿cree usted que existe tal cosa como la fidelidad?

SRTA. RINCON

No.

ROBOT

Entonces dígame… ¿por qué fingimos que existe?

 

SRTA. RINCON

Ni idea.

ROBOT

Es curioso ¿no crees? que tengamos reglas que no estamos dispuestos a cumplir. Parece que la sociedad da por entendido que todos debemos ser, y somos, como nadie nunca ha logrado ser.

EL ROBOT LE ENTREGA EL TRAGO Y SE SIENTA A SU LADO.

ROBOT

He perdido noches de sueño por culpa suya, Srta. Rincón. No quiero fingir más.

DE REPENTE, Y CON FIRMEZA, LA AGARRA TRAS EL CUELLO Y LA ACERCA PARA BESARLA. AL TERMINAR, LA SEÑORITA SE LEVANTA Y DICE.

SRTA. RINCON

Lo siento, pero me voy.

ROBOT

¡Cómo!

SRTA. RINCON

¡Yo vine a recoger unas telas, no a ser acosada! Me preguntas si creo que existe

la fidelidad y te digo mi opinión, que no; pero eso no significa que no creo en ella,

que no creo que debemos tratar de lograrla.

ROBOT

¡Bah! Bazofia.

SRTA. RINCON

¡Bazofia nada! Espere mi renuncia en su escritorio mañana. Su esposa aprenderá

de esto.

INMEDIATAMENTE, EL ROBOT SE DESESPERA. SE LE ENGANCHA A LA ESPALDA A LA SEÑORITA, Y ATASCA SU ANTEBRAZO CON FIRMEZA EN EL CUELLO.

ROBOT

Mi esposa no se enterará de nada,

Srta. Rincón.

EL ROBOT LA EMPUJA POR LA ESPALDA HACIA SU PRÓXIMO DESTINO. LA LLEVA A SU MUY HERMOSA Y BIEN DECORADA COCINA. SACA UN INMENSO CUCHILLO DE UNA GAVETA.

 

ROBOT

Quítate el traje.

LA SEÑORITA NO LOGRA HACER MÁS QUE GEMIR. EL ROBOT ROMPE EL TRAJE CON LA CUCHILLA, REVELANDO SU CUERPO.

ROBOT

Se ve…                preciosa.

EL ROBOT LA TOMA POR EL PELO Y ARROJA CONTRA UNA MESA. LE ARRANCA EL PANTY, LA ACUESTA DE PECHO CONTRA LA MESA, SE BAJA LOS PANTALONES Y LA PENETRA CON TODA SU FUERZA.

LA SEÑORITA TRATA DE DECIR ALGO, PERO PIERDE TODO EL AIRE CADA VEZ QUE EL ROBOT LE EMPUJA Y PENETRA. VEMOS QUE, GRADUALMENTE, EL CONTROL DE SU CUERPO DESVANECE. AL RATO, LOGRA COMPONERSE UN POQUITO, AL MENOS LO SUFICIENTE PARA DECIR TRES PALABRAS.

SRTA. RINCON

Más… duro… coño.

 

Despiertas de tu fantasía morbosa y cuestionable cuando llega el ascensor al último piso. Abres los ojos. Sientes que las piernas te tiemblan mientras te acomodas la falda. Te preguntas si eres sadomasoquista. Te restriegas los dedos contra la falda. Ves las puertas del ascensor abrirse y te diriges al apartamento apropiado. En el camino te detienes frente a un espejo, te arreglas un poco el pelo y te retocas. Caminas hacia el apartamento. Llegas. Tocas a la puerta y esperas. Observas la oscuridad de la puerta y disfrutas de una energía que como que se desliza por tu cuerpo. Estás a punto de volver a cerrar los ojos cuando se abre la puerta.

–Hola –dice la esposa.

–Hola –gimes tú.

La expresión de la esposa del robot no es ni afable ni amable. Los labios de su boca se ven secos y duros. Sientes su mirada de Medusa toda empericá con una cucharadita de Clint Eastwood recorrer cada milímetro de tu ser como si fuese este único CAT Scan del adulterio. La observas olfatear tu cuerpo. Te empiezas a sentir como una perra en celo y te quedas parada ahí, decidida a no hacer ni decir absolutamente nada hasta que algo pase. Pero tus tetas no dejan de rebotar sexualmente, tu aromático sudor de mujer en celo no deja de brotar y tu aura no deja de brillar con esa embellacada energía ladina. Te preguntas si podrías seducirla, sin darte cuenta le sonríes dulcemente.

–Espera un segundo.

La Sra. Robot sale caminando hacia la derecha. Quizás sin darse cuenta te deja la puerta entreabierta, al menos lo suficiente para que logres ver al robot parado frente a una ventana mirando hacia el horizonte mientras se frota las manos nerviosamente. Consideras entrar al apartamento y caminar hacia él, pero en este instante no te atreves. Tratas de recoger y apiñar en tu conciencia todo fragmento de intrepidez, bravura y hasta desfachatez que encuentres, pero no hay suficiente. Te quedas, pues, parada esperando a que el destino te llegue. Cuando al rato llega, la Sra. Robot, trae una caja en las manos; escrita en la caja está la palabra: trapos.

Ella te entrega la caja y te sonríe hipócritamente.

–Te ves…            muy linda.

Te quedas muda, pero le sonríes. Ella continúa lo que será una corta conversación:

–¿Tienes una cita esta noche?

–Eh, sí.

–Qué bien. Y con eso y otra tensa sonrisa, te cierra la puerta en la cara.

Estás parada con una caja de trapos que no quieres, vestida de rojo y sudada frente a la puerta que prometía mucho más de lo que por lo menos por ahora te ha dado. Te sientes frustrada, molesta, desilusionada y burlada. Pero, más que nada, te sientes bien, pero que bien… cosquillosita. Caminas de regreso al ascensor casi refunfuñando. Marcas al botón de para abajo. Piensas en lo sucedido. Llega el ascensor y te montas. Pones la caja de trapos a tu lado, no te interesa ni mirar el contenido. Escuchas una versión ascensor de la pieza No, you’re never gonna get it, de En Vogue. Cierras los ojos, triste. Ves una imagen de tu madre con tu traje rojo puesto y decides mejor abrir los ojos de nuevo.

El elevador baja un solo piso, hasta el 20, y se detiene. Cuando se abren las puertas no ves a nadie, pero escuchas unas voces.

–Muchas gracias, Sr. Roca –dice una mujer con voz caramelosa. Comienzas a apretar ese botoncito que cierra las puertas.

–De nada, señora, tengo que irme –responde la otra voz, masculina y agradable.

–Le digo, usted tiene las mejores manos, da el mejor masaje que… en mi vida, se lo juro –continúa la voz agradecida. Comienzan a cerrarse las puertas.

–Gracias. Muchas gracias, pero llegó el ascensor. Tengo que irme –responde la voz viril del Sr. Roca.

Decides ser caballerosa (te dices) y aprietas ese botoncito que mantiene las puertas abiertas, para permitir que el Sr. Roca llegue.

Cuando el Sr. Roca y su increíble torso entran al ascensor, entran con el sudor brilloso y lubricado de un anuncio de Nordic Track, la cabellera en cámara lenta con brisa portátil de Vidal Sasoon, el aura de Calvin Klein’s Obsession, las nalgas Levis 501, la quijada Mennen, la mirada Marlboro y un bultito de cuero. Te sonríe, sonrisa brillante y equipada con todo y el sonidito –clin– de una sonrisa Colgate y se te para al lado, poniendo en frente un bultito de cuero que curiosamente está abierto. Del bultito asoman un frasco de talco, guantes de goma, un aceite de masajes con fragancia de frambuesa, una exótica pluma de alguna inmensa ave, y… crees que en el fondo puedes ver una flauta. Se cierran las puertas y comienza lentamente el descenso.

Ambos se miran. Notas que su mirada tiene algo de tierno e inocente. También notas que no es eso lo que tanto te interesa de él, no tanto como lo otro. Sonríes.

–Lentito el ascensor este –ofrece el Sr. Roca como tema de conversación.

– Ajá –respondes –me pregunto si algún día llegaremos.

No creo que fue tanto, el lo, o el cómo de lo que acabas de acabar de decir, lo que tuvo la increíble connotación sexual que lo que dijiste como lo dijiste tuvo. No fue tanto el “Ajá” sino la forma en que tus labios, húmedos y rojos como la sangre, se movían, redondos, para decir “Ajá”; no tanto el “me pregunto si algún día llegaremos” sino las entonaciones, pausas y respiros entre y dentro de las palabras “me-pregunto-si-algún-día-llegaremos” lo que creó el qué se yo ni qué que creó. Quizás no fue ni tanto ni el lo ni el cómo de lo que se dijo, sino lo que se hizo mientras se dijo lo que se dijo, lo que tuvo el efecto; quizás pudo haber sido si acaso tu cuerpo que se mecía así como una nena de doce años frente a un ginecólogo con cara de Luis Miguel o alguien de esa índole; quién sabe si fue la magnífica mirada lanzada desde tus intensos ojos que, de hecho, todavía están clavados en los suyos y no le permiten desviar su vista; quizás tal vez puede que resulte que todo el cambio de ambiente se le pueda atribuir a tus ya mencionados traje, sudor, aroma, aura y rebote de tetas; pero lo más probable es que es una mezcla de todo. La cosa es que en este momento histórico tú y el Sr. Roca se encuentran con las miradas amarradas entre sí, y las manos temblorosas… pero.

Al examinar la cara sorprendida, excitada y considerablemente asustada del Sr. Roca, puedes notar un rastro claro de eso que algunos llaman la represión del animal humano (o cómo la sociedad le cortó el pipi a Pepe). Una analogía sería pensar que a un perro se le entrena para no cagar. Cagar no sólo es un placer, sino una necesidad; privar a un perro de ese acto con tan absurda ordenanza resultaría en una explosión desagradable y de muy mal aroma. Lo cual me remite al Sr. Roca –cuya expresión ahora, razonablemente, es muy similar a la de un perro con ganas de cagar–, que a pesar de estar entrenado en el arte del toqueteo, siendo masajista, y probablemente haber disfrutado de más de una que otra pequeña travesura, se nota que ha pasado suficientes momentos con el hocico en la mierda y el “NO-NO-NO” en sus tímpanos como para saber que caerle encima a una extraña en un ascensor puede tener ciertas consecuencias. Tú rezas por que el instinto del sujeto venza y decides tomar la iniciativa; levantas tu rabo y le dices

–¿Tú tocas la flauta? –, sabiendo que cuando diga “Sí” podrás con todo tu doble sentido barato responder “Pues tócamela, por favor”.

Sin embargo, responde –No–.

Te preguntas si te está mintiendo. Te preguntas qué objeto largo y metálico puede confundirse con una flauta. Decides brincarle encima.

De repente, el ascensor se detiene de nuevo.

Estamos en el piso número 16, esperando a que las puertas se abran y tú bajas la cabeza, un poco avergonzada, pensando en lo que acabas de pensar hacer. Te asustas bastante porque te das cuenta de que algo raro merodea tus interiores. Las voces de tu mente a mil millas por horas te gritan “¿te-has-vuelto-loca-mija?” y te contestan que probablemente sí, que hubo un clic en algún lado de tu cerebro que botó un jugo raro que hizo salir a tu Lolita, tu Lulú, tu Don Juan, tu Cleopatra, tu Marilyn Monroe, tu Seka, tu Jeffrey Dahmer y tu etcétera, todos juntos, convirtiéndote en este único y pervertidísimo ser.

Tratas de controlarte. Decides pensar en cosas como política y religión, pero no da. Le ruegas al Señor Padre Todopoderoso que la persona tras las puertas del ascensor sea un horripilante cura (o una repugnante monja). Le ruegas a la Santísima Providencia que –chica te lo suplico– sea una doña con rolos y mumu. Le pides a la Omnipotencia que lo que haya al otro lado sirva como manguera celestial para apaciguar las pasiones carnales. Pero más que nada, le imploras al Sursum Corda que por favor, por favor, por favor; no sea, por una razón muy privada, una mujer policía.

Se abren las puertas.

La Sgto. Flores y sus acariciables caderas se acercan al espectro pervertido de tu presente presencia, con unas brillantes esposas y una inmensa macana negra. Tu mente, acaparada por imágenes de cuerpos desnudos, fricción, impacto, sudor y gemidos, antes que nada, decide renunciar a cualquier afiliación tanto con nuestro Creador como con cualquier valor asociado con Él, incluida la prudencia; luego decide concentrarse en las posibilidades que ofrecen un masajista, una mujer policía y todos los aparatos que consigo traen. La música del ascensor ahora es Let’s get it on de Marvin Gaye. Se cierran las puertas. La sargento se para a tu otro lado y, para colmo, se te para bien pero que bien cerquita.

Piso 15. Tú le miras el cuerpo, miras cómo la uniforme marca de verde cada curva de su cuerpo, incluida su cintura que toca y en cierto modo como que acaricia tu ahora y por un instante estática mano.

Piso 14. Su pecho parado-como-le-enseñaron-en-la-academia deja que sus brazos guinden y sus manos se mezan y de vez en cuando toquen tu nalga, tu mente grita, su pelo desciende y cae en tu hombro, tu cuerpo vibra.

Piso 12 (no hay 13). Miras la cara de la Sgto. Flores, te gestiona militarmente amable; miras al Sr. Roca, te sonríe nervioso. Te preguntas si esto es una extraña conspiración o si tal vez hubo un escape de un gas afrodisiaco en el ascensor porque juras y puedes estar segura de que todos en el ascensor están pensando y sintiendo exactamente lo mismo que tú.

Piso 11. Estiras un poco la mano que roza la cadera no sólo para sentir a la sargento sino para tantear sus límites. Te miras la mano estirada contra su costado, luego le miras la cara, no reacciona.

Piso 10. Estiras un poco más tu mano y la recuestas contra su ropa utilizando tu dedo índice para acariciarla con cuidado. Te miras de nuevo la mano y el dedo y miras de nuevo su cara, y de nuevo nada, ni una reacción, ni jí. Crees que hasta acerca su cuerpo al tuyo.

Piso 9. Sientes que su mano deja de mecerse y descansa en tu nalga izquierda, te meneas un poco para acomodarla.

Piso 8. Sientes las puntas de sus dedos acariciarte con suavidad. Miras de nuevo al Sr. Roca, lo ves excitarse al notar lo que ocurre. Le sonríes y extiendes tu mano hacia su cuerpo.

Piso 7. Todos saben que todos están de acuerdo.

Piso 6. Le sueltas la correa y todos los botones al mahón 501 del Sr. Roca con tus ya-entrenados-en-ese-arte dedos y besas frenéticamente la boca de la Sgto. Flores.

Piso 5. Sientes que una te levanta la falda por delante y el otro por detrás. Sientes las uñas femeninas escurrirse hasta adentro de tu panty para acariciar tu desto y la mano masculina más imprudentemente agresiva desnudar tu trasero de un solo gesto mientras se acercan los 501 y lo que ellos contienen para restregarse firmemente en tu lo otro.

Piso 4. Le abres el uniforme a la sargento y le lames el pecho como la perra que ahora sabes que eres, le ladras que por favor te espose.

Piso 3. Ves al Sr. Roca sacar de su bolsa un lubricante y la cosa larga y metálica que resultó no ser una flauta. La Sgto. Flores empuja tu cabeza hacia abajo y se apodera de tus brazos, manos y muñecas para esposarlas.

Piso 2. Te das cuenta de que no eres tanto secretaria, ni ella policía, ni éste tipo masajista, sino cavernícolas o mejor dicho chimpancés lampiños y vestidos de rojo sangre, de verde grama y con mahones 501, satisfaciendo desesperadamente cada caprichoso impulso que los genes que se nos han regalado nos imponen.

Piso 1. Gritas un aguacero de pasiones extáticas y salpicas un lapachero que navega a través de “la flauta” hasta desembocar en la mano que la aguanta, y como de la nada, de repente, eres alegría, eres eterna, de repente eres pura energía embotellada, aire, luz, tierra y fuego y viento y todo eso bien chévere, de repente todo tiene sentido. De repente el ascensor se detiene.

Lobby. Estás desnuda y esposada, sintiendo una cosa larga y metálica que abre tus interiores recién lubricados mientras regresas a la triste realidad del lobby. Todos esperan congelados de pánico a que las puertas del ascensor se abran y los muestren al mundo externo.

Cuando finalmente abren, revelan la peor de las malas suertes: un horripilante cura, una repugnante monja y un fotógrafo de Life Magazine.

Nadie sabía qué hacer, excepto el fotógrafo; él se ganó un Pulitzer ese año.

 

 

 

 

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