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LA MEDIANA by María G. Vicent

la mediana 1

La mediana, así era como la llamaba todo el mundo. Y no era de manera fortuita, no. Era la mediana, entre las sombras que proyectaban sus hermanas. La mayor, segura y siempre en posesión de la verdad; y la pequeña, expansiva, de carácter fuerte y poco dada a la transigencia.
No se parecía a ninguna. Quizá la vida, por algún extraño azar, le había dado un carácter sereno, tranquilo, conciliador, con tendencia a absorber y minimizar los estragos que producían los encontronazos entre la mayor y la pequeña.
Se habían reunido en la casa familiar para preparar la fiesta del 50 aniversario de uno de sus hermanos. Sentada entre las dos en torno a la mesa, frente a una taza de café, escuchaba sin oír las conversaciones airadas de sus hermanas. Intentaba retrasar el momento de su intervención. Era la vieja historia.
Mientras las dos discutían, Elena, con mirada soñadora, paseaba la vista por aquella habitación llena de recuerdos.
Mientras contemplaba el salón recordaba a su madre sentada junto a la ventana. La luz de la tarde se reflejaba en su pelo, y su mirada parecía alejarse de allí, mientras escribía. Entonces no sabía definir como era aquella mirada. Ahora sí. Era una mirada nostálgica. En esos momentos parecía olvidarse de ellas que jugaban o peleaban a su lado, mientras su cabeza se perdía más allá, en algún lugar al que ellas no tenían acceso.
Un día se acercó y le preguntó qué era aquel cuaderno en el que tanto escribía. Su madre sonriendo le dijo que era un diario, el lugar donde guardaba sus secretos, y que allí estaba escrita toda su vida desde hacía muchos años. Ella se había quedado muy impresionada con la idea de tener toda una vida en un cuaderno y en aquel momento, decidió escribir el suyo también.
Elena revolvió el café y tomó un sorbo, mientras suspiraba. Amaba todos los detalles que la rodeaban. La mesa grande en un tiempo punto de reunión para toda la familia, el canterano con incrustaciones de marfil donde su madre se sentaba horas y horas escribiendo su diario, el sillón de orejas de su padre con un dibujo de margaritas gastado por el tiempo y que a ella de niña le hacía soñar con un jardín. Las pequeñas cosas bañadas con la misma luz dorada del atardecer que teñía todo de misterio y que la adormecía en sus tardes infantiles.
Se sentía bien, pero las voces femeninas más fuertes en ese momento, le recordaron que no era el momento de los recuerdos. Sus hermanas como siempre en cualquier situación que las reuniera, habían hecho estallar la guerra.
Sintió un profundo cansancio y se preguntó si sería capaz por una vez en su vida de dejar que las situaciones fluyeran por si mismas.
¿Qué ocurriría si ella no intervenía? —esta idea pasó fugazmente por su cabeza.
Así que en silencio contempló como transcurría el diálogo en lo que parecía una larga discusión sobre un cubremesa bellísimo que había entre ellas.
La mayor, con un tono de irritación en la voz, lo señalaba:
—Lo tuyo es obstinación. Esto es justo lo que necesitamos y no veo motivo por el que no podamos utilizarlo. A nuestra madre le gustaría para una fiesta como esta —dijo.
—Y tú nunca puedes dejar de ser autoritaria. Siempre lo has sido y lo sigues siendo, pero no intentes manipularnos decidiendo lo que hubiera deseado nuestra madre. Es una pieza muy bonita y además creo que es única. La bordó la bisabuela de nuestra madre y por eso, aunque sea tan solo por lo que significa, la tenemos que conservar como está, así que no estoy de acuerdo contigo —respondió la pequeña.
Sería raro —pensó Elena— que estuvierais de acuerdo en algo. Nunca lo estaréis ni siquiera para las cosas nimias y me habéis obligado a actuar siempre de árbitro de un partido que yo nunca quise jugar. El querer a una significaba el reproche de la otra y la intolerancia e incomprensión es lo único que he aprendido de vosotras.
Me he perdido entre lo que hubiera querido ser y lo que vosotras me habéis permitido que fuera dentro de esta familia.
Recordó con claridad aquel día en el que las dos —niñas apenas— trataban de arrebatarse una a la otra el diario que habían encontrado encima de la mesa. Tanto forcejearon que acabó en el fuego de la chimenea. La madre, llorando, lo intentó recuperar, pero desapareció entre las llamas. A Elena le costó mucho olvidar la expresión de tristeza de su madre cuando vio los restos carbonizados y pensó, entonces, que nunca les perdonaría a sus hermanas lo que le habían hecho. Pero las perdonó muchas más veces.
Ahora volvió de nuevo a la realidad sintiendo una sensación de rebeldía que no quiso ahogar como en otras ocasiones. Su mirada se ensombreció. Dejó que aquel nuevo sentimiento que estaba empezando a experimentar cuando contemplaba a sus hermanas fuera invadiéndola poco a poco, y notó que ya se habían agotado los días de su entrega.
Con movimientos controlados, sin pronunciar palabra, Elena levantó su taza de café y lentamente la vertió sobre el cubremesa. Aquella mancha de color marrón fue extendiéndose lentamente sobre la tela blanca y bordada y a medida que lo hacía en la cara de Elena aparecía una sonrisa.
La sonrisa no desapareció mientras cogía el bolso y el abrigo y se alejaba hacia la puerta que abrió y cerró tras ella con cuidado.
Todo en la habitación era silencio. La mayor y la pequeña se miraron. A lo lejos se oía el taconeo de la mediana que se alejaba.

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