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EN LO QUE DURA UN TANGO by Felicitas Rebaque

Rondaría los cuarenta. Buena planta y estatura. Moreno, pelo negro, ojos negrísimos en unas esculpidas facciones de rasgos acusados y varoniles que rubricaba una boca de labios carnosos y sugerentes. El pantalón vaquero y la camisa blanca desvelaban un cuerpo aficionado a los deportes y al aire libre.

Confieso que me perturbó. Aquel hombre pareció llenarlo todo. Era en verdad atractivo. Lo más atractivo que había visto fuera de una pantalla de cine.

A pesar de la sonrisa amable su rostro reflejaba preocupación. Me miraba esperando a que yo dijera algo. Ante mi silencio, preguntó:

—¿Es grave la herida de mi madre?

Su voz fue un latigazo que me hizo reaccionar.

—No, no —respondí, ocultando mi afectación bajo una pose profesional—. Una vez suturada sólo hay que evitar que se infecte. En un par de días tendrá que pasarse por mi consulta para revisar como va cicatrizando.

—Allí, estaré —afirmó Clara—. Discúlpeme, no la he preguntado su nombre.

—Ana, me llamo Ana.

—Gracias, Ana. Raúl, ofrécele algo, un dulce…o mejor, una copa del nuevo vino.

—No, por favor, no se moleste. Tengo que regresar al consultorio.

—Vamos, querida —insistió ella—, no la entretendrá tanto tiempo. Ya que está aquí, qué menos que probar el vino y conocer las bodegas.

—No, de verdad que no puedo. Otro día, fuera de las horas de trabajo, quizás. Se me ha hecho demasiado tarde.

Para reforzar mi negativa miré al reloj de bronce que presidía una de las paredes; marcaba las diecisiete cuarenta y seis. 

Clara insistió pertinaz.

—Querida, déjeme agradecerle su amabilidad. Raúl, dile tú.

Los ojos de Raúl se detuvieron en mi rostro para después descender lentamente sobre mi cuerpo. Me estremecí. Sentí que me colocaba en una pira y que él tenía la mecha en su mano. No quise imaginar lo que sería quedarse a solas con ese hombre. Mis alarmas internas comenzaron a sonar sin intermitencias.

—Ana, acepte y hará feliz a mi madre —casi susurró.

Volví a rehusar, pero él persistió en la invitación.

—La retendremos unos pocos minutos, se lo prometo. Tan solo lo que dura un tango.

Y volvió a clavarme en su mirada. 

Mi voluntad hizo un picado y se diluyó en su voz sensual y elocuente. Asombrada, me vi siguiéndole a través de una escalera señorial que conducía a las bodegas. Él tomaba mi brazo con delicadeza para ayudarme a descender.

—No debería estar aquí, —protesté aún débilmente, cuando atravesé el umbral que daba acceso al sancta sanctórum de la casa.

No pude reprimir una exclamación al entrar en su interior. Madera y piedra daban forma a una estancia abovedada de enormes dimensiones. Luces indirectas se encendían a nuestro paso creando una atmósfera cálida y especial. Las barricas se apilaban ordenadas en las paredes guardando el sueño del vino. Al fondo, una hornacina de techo a suelo acogía a los grandes caldos de la casa. Era impresionante. Sumergida en la semipenumbra y el silencio sentí un estremecimiento casi religioso. Lo rompió Raúl al decir:

—Esta es la sala de las barricas, un lugar perfecto para sentir el alma del vino, para percibir y experimentar nuevas sensaciones. Te dejo sola un instante —Y se dirigió al fondo de la bodega.

Un instante, dos, cuatro, cinco, no recuerdo; me olvidé de contar el tiempo. Se quedó detrás de mi espalda, en suspenso, mientras recorría aquel lugar en el que para embriagarse no hacía falta beber. El vino se aspiraba en el aire.

Una melodía muy suave se elevó en el aire. ¡Tango! Tango y vino.

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Cuando anochezca en tu porteña soledad,
por la ribera de tu sábana vendré
con un poema y un trombón
a desvelarte el corazón

De nuevo los acordes del bandoneón me traspasaron como espadas y abrieron de par en par la trampilla tras la que guardo mis emociones. Desbocadas, salieron por cada poro de mi piel dejándome desnuda y vulnerable.

Mientras esperaba a que Raúl regresara, balanceé mi cuerpo e inicié unos pasos de baile. Cerré los ojos. Los abrí al presentir su presencia muy cerca.

Me observaba sonriente. En sus manos, dos copas de cristal finísimo albergaban un corazón licuado, rojo, palpitante. Me ofreció una de ellas. La iba a llevar a los labios, pero él detuvo mi gesto.

—Espera, así no. Este vino es único y especial. Antes de beberlo aspira su esencia, su alma. Deja que se impregne tu olfato y llegue a tu cabeza. Solo después, moja tus labios y saboréalo como un largo beso.

El aroma que emanaba por el borde de la copa me aturdió. Música y vino, música y tango. Bebí, y el vino se deslizó suave por mi garganta. Lo paladeé al mismo tiempo que el ritmo sensual cimbreaba mi cuerpo. Bebí de nuevo… y el tango golpeó mi corazón.

—¿Bailas tango? —preguntó Raúl, de pronto.

—No. Solo sé dar algún paso. Es difícil bailarlo bien.

—No es verdad. El tango es intuitivo y palpitante. Solo hay que sentir la música y tener una pareja adecuada.

Abrió sus brazos, en una clara invitación, y preguntó:

—¿Te atreves?

Antes de que pudiera negarme, me quitó la copa de la mano y me sujetó por la cintura. Su contacto fue una sacudida. Bajé la cabeza para que no percibiera el calor que me encendía el rostro.

— Mírame —ordenó—. No te muevas de mis ojos.

¡Sus ojos! Dos pozos negros que me arrastraban a un abismo profundo. Ladeé la cara para evitar su atracción, pero Raúl elevó mi barbilla y encaró nuestras miradas. Inmóvil, me quedé atrapada en la red de sus pestañas asomándome al borde del lago oscuro de sus pupilas. Sonrió de una manera tan seductora que me diluyó en la sonrisa.

—Eres muy bonita. Estás con un hombre que te admira. Permite que el tango saque lo mejor de ti, tu instinto de mujer. Rétame con tu cuerpo y no te resistas al mío. Solo déjate llevar. Percibe la música y disfruta del abrazo.

La voz aturdía aún más que el vino.

Su mano abierta sobre mi espalda me pegó a su pecho; la otra enlazó una de las mías. Me balanceó suavemente sin que los pies se movieran del suelo. Nuestros cuerpos jugaron con la música.

—Relájate —me dijo, mientras mordisqueaba el lóbulo de mi oreja.

Comenzó a bailar. Notaba la fuerza de sus músculos. Imposible relajarme sintiendo su respiración tan cerca. Estaba tensa, en alerta, como la paloma que sabe que terminará por caer en las garras del gavilán. Él percibió mi rigidez.

—No, así no. Afloja el cuerpo. Tienes que sentir el tango como algo vivo, un impulso al que no puedes sustraerte. Piensa que el tango es un amante. Abandónate y deja que te seduzca, que te penetre hasta que no distingas a tu pareja de baile, hasta que te fundas con él y con la música.

Se detuvo, aflojó el abrazo y me preguntó misterioso:

—¿Me permitirías hacer algo? ¿Confías en mí?

Era un extraño, pero un impulso irrefrenable me empujaba a seguirle hasta donde quisiera llevarme. Asentí.

En quien no confiaba era en mí.

Un pañuelo de seda negro salido de la nada apareció entre sus manos. Paloma negra que me rodeó con sus alas y me envolvió en las sombras. Raúl rasgo la oscuridad al susurrarme al oído: “Déjame bailarte ciega, solo siente”.

¡Loco! ¡Loco! ¡Loco!
Como un acróbata demente saltaré,
sobre el abismo de tu escote hasta sentir
que enloquecí tu corazón de libertad…
¡Ya vas a ver!

Fragmento del relato En lo que dura un tango, del libro LA LIBÉLULA

3 respuestas »

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