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PÁNIKER Y YO by María G. Vicent

LIBRERÍA DE VIEJO

Llovía, llovía a mares el día que me hablaron de él.
No de él, de su obra. De su estilo brillante y vivaz y de como sus libros son una enseñanza fascinante sobre el arte de vivir.
¿Has leído a Pániker?, me preguntaron.
Y yo no había leído nada de Pániker, pero pensé que mi prestigio como lectora compulsiva se iba al garete ante aquellas personas interesantes, informadas y atentas al mínimo evento cultural.
Así que… dije que sí.
¿Has leído Cuaderno Amarillo? Me preguntaron.
El cielo seguía llorando incontables lágrimas y eso fue lo que me salvó de que descubrieran que era una mentirosilla. El agua interrumpió nuestra conversación.
Pero ya la semilla estaba plantada… ¿el arte de vivir?
Ahí sí que no me salvé porque la idea de conseguirlo pasó a ser una obsesión. Y su búsqueda se convirtió en un largo peregrinaje para encontrar aquel libro, ameno y profundo, según el sentir de los que lo habían leído.
Entre cafés y paseos en una ciudad que empezaba a sentir hostil, no quedó librería por recorrer. Fuera grande o pequeña, yo entraba con ojos suplicantes preguntando si allí tenían el objeto de mi deseo. Salía decepcionada.
En algunos momentos llegué a pensar que el propio Pániker, allí donde estuviera, se estaba vengando de mí por no haber prestado más atención a su obra.
Un día, paseando mi desencanto, lo entendí. Desde la penumbra de un lugar saturado de libros me llegó la explicación: “Está descatalogado”
Decidí que era el momento de renunciar a conocer las confidencias, porque El Cuaderno Amarillo es un libro de confidencias, del filósofo, ingeniero y escritor, que aboga por una muerte digna.
Pero… no acabó aquí la historia.
Un sábado de sol, paseaba por la calle Canuda, Pániker ya no ocupaba mi memoria, pero al ver aquella librería de viejo, la antigua curiosidad, volvió.
Atravesé la puerta como quien se introduce en un templo y me envolvió un aroma a antiguos recuerdos aprisionados en miles de libros y en sus hojas de papel. Avancé despacio mirando a ambos lados y de repente como si siempre me hubiera esperado allí, lo vi. El rostro enjuto de un hombre con una mirada entre adulta e infantil.
El “Cuaderno Amarillo”, viejo y mil veces leído, pero que llegaba hasta mí con las palpitaciones de tantas personas que lo tuvieron en sus manos, de tantas sensaciones, recuerdos y hasta rechazos.
Lo cogí casi con reverencia y me dirigí a la caja.
Son diez euros ─dijo el vendedor. Vio mi cara de sorpresa mientras volvía a guardar mi tarjeta de crédito y sacaba un billete.
─ Es de segunda mano señora ─me dijo, como si quisiera aclararme algo que para él era evidente pero para mí no.
─Qué barato puede ser cumplir un deseo ─pensé y me despedí.
Al llegar a la calle no pude evitarlo, abrí el libro por una página cualquiera y leí: “la vida no es un problema a resolver sino una realidad a experimentar…”
Sí, aquel libro prometía ser un tesoro.

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