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La herida (de ‘Casi la paz’) by Félix Molina

“No hay nada como las palabras para reconciliarte con el mundo”. Nos dice Félix Molina y nos visita en MasticadoresEspaña, abandona la Casa de MasticadoresUSA por una semana. Descansa Poe y me dice en un email: “te propongo para publicar esta semana un inédito más de ‘Casi la paz’, el librito de cuentos sobre ‘nuestra’ Guerra ‘Civil” Pues, vamos allí -j re crivello -editor

Nota: Esta vez no he seguido la indicación del autor en la imágen y he escogido una que nos considere a todos tanto de derechas como de izquierdas.

La herida (de ‘Casi la paz’) by Félix Molina

Llegó del Levante, casi como un viento. Traía un paquete de café puro, que olía a gloria, salvando cualquier distancia. ¿Comisario Restituto?, le interrogaron. Llevaba unos lentes ahumados. Se abrió paso como cortado, entre el grupo de centinelas, mientras alguien preparaba un primero, ay su olor. Hablaban del frente y sus contingencias, todo con desgana. La saca de los prisioneros era inmediata. Los llevarían donde la ciudad, comprometida, se quiebra junto al río, algo más allá del puente. Mucho más allá, rio entre dientes uno.

Lo condujeron por galerías que aburdelaban el espacio, empapeladas de pasquines fluorescentes, de consignas en las que ya no creían. Hasta dejarlo sentado en un taburete despintado, en la dependencia con olor solo a humedad –qué lejos ya el del café— que funcionaba como sala de interrogatorios. Y allí enfrente, con las manos como un cristo, la cara borrosa y hundida, estaba el otro.

Era un caso especial. Se lo había dicho a sus superiores y ahora lo repetía a estos subordinados. Incluso al que, de guardia, se adivinaba resoplando tras su hombro. Llevaba lo de aquel hombre de enfrente muy dentro, ya lo había repetido suficientemente. Era como una herida. Sacó de una faltriquera otros dos paquetes de lo mismo y un papel de estraza donde se movían dos chuletas vivas nadando en su sangre, como recién arrancadas del animal. Se tocó el arma e hizo un guiño al guardia mientras le deslizaba la ofrenda. Parecía entender.

Luego, solo frente al prisionero, dedicó lo mínimo a su inspección. Ni siquiera descendió a la rutina del cigarrillo compartido. Desde que le dijeron que el seis lo había encontrado en una casamata cercana a la línea, viviendo casi de las hierbas, no dejaba de pensar en él ni una noche siquiera. En los partidos de antes de toda aquella mierda. Él y el otro compitiendo con tíos que les doblaban en edad, a veces él era el cancerbero; otras el que se hinchaba de marcar goles. Y la mirada de Luisa, esa mirada siempre atenta.

Se quitó los lentes. Y el otro compartió de repente, casi como un abrazo, la única sonrisa que se habían permitido en unos cuantos meses. Comenzó una perorata donde silbaban, tal balas de fogueo, palabras como integridad, país, vergüenza. Siguió un silencio.

–Qué fascismo ni qué leches…–dijo mientras lo aceleraba todo–. A ver cómo coño nos las arreglamos para que yo sangre por aquí –se señaló un lugar impreciso, pero entre la sien y la ancha frente–. Y que no me duela mucho…—amartilló mientras sugería un gesto, con la hebilla del cinturón que se había desatado en la mano.

… … …    … … …   … … …

Cuando despertó se alegró de estar consciente, sin dolor apenas, sintiendo casi con placer cómo una sanguijuela manaba desde el principio de la ceja. Se incorporó para comprobar que el tiempo había sido el suficiente. Desde las galerías más profundas se podía oír el fuga, fuga, fuga. Volvió entonces a tirarse al sucio suelo, el ánimo tranquilo, con esa sensación de que otra vez las suturas del balón se aferraban a su estómago.

© félix molina, Casi la paz

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