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LA FRAGILIDAD DE LAS IPOMEAS by María G. Vicent

Fragmento de la novela La Fragilidad de las Ipomeas de María G. Vicent

La misiva era muy escueta. Para un observador ajeno parecía la confirmación de un trabajo cualquiera. Podía caer en manos de un extraño sin que tuviera sospecha alguna.

            Simone consiguió frenar el temblor de sus manos. No se reconocía. Presintió que sus nervios, templados de habitual, le iban a fallar en aquellos momentos. 

Se detuvo a pensar qué era lo que le producía aquel desasosiego. ¿Quizá un atisbo de moral que creía haber perdido por completo? ¿El miedo a que las consecuencias, aunque fueran favorables para él, no le dejaran vivir tranquilo el resto de su vida?

 ¿Miriam?… El pensar en ella no le tranquilizó. Al contrario. Notó una opresión en el pecho y por un instante, como una idea resbaladiza, se coló en su pensamiento el deseo de una muerte rápida que le librara de las obsesiones que le habían acompañado toda la vida. Miriam, con su sentido de la honestidad, jamás entendería el motivo por el cual él había puesto en movimiento la rueda del destino. 

            Giró la silla hacia la ventana y oprimió un botón a la altura de la mesa. Las persianas se elevaron con un pequeño crujido mientras la luz intensa se derramaba por sus pantalones y llegaba hasta la mesa. 

Entorno los ojos. Le dolía la cabeza. Se llevó la mano a la sien donde una vena latiendo de forma acompasada, se alzaba prominente. Aún conservaba la misiva en la mano que apoyaba laxa sobre la rodilla. 

En su memoria Simone retrocedió hacía la noche anterior. Una lucha intensa se desarrollaba en su interior. Su deseo de alcanzar el poder seguía siendo fuerte, pero aquella ambición que siempre había mostrado sin fisuras no se le presentaba ahora de una forma tan clara. 

No tenía miedo. Eso lo sabía. Como también sabía, que el día en que conoció a Miriam marcó un cambio en su vida. El Simone que conocía empezaba a tomar en consideración sentimientos y planes de futuro que nunca se había planteado. 

Sonó un golpe discreto en la puerta. Se irguió en el sillón intentando recobrar la compostura mientras guardaba la nota en uno de los cajones del escritorio.

—Adelante Isabella —contestó, imaginando que sería su secretaria. No era ella.

 La puerta se abrió con energía y por ella entró un hombre alto y fuerte. El blazer azul que llevaba y lo tostado de su piel unidos a una forma de andar, con un ligero balanceo, le daban la apariencia de un curtido marino. Tenía una sonrisa simpática que se intensificó a medida que se acercaba a Simone. 

—Salud Simone —le dijo a la vez que extendía sus brazos hacia él y lo hacía desaparecer entre ellos. —Mi viejo amigo, me preguntaba en qué oscuro agujero te podías haber metido para no contestar a mis llamadas. Te imaginaba preso de alguna de esas crisis que tienes desde que decidiste presentarte a esa maldita Presidencia.

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