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El personaje te sale al encuentro by Felicitas Rebaque

Siempre me dejo llevar por esas “causalidades” que nos presenta la vida. Son como faros que emiten una señal. Un silbido en el oído para captar nuestra atención, en un momento determinado. No sé por qué se producen, pero siempre las sigo, ya que me han conducido a lugares interesantes o a encuentros decisivos e insospechados. Intuición y percepción, quizás por eso escribo. Y por la misma razón procuro no dejar pasar una oportunidad de vivir una nueva experiencia o de conocer una nueva historia.

Tenía planeado un fin de semana con M. Nos solemos regalar unos días juntas, de cuando en cuando, bien en Madrid o Barcelona; en esa ocasión tocó Madrid. Habíamos quedado para comer en El Círculo de Bellas Artes. Me dirigía a su encuentro cuando me llamó por teléfono para decirme que un imprevisto le hacía imposible reunirse conmigo hasta al día siguiente. Estaba bastante apurada por el “plantón”, pero la tranquilicé, prometiéndole que recuperaríamos el tiempo perdido. Pensé en llamar para anular la comida, pero me pareció una lástima desperdiciar la ocasión y decidí disfrutarla yo sola.

Había pedido un aperitivo mientras decidía qué comer, cuando el peso de una mirada me hizo levantar los ojos de la carta. En una mesa cercana, un hombre me observaba con atención.  Volví a centrarme en el menú hasta que escuché llamarme por mi nombr

—¿Eres…?

—¿Nos conocemos? – Respondí yo.

—En la presentación de uno de tus libros.  ¿Puedo acompañarte o esperas a alguien? Tengo sincero interés en que me desveles ciertos interrogantes que me planteó tu novela, si no tienes inconveniente.

No suelo sentar en mi mesa a desconocidos, pero en este caso hice una excepción. Su franca sonrisa, su mirada directa, un discreto atractivo que residía sobre todo en sus ojos verdes enmarcados en un rostro agradable, inclinó la balanza a su favor. Parecía inofensivo. Le calculé algunos años más que yo. El pelo canoso y las arrugas alrededor de los ojos, así parecían indicarlo.  Pero lo que más exacerbó mi curiosidad fue  ese interés, al parecer sincero, por mi libro.

Me pregunté qué tendría de interesante una historia de amor juvenil que se desarrolla en un ámbito rural en medio de la naturaleza para un hombre de mundo como él.

Comenzamos hablando de literatura, de mis comienzos como escritora, de nuestros autores y libros favoritos para, en los postres, terminar tocando superficialmente lo personal. Con el café, pasó a indagar cómo se había pergeñado la trama de mi novela.

Noté un ligero gesto de contrariedad ante mis evasivas y mis respuestas vagas por la suave elevación de las cejas, aunque después aceptó mi silencio al confesarle que todos lo entresijos de la historia pertenecen a la parte oculta e íntima del escritor y que no nos conocíamos lo suficiente como para que yo se los descubriera.

Él siguió insistiendo. Su interés me pareció que iba mucho más allá de la novela. Ambos medíamos lanzas por eso, cansada del juego, le pregunté directamente en dónde radicaba su curiosidad por la historia.  Me respondió con las mismas evasivas que anteriormente le había dedicado yo.

Nuestras inteligencias se retaban y, ante los posibles secretos que yo me negaba a desvelar, nuevas preguntas surgían. Mis respuestas enmarañaban la madeja que estaba dejando a su alcance procurando que no se notara mucho que  estaba tirando del hilo. Puse punto final al juego, cuando le dije que los escritores no solemos confesar nunca las fuentes de nuestras historias.

Nos despedimos cordialmente, no sin antes intercambiar tarjetas, esperando que la vida propiciara un nuevo encuentro.

Después de aquello, ninguno de los dos nos pusimos en contacto. Tengo que confesar que me sorprendí varias veces pensando en él. Su recuerdo me inquietaba, un rasgo de picardía que vislumbré en sus ojos, como si estuviera ocultando algo que yo debería descubrir.

Más tarde, al comenzar a escribir una nueva novela me percaté que yo tenía la llave de su secreto. Su historia estaba en mis manos. Nunca supo que sería uno de mis personajes.

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