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EL RETORNO DE LAS GOLONDRINAS by Mercedes González Rojo

A C. en cuya historia se basa este relato que ya nunca podrá ver publicado. In memoriam.

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar…

               … Andrea garabatea en su cuaderno el conocido poema de Gustavo Adolfo Bécquer. 

               Al leerlo, y de no ser por la torpe caligrafía deformada por el tiempo y la falta de práctica,  cualquiera podría pensar que se trata de los versos escritos por  una jovencita en esa edad en la que la mayoría sueñan con el amor romántico, ese que hoy se les sigue inculcando a través de las revistas y la televisión y los libros específicamente escritos para ellas.  Con todo, Andrea no sabe si se sigue aún leyendo a Bécquer o si las jóvenes de hoy en día consideran su poesía una cursilería pasada de moda. Y es que ella no es ya ninguna jovencita. Es una mujer madura que ya no cumplirá los 90 años, una mujer que ha sido madre, abuela e incluso bisabuela. Y no le da vergüenza alguna reconocer que estos versos, que aún recuerda de sus años mozos, todavía la llenan de emoción. 

               Trabaja sobre ellos como ejercicio de escritura y de memoria. Hace ya algunos años que, tras quedarse viuda después de una larga y agotadora enfermedad de su marido, se apuntó a unos talleres de entrenamiento de memoria. Y desde entonces no los ha dejado pues para ella han supuesto la oportunidad de retomar su vida  aprendiendo y practicando cosas que siempre hubiese querido saber pero que la vida, por unas u otras circunstancias, nunca le permitió conseguir, comenzando por elevar el grado de su autoestima.  

               Hoy su profesora les ha pedido que intenten aprender este poema y escribirlo después desde la memoria. Andrea lo está haciendo justo al contrario pues lo recuerda casi en su totalidad. Después podrá comprobar hasta qué punto estaba acertada o no y si aquellos versos a los que tanto se aferró en su ya lejana juventud verdaderamente  siguen aún vivos en su mente. 

… aquellas que aprendieron nuestros nombres…

¡esas… no volverán!

               Con los siguientes versos los pensamientos de Andrea se han ido lejos,  muy lejos.  Está sentada en la sala de su casa, la que da al jardín lleno ya de flores en estas fechas. Aún florecen las lilas junto a los rosales arrebatados de capullos. La temperatura es tan cálida que la ventana permanece abierta y se oyen gorriones y vencejos mientras el tiempo parece detenerse una vez más en torno a ella. Hasta que el eco lejano de una radio trae de nuevo retazos sueltos de esos insistentes y machacones  discursos sobre esa crisis que lleva meses invadiéndolo todo. Le repelen esas voces que sólo saben meter miedo en el cuerpo de la gente olvidando en sus discursos los logros sociales de los últimos tiempos. Voces llenas de odio y de amargura que la horrorizan cuando insinúan alusiones a nuevas guerras. Le parece inaudito que hablen con tanta ligereza de algo que no conocieron como una de las consecuencias en las que puede derivar la actual situación, de no seguir la misma por los derroteros que algunos pretenden marcar en ella. No puede entender que haya personas tan inconscientes que se atrevan a plantear una posibilidad así en estos tiempos o que lo insinúen siquiera aunque sólo sea para atemorizar a los más viejos. Porque ella sabe muy bien que los más jóvenes son incapaces de imaginar siquiera una tragedia así. Y se la llevan los demonios cuando son las propias mujeres las que más despotrican de los tiempos que vivimos. ¡Precisamente las mujeres! Porque Andrea tiene ya más de noventa, sí, pero su memoria aún es nítida y, a pesar de las conservadoras circunstancias que han rodeado su existencia, su espíritu siempre ha sido crítico e inconformista, aunque casi nunca haya podido o sabido manifestarlo. Por eso ahora que ya no hay régimen ni impedimento alguno que la obliguen a callar lo que piensa, no quiere conformarse, ni dejar que hablen por ella, ni mucho menos que intenten “hacerla comulgar con ruedas de molinos”. Sólo ahora, después de muchos años y muchas luchas,  se estaba consiguiendo, por fin, la oportunidad para las mujeres de ser algo más que madres amantísimas o pacientes y sufridoras esposas, renunciando siempre a sus sueños, a sus aspiraciones, a sus inquietudes más allá de la maternidad y el matrimonio, como si esto no pudiese ser compatible con el resto. 

               La conocida emisora, una de las más oídas en la ciudad, continúa con su machacona e insultante cantinela. Otra vez le ha tocado el turno a eso que ahora llaman la memoria histórica, a los muertos que yacen anónimos junto ¡vete tú a saber qué tapia o qué cuneta! sin más señal que los localice que el vago recuerdo en la memoria de alguien que un día oyó contar…, o que un tupido corro de margaritas silvestres cubriendo un pequeño trozo de tierra donde la hierba parece crecer más oscura y espesa.

  • ¡No removamos a los muertos! ¡Dejémosles descansar en paz!
  • ¿Para qué hurgar en el pasado y despertar antiguos resentimientos? 
  • ¡No desenterremos los ya olvidados fantasmas del pasado!

               ¿Fantasmas? Andrea salta del sillón como movida por un resorte y cierra de golpe la ventana ya que no puede apagar para siempre el soniquete que le llega desde algún rincón del vecindario, colándose sin permiso en la sala de su casa, violando indecentemente su intimidad. No hay cosa que más la violente que el hecho de que nieguen la injusticia de tantas de aquellas muertes y no quieran remover la historia. Ella no es vengativa pero si algo tiene claro es que si el ser humano es el único animal capaz de tropezar más de una vez en la misma piedra, solo mantener viva la memoria puede impedirnos volver a caer en los errores de ayer.

               Y Andrea es de las que no olvida. Al menos aquel suceso que la marcó tan profundamente que no ha podido borrarlo de su mente, conservándolo en lo más hondo de su corazón durante todos estos años. Únicamente en un par de ocasiones ha hablado de ello, porque aún le duele recordarlo. Pero a pesar del dolor todavía lo evoca a menudo en su soledad, para no olvidarlo nunca,  sobre todo en estos tiempos de nuevo  tan llenos de crispación política.

               Hace más de setenta años que ocurrió todo y aún se le viene a la mente como si fuera ayer. Es un recuerdo nítido que aún le hace daño y que remueve su ira ante las injusticias de entonces. Y también de las de hoy.

               Apenas tenía 18 años, una despreocupada y alegre  juventud y un tierno amor por aquel chico. Era alto, bien parecido y buen trabajador, aunque de todos eran conocidas sus inclinaciones republicanas. Se llamaba Román y era el único hijo de una buena mujer que se había quedado viuda cuando él era aún  bastante pequeño.  

               Andrea, sin embargo, era la mayor de 8 hermanos, todos muy seguidos, así que desde bien joven  sus padres habían tomado la decisión de que fuese a vivir con su abuela y un tío suyo, sacerdote de buena posición en un pueblo en el que no le faltaba de nada. Las demás chicas la miraban con algo de envidia porque, de entre todas, era siempre la que mejor vestida iba, recuerda siempre

               Román y Andrea se habían conocido, como la mayoría de los jóvenes, en la fuente, adonde las mozas acudían por agua y ellos a rondarlas sin una vigilancia demasiado estricta por parte de los adultos. Se habían fijado enseguida el uno en el otro. Él, en aquella joven siempre alegre. Ella, en su apostura y una mirada un tanto ausente que le daba un cierto halo de misterio frente al resto de los mozos del pueblo. Cuando comenzaron a entablar amistad la guerra ya había comenzado dividiendo en dos bandos a una España que debiera ser la misma para todos. Su pueblo había quedado en zona “nacional” e inevitablemente comenzaron a salir a la luz envidias y rencillas y a destaparse el caciquismo en muchos de aquellos pequeños pueblos. Román, a pesar de sus inclinaciones republicanas, decidió no incorporarse a filas por no dejar sola a su madre y, gracias a que ésta era viuda y su salud delicada, consiguió su propósito. Todos pensaron que, puesto que era un buen chico, no tendría ningún problema mientras se mantuviera al margen de la política.

               A pesar de sus realidades tan diferentes, conectaron enseguida pues estaban muy próximos en pensamientos. Y comenzaron a verse con frecuencia. A Carmela, la mejor amiga de Andrea, le pareció oportuno advertirle de las inclinaciones políticas del chico, recordándole que siendo sobrina del cura del pueblo tal vez no fuese la compañía más adecuada para ella. Pero Andrea, que solo podía escuchar a su corazón, la convenció para que encubriese sus encuentros. 

               Todo transcurría tranquilamente hasta una tarde en la que Andrea encontró, al volver a su casa, a uno de los fascistas del pueblo discutiendo acaloradamente con su tío. Este agitaba una hoja de papel que tenía en la mano pidiendo explicaciones. El otro se limitaba a mantenerse en sus trece diciéndole al cura una y otra vez que se haría lo que tuviera que hacerse les diese él o no su bendición. Al final ambos salieron acaloradamente de la casa abandonando el papel sobre el escritorio del tío, mientras en los oídos de Andrea resonaban descabaladas palabras sueltas como “paseo”, “cementerio”, “enemigos”, “ideas”,… y otras que así, sueltas, formaban para ella un jeroglífico difícil de descifrar.

               Como  la curiosidad era uno de sus defectillos, cuando su tío salió junto a su acompañante hizo algo que nunca antes había hecho. Se dejó arrastrar por la misma y entró en el despacho del sacerdote acercándose a la hoja de papel. Aunque no se atrevió a cogerla entre sus manos, vio en ella escrita una lista de nombres. Y entre ellos el de Román. No había nada más. Siguió sin comprender que es lo que había presenciado y cuál era el significado de aquella lista pero aquella noche oyó a su tío hablar con su abuela sobre sus preocupaciones. Y entonces todo cobró sentido en su cabeza y el puzzle fue adquiriendo forma. Aquella lista era la relación de nombres que los fascistas del pueblo pretendían ejecutar tres noches después. Tras el sobresalto inicial al saber el nombre de su novio entre los sentenciados, pensó que aún le quedaba tiempo para avisarlo y que se fuera del pueblo. 

               Aquella noche apenas pudo dormir envuelta en pesadillas y sudores mientras pensaba como avisar a Román del destino que le estaban preparando. Siendo la sobrina del cura no convenía que la vieran con él para evitar la sospecha de que pudiera avisarle, así que tomó sus precauciones para hacerlo. Al día siguiente le pidió ayuda a su amiga Carmela. Sin contarle qué ocurría le rogó que avisara a Román para que se reuniera con ella al atardecer en su lugar preferido, lejos de miradas indiscretas. El día transcurrió en un sinvivir hasta que llegó la hora del encuentro. Nerviosa, Andrea le contó a Román que había escuchado que querían darle el paseíllo y le pidió llorosa que se fuera sin esperar a más, sin contarle nada a nadie. Se abrazaron sabiendo que podía ser la última vez que se vieran, como así ocurrió. 

               Andrea supo más tarde, por rumores, que Román había alcanzado las filas republicanas sano y salvo, pero con él se fue para siempre la fuerza de su primer amor y parte de su alegría. Después de aquellas inciertas noticias no volvió a saber más de él. 

               Pasó el tiempo. La guerra llegó a su fin, al menos oficialmente, a pesar de que los vencedores siguieron imponiendo su ley y su venganza en pueblos y ciudades. Y Andrea siguió con su destino. Encontró otro amor en su vida y fue madre, y abuela, y bisabuela. Pero…

como yo te he querido ….

desengáñate ¡así no te querrán!

               Termina de escribir el poema mientras una lágrima se desliza desde sus cansados ojos, empequeñecidos por el paso del tiempo y el sufrimiento, deseando que ninguna mujer vuelva a perder nunca un amor de esta forma  absurda y cruel.

               En la calle, ha callado por fin la cantinela radiofónica y ha sido sustituida por una música agradable que se mezcla con el sonido de ruiseñores y vencejos, mientras ella, absorta en sus pensamientos, ha puesto fin al poema. 

Mercedes G. Rojo

Este es uno de los relatos que podéis encontrar en mi  último libro en solitario PECADO DE OMISIÓN, editado por Huerga& Fierro editores. Se engloba en la segunda parte o “pecado” del mismo y para mí es muy especial, porque lo escribí a partir de una historia real de la que fue protagonista la mujer que me lo contó. Ella no pudo olvidar nunca a su primer amor, al que nunca más volvió a ver. Tampoco llegó a tiempo, a pesar de su avanzada edad, a ver su historia convertida en un relato y publicada en un libro del que seguro le hubiera gustado que formara parte. 

https://www.agapea.com/Mercedes-Gonzalez-Rojo/Pecado-de-omision-9788412001563-i.htm

http://entrepalerasyencinas-mercedesgrojo.blogspot.com/

http://www.elgatomaragato.com/

https://conchaespina2018-2019.blogspot.com/

https://leonconjosefina.blogspot.com/

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