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BRISEIDA by Javier Caballero Bello

Javier caballero nos transporta en “BRISEIDA” una comadrona en la Roma clásica. Lo hemos repartido en dos partes, el miércoles publicaremos la segunda –j re crivello -editor

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Briseida era una esclava. Ya había nacido esclava. Sus abuelos, griegos, naturales del Ática, habían sido esclavizados mucho tiempo atrás, cuando las tropas griegas que formaban la Liga Aquea fueron derrotadas por los romanos al mando de cruel Lucio Mumio, que arrasó Corinto. Después fue nombrado gobernador o cónsul de la península griega y en ese período dejó a un lado su intransigencia y despotismo para administrar los nuevos territorios. La verdad es que lo hizo bastante bien: se comportó como un hombre tolerante con la religión local, respetó los dioses y organizó la maltrecha economía de las ciudades, que ya no eran esas ciudades-estado tan altivas de antaño; ahora pertenecían a la nueva administración de Roma.

Cuando Lucio Mumio volvió a la metrópoli se llevó, entre otras cosas, a numerosos esclavos y todos los tesoros y obras de arte que pudo transportar para embellecer la capital. Entró en Roma como los grandes generales, aclamado y vitoreado por la población.

El padre de Briseida, Hiparco, había destacado en los cultos curativos. Había pasado su juventud sirviendo en el Templo de Apolo, en Delfos y había adquirido cierto renombre curando a los soldados heridos. Decían de él que el mismo Asclepio guiaba sus manos. Una vez esclavizado le enviaron como ayudante a los campos de batalla, a curar y a hacerse cargo de los legionarios heridos.

Cuando Lucio volvió a Roma, se lo llevó como médico personal. Había llegado a lo más alto que un romano del pueblo podía aspirar. Después de hacer carrera en el ejército, destacó como administrador de Grecia. A su vuelta a Roma, triunfal y al frente de una hilera interminable de carros que portaban tesoros y obras de arte, entró, aclamado por el pueblo. Fue elegido cónsul, junto con Publio Cornelio Escipión, y después con Cornelio Lentulo. Y en Roma Hiparco se instaló.

Lucio murió poco tiempo después, y a pesar de todas las riquezas que trajo de Grecia y de todos los honores militares adquiridos, murió pobre. Su hacienda y esclavos terminaron perteneciendo al Senado; y tiempo después fueron adjudicados al mejor postor.

Hiparco tuvo suerte, su fama como médico era notoria y pasó al servicio de un patricio, Apio Claudio Pulcro, permaneciendo con la familia de este el resto de su vida. Se habían terminado, por fin, la incertidumbre y los cambios de amos; había dado con una casa estable, algo poco común en esa época, en que el destino era tan caprichoso. Ya se había convertido en un hombre mayor y como agradecimiento a su labor le concedieron el grandísimo favor de permitirle estar con otra esclava; con ella tuvo una hija, que recibió el nombre de Briseida.

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Briseida era una niña cariñosa, despierta y juguetona, también era tremendamente curiosa e intuitiva. Pronto acompañó a su padre en todos sus quehaceres. Prefería su compañía a la de los otros niños. Su carácter abierto pronto le granjeó la simpatía de todos los habitantes de la casa, tanto de sirvientes, esclavos y libertos, como de la propia familia.

Conforme iba creciendo, también iba aprendiendo las artes sanadoras de su padre. Hiparco conocía las plantas y los remedios naturales. Era muy hábil en la prescripción dietas y ejercicio, y se decía que estaba tocado por los dioses, en especial por Apolo. Dominaba todos los secretos de la medicina. En Delfos había aprendido el uso de las plantas, en forma de tisanas o emplastos y también conocía las danzas y plegarias que gustaban a los dioses. Además, en el campo de batalla se había convertido en un experto cirujano, arreglando miembros, curando espantosas heridas y atendiendo golpes brutales. La mayoría de las veces esos desgraciados, cuando sobrevivían, lo hacían como tullidos o inválidos. En una ocasión le llevaron a un centurión moribundo. Nadie se explicó cómo le había devuelto a la vida.

Una vez en Roma estos conocimientos le granjearon el respeto y la gratitud de Lucio, su amo, quien lejos de tratarle como a un esclavo, consideraba su consejero. Además, no solo atendía a los enfermos de la casa sino que era llamado para atender a otros dolientes en las principales villas romanas.

Hiparco conocía las enseñanzas de Aristóteles, la inclusión del hombre en la naturaleza, la lógica del funcionamiento de las cosas. Había aprendido a diseccionar cuerpos, empezando por animales y terminando por aquellos pobres soldados que morían en el campo de batalla. A la vez conocía los escritos de Hipócrates y sus humores: la bilis amarilla y la negra, la linfa y la sangre. Conocía el pensamiento sobre las alteraciones mentales y la epilepsia, y la importancia de los sueños. Con el tiempo había pasado de ser un práctico de la medicina a ser considerado un maestro. Había profundizado en el conocimiento de la botánica y en los rudimentos de la cirugía y de la cura de heridas aproximando los bordes para mejorar la cicatrización; también sabía cómo sajar abscesos, y lo más importante de todo, conocía el alineamiento de los huesos, la composición y la estructura de las articulaciones. Sabía que un hueso roto había que colocarlo en su lugar, y él sabía cómo hacerlo, cómo alinearlo con el resto del miembro y cómo hacer que mantuviera esa posición utilizando planchas de corteza de árboles y tiras de tela para inmovilizarlo de la manera más eficaz y menos dolorosa. Los resultados eran asombrosos.

Su hija Briseida siempre estaba junto a él. Comenzó a acompañarle desde muy pequeña. Le ayudaba a llevar un cajón con los frascos de remedios, el polvo de hojas y los minerales metidos en saquitos de cuero o tela. Pronto se convirtió en su ayudante: le sujetaba las bandejas con los útiles de cirugía, ayudaba a inmovilizar miembros o a limpiar heridas. También empezó a ayudar a su padre en los partos. Fue a ella a quien se le ocurrió sentarse a horcajadas sobre el vientre de una parturienta que, agotada, no tenía fuerzas para empujar al bebé; el resultado de la idea de Briseida fue muy comentado.

También ayudaba a su padre en la preparación de los remedios. Salía al campo y atendía a todas las explicaciones, como una esponja absorbía todos los conocimientos. El poder sobre la eliminación de los líquidos del cuerpo que tenía el perejil, cómo el ajo crudo mejoraba la circulación y las digestiones. Aprendió la bondad del aceite de oliva bebido con zumo de limón para los problemas de los intestinos o qué eficaz era aplicado sobre la piel cuando había grietas, erosiones o escoceduras; incluso en los dolores, extendiéndolo con las manos mientras se hacía una fuerte presión. La valeriana, para los humores de la mente. Las tisanas de romero y tomillo, para los problemas de la respiración y para los dolores musculares. Los lavados con manzanilla y salvia, para sanar las heridas y en tisanas, junto con el diente de león, para mejorar las digestiones.  La menta y la equinácea, para el dolor de garganta en invierno. La albahaca, para los dolores de las mujeres y para mantener un pelo sano. Y un sinfín de cosas más.

Otras veces la propia intuición de Briseida le llevaba a preparar nuevos remedios combinándolos entre sí ante el asombro de su padre, que había tardado toda una vida en aprender el poder y los secretos de la botánica.

La muchacha conocía muchos productos, que usaba solos o combinados entre sí; los utilizaba en su propio jugo o los mezclaba con agua, vino, aceite o miel.

Briseida sabía de memoria una lista interminable de remedios que venían de las plantas que podía identificar sin ninguna duda en las salidas que hacía al campo.

3

Habían pasado los años y lo normal era que Briseida acompañase a su padre en todas sus salidas, ya fuese al campo a buscar los remedios naturales, o a las casas y villas donde vivían los enfermos. Con su jovialidad, siempre aportaba frescas ráfagas de distracción y alegría a los dolientes. Tenía una mano especial para las mujeres. Las parturientas eran su especialidad y, también era muy buena con los recién nacidos y con los niños hasta que llegaban a la pubertad.

Briseida también ayudaba en los partos. Al principio acompañaba a su padre, pero pronto aprendió a desenvolverse sola. A veces tenía que colocar al bebé para ayudarle a salir. Ella cortaba el cordón umbilical y ofrecía el recién nacido a su madre o a la matriarca.

Después del parto aconsejaba a la madre sobre la dieta más adecuada para el tiempo de lactancia: sangre de gallina, cerdo, cordero o vaca, según las posibilidades; cocinada o mezclada con leche; también les aconsejaba mucho caldo para restituir los humores del cuerpo.

Briseida pronto se hizo indispensable para el trabajo de su padre. Empezó ayudándole en pequeñas cosas, como transportar sus útiles o recordarle sus citas para, poco a poco, ir haciéndose cargo de la preparación, mezcla y elaboración de los remedios. En las casas donde iban tenía mucho cuidado de no contradecir a su padre. A veces, repetía en voz alta, en la lengua griega aprendida de pequeña, el procedimiento a seguir para que su padre, ya mayor, no se equivocase ni se olvidara de nada.

Una vez atendió a una parturienta; todo fue muy bien, el parto y alumbramiento fueron rápidos, el bebé estaba sano y completo y sin malformaciones. Era un niño robusto que enseguida colmó las alegrías de la casa. La madre estaba sana y era joven, no tendría por qué haber problemas. Pero no fue así. La madre no se recuperaba del todo. A pesar de todos los remedios que le aplicaban algo fallaba. Los dioses no debían serle propicios. Un humor espeso y maloliente fluía por su vagina.

Briseida había oído a un viajero contar cómo limpiaban las partes recónditas de las mujeres después de parir, cómo lavaban su cavidad con agua, sal y hierbas aromáticas. Pero, ¿cómo lo hacían? No se le ocurría la manera de acceder a esas profundidades del cuerpo femenino. Preguntó a su padre. Preguntó a otros médicos y notó con pesar sus burlas. Pero no podía quedarse parada, tenía que conseguir mejorar a esa mujer. Si no lo hacía, seguramente los humores negros acabarían con su vida.

Así fue como empezó a pensar en la manera de introducir las lavativas por la vagina, y que llegasen a lo más recóndito, allí donde se había alojado el feto durante más de ocho meses, según el calendario de Numa.

Probó con una caña o junco soplando directamente del líquido de su boca, pero temía hacerle daño a la mujer con la dureza del cañizo. Tras varios intentos utilizó una pluma de pájaro, reblandecida en agua caliente, en cuyo extremo había acoplado una vejiga llena de una cocción de plantas limpiadoras. Solo tuvo que introducir la pluma por la vagina de la mujer y apretar la vejiga. El líquido penetraba en la profundidad y la pluma era lo suficientemente flexible para no ocasionar daño alguno. Pronto mejoró la parturienta, y en uno de esos lavados apareció un pequeño trozo del tejido de la placenta. La parturienta se recuperó del todo en unas pocas semanas.

Aquel caso enseñó a Briseida a revisar las placentas y el cordón umbilical después del parto, en cuanto salían. No se podía quedar nada dentro y, ante la duda, habría que meter la mano para extraer cualquier resto.

Continuará el miercoles…

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