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Receta sensual by Mel Gómez

Pedro y Rebeca se conocieron siendo cocineros de un restaurant muy importante en la gran manzana de Nueva York. Todavía se encontraban en la escuela de artes gastronómicas y deseaban, más que nada, convertirse en chefs de renombre internacional. Querían llevar la comida latinoamericana a otra dimensión y que fuera reconocida en todas partes del mundo. Tenían tantas cosas en común, que era natural que se enamoraran entre ollas y cuchillos. Pasaban las horas mirándose a los ojos e imaginando deliciosas recetas con el sazón y gusto criollo que tanto se degustan en las Américas y el Caribe.

            Algunas de los platos los ensayaban con un grupo selecto de clientes sin que se diera cuenta el dueño del restaurant, pues les interesaba saber qué pensaban sobre los sabores, pero no querían dejarlas allí, sino que las querían para el restaurant que ansiaban poner cuando se graduaran. Iban guardando sus secretos en un computador y en un libro grandísimo, por si se perdía la copia electrónica. Pasaban horas en sus experimentos, entre besos y arrumacos, porque estaban seguros de que el amor era el ingrediente principal en cualquier cocina.

            Los jóvenes vivían de un solo sueldo, el otro lo guardaban íntegro y ya tenían una importante suma. Lo suficiente como para emprender su negocio. Con mucha ilusión buscaron el local. Consiguieron uno bastante amplio en la esquina de la calle principal, de un barrio muy concurrido, en el que no había un solo restaurant que ofreciera el menú que ellos habían preparado. Pedro se hizo cargo de pintar, poner tablillas y colocar los equipos en su lugar. Rebeca se encargaba de buscar las mejores cotizaciones de los proveedores y de los suplidores que vendían los productos más frescos del mercado.

            Todo estuvo perfectamente organizado y llegó el gran día de la inauguración. El menú era simple, elegante, fácil de leer. Contenía la lista de todos los platos, especificando los ingredientes por si algún comensal era alérgico a alguno de ellos. Las mesas estaban vestidas con manteles blancos, las servilletas eran de tela —blanca también— y los cubiertos de stainless steel, muy limpios. En el centro, un arreglo de flores de sencillas violetas.

            —Buenos días —saludó el mesero a los primeros comensales—. ¿Puedo traerles algo mientras examinan el menú?

            —Sí, por favor, agua —dijo la mujer.

            —¿Embotellada?

            —No es necesario, del grifo está bien —contestó el marido.

            —Enseguida se las traigo, señores —respondió el camarero yéndose a buscar el agua.

            —Oye, ¿pero por qué eres tan tacaño? —reclamó la mujer.

            —¿Agua embotellada? ¿Sabes lo que cargan por agua embotellada? Mejor compro vino.

            —¿Y por qué no pediste vino?

            —Porque tú pediste agua.

            —Está bien… No voy a dañar el momento por un vaso de agua, o vino —concluyó ella mientras leía el menú.

            El mesero regresó y puso los vasos de agua sobre la mesa.

            —¿Ya están preparados para ordenar?

            —Pues yo quiero mofongo con camarones.

            —Cielo —interrumpió la mujer avergonzada—, no hay mofongo en el menú.

            —Bueno, pero si este es un restaurante latino, ¿cómo es que no tienen mofongo?

            —No tienen, ¿vas a seguir insistiendo?

            —¡Pues eso es lo que me apetece! —dijo el hombre levantando la voz.

            Pedro que estaba en la cocina con Raquel escuchó al hombre discutiendo. Enseguida salió y con mucha cortesía preguntó que estaba sucediendo.

            »Yo quiero comer mofongo con camarones enchilados. No me apetece nada más. ¿Lo puede preparar o no?

            —Claro que sí, señor. Enseguida lo voy a preparar personalmente para usted. Y usted señora, ¿que desea?

            —Creo que me animo a probar lo mismo. Quisiera apreciar su sazón.

            Pedro fue a la cocina y le dijo a Rebeca sobre la orden especial. Él se dispuso a preparar el mejor mofongo con camarones enchilados de toda su vida. Agarró el pilón y la maceta, y mientras más machacaba el plátano y las especies, más recordaba cuando le hacía el amor a su adorada Rebeca. En su mente estaba fijo el movimiento cadente de sus caderas y sus sabrosos olores. Machacaba y machacaba solo pensando en ella. La joven por su parte, se ocupaba de acariciar los camarones, limpiándolos bien, usando los mejores y más frescos ingredientes en su guiso, recordando las palabras picantes de su esposo cuando estaban a solas. De vez en cuando se cruzaban sus miradas y sonreían maliciosos. Sí que había pasión en todo lo que hacían aquellos dos chefs.

            Tan pronto estuvo listo, Pedro y Rebeca salieron con sendos platos a servirle a esta primera pareja que había entrado al restaurante.

            —Espero que les guste —dijo Pedro.

            —El postre corre por la casa —anunció Rebeca.

            Una vez se quedaron solos, los esposos degustaron el plato de mofongo con camarones enchilados más delicioso que habían probado en su vida.

            Al siguiente día, apareció en el New York Times, una impresionante reseña sobre el nuevo restaurante latino, que la pareja —quienes no eran esposos sino columnistas de arte culinario— habían publicado. De más está decir, que Pedro y Rebeca lograron gran éxito y al día de hoy cuentan con una cadena de cincuenta y dos locales, en los que el plato principal es el mofongo con camarones enchilados.

5 replies »

  1. Nunca se sabe dónde está el amigo y el enemigo. Pero con respeto y educación se atienden los mejores paladares. Buena receta esta que has preparado, Mel. Un abrazo cinco estrellas 😆

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